Segundo capítulo de mi libro: Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys! Hoy estoy extremadamente feliz porque es el primer día que voy a estar en la zona  prensa de un desfile, así que mañana espero tener una crónica barra crítica que os enamore y enganche tanto como espero que me enganche a mí. La ESNE ha tenido el precioso detalle de tenerme en cuenta para su lista de invitados especial, así que tendré una acreditación con mi nombre y todo. ¡Es tan guay!

Al estar tan feliz he decidido haceros un regalo y os he publicado el segundo capítulo de mi libro, ya que he podido observar que el primero tuvo muy buenos resultados. Si no recuerdas el primero no te preocupes Capítulo uno de mi nuevo libro, Silencio. con que pinches en lo azul será suficiente, te llevará a la entrada donde lo publiqué. Una vez más solo espero que os encante y nada. Nos vemos esta tarde en mi Instagram y mañana con otro post en mi blog “Talla treinta y Ocho”.

L.I.

CAPÍTULO II.

Manuel, Marco, Carlos, Mikel y Martín.

Eran tantas las cosas que me resultaban inverosímiles en esta historia. No sabía por qué me habían contratado. ¿Por qué ahora quería que formara parte de su séquito? No sabía nada de ese hombre, solo que quería que fuera su secretaria porque Julia Jones iba a ser madre. Qué bonito. Ojalá yo tuviera a alguien con quien poder volver a intentarlo. Siempre quise ser madre, pero al igual que mis centenares de proyectos de obsesiva adolescente, no había cumplimentado ninguno. Decidí investigar a Maximum Smith, tratar de averiguar algo que todavía no supiera. Mañana debería darle una respuesta. Era el segundo millonario más rico del mundo y lideraba la herencia del proyecto ambicioso de su padre Maximum Jefferson Smith. Tenía tres hijos, trillizos; Amber era una promesa en el mundo del diseño, Carlos era escritor y estaba licenciado en empresariales y James era jugador de rugby, que si no recuerdo mal, salió un tiempo con Kate, una amiga mía de la facultad. Kate solo sale con ricos. No sé qué me sorprende más, si el hecho de lo superficial que puede llegar a ser o que cada dos semanas tenga un novio nuevo. No mantengo relación con ella. Todo se acabó entre nosotras después de nuestro viaje a las Vegas, pero las redes sociales dan mucho de sí, y aunque no la sigo en Instagram, sí que me sé su cuenta de memoria y muchas veces le cotilleo. La tía está forrada, está estupenda y encima polioperada. Algunas se lo montan bien.

El reloj anunció su llegada a media noche. No sabía qué decisión tomaría. A veces deseaba que todavía estuviese aquí. Echaba de menos tener a alguien con quien hablar. Mañana sería otro día.

 

No sé ni cómo terminé rellenando aquel extenso e inacabable contrato, pero me sentía como si estuviese vendiéndole mi alma al diablo. Posiblemente así fuera. Julia me miraba lastimosa, como si la hubiese traicionado, aunque si no hubiera aceptado, el despido de ella seguiría en pie y otro más listo que yo tendría mi puesto.

Era la nueva secretaria del jefe de la cadena de compraventa de empresas más importante de todo Nueva York, NY Publish. Un magnate en toda regla. Un idiota en toda regla; un hombre que además tenía millones de acciones distribuidas por toda el planeta que lo hacía más multimillonario de lo que ya era. Sonaba intimidante, pero quizás ahora pudiera renovar mi coche, mi pobre Jake necesitaba morir de una vez.

No puedo negar lo que me dolieron muchas de las palabras que expulsó aquel misógino de tomo y lomo. Ni siquiera sabía cómo demonios conocía la noticia de mi quinto fracaso matrimonial. Sí, la irónica historia de Hera, la supuesta diosa del matrimonio. Deberían hacer un reality show sobre mí. Al fin y al cabo lo único que me diferencia de las Kardashian es mi lamentable y actual aspecto, y si no recuerdo mal, ellas están operadas. Tengo una maldición, soy una fracasada en el amor, y no lo digo precisamente de manera figurativa. Mi vida ha ido pegando altibajos excéntricos. Mi madre no fue lo suficientemente fuerte como para cargar con todo ella sola, y no puedo culparla por ello, es más, muchas veces pienso que la culpa fue mía.

Mi adolescencia fue algo… ¿alocada? Sí, utilicemos ese adjetivo. Quizás hubiera necesitado un internado, la cárcel, o un padre.  Me casé con dieciocho años con Manuel, el batería buenorro de la banda de mi primo. Se conocieron en Erasmus. Era español y me enamoró que odiara los toros. Nunca entenderé la cultura de aquel país. Sé que cada uno tiene sus costumbres y que NY no es perfecto, pero vamos, ¿matar a un animal inocente para la diversión de otros? Adoro y adoraré España, a sus gentes, su gastronomía, su folclore, sus playas, pero aunque no sea antitaurina, lo cierto es que no es fruto de mi devoción. Aquello duró apenas seis meses. Lo descubrí con una hippie en mi cama, y además no me hacía gracia que usara mis bragas como turbante en sus conciertos.  Creía que lo nuestro duraría toda la vida, qué estúpida, y qué adolescente.

Volví a estudiar, necesitaba encarrilar mi vida, y en el segundo año de carrera conocí a Marco, un estudiante italiano que me prometió la luna. ¡Malditos italianos y maldita su labia! Era muy religioso, por lo que no copulamos hasta el matrimonio. Al principio me pareció extraño, pero poco a poco me autoconvencí de que si estaba inculcado en la fe cristiana, era algo medianamente normal. ¿Normal? Ahora no me lo parece en absoluto, y más en los tiempos en los que estamos. Cuando llevábamos un año saliendo me pidió matrimonio. ¿Matrimonio precipitado y fe cristina que impedía el coito? Me sentí confusa. ¡Ni siquiera me había presentado a sus padres!, pero como una boba alocada y una amante deseosa, acepté. La boda fue genial, pero a la semana me enteré por Margarita, mi suegra, una encantadora mujer con la que todavía mantengo contacto, que él había exilado de un convento la misma noche en la que nos conocimos. Desde que me enteré de aquello, mi matrimonio fue decayendo,  no confiaba en él, y a Marco le molestaba todo de mí, sobre todo que fuera atea. Pasados seis meses, me dijo que se volvía al convento. Pensaba que estaría mejor allí. La única a la que siempre le entregaría su amor fiel sería a la virgen, pese a que él ya no lo fuera. En un año incluso obtuvimos la nulidad matrimonial.

Tras dos matrimonios y terminar la carrera de publicidad, me largué con mis dos mejores amigas, Inés y Kate, a las Vegas. Necesitaba aclararme las ideas. Casino, juerga, y nada de matrimonios. Pasamos unos días alucinantes. Fue el mejor regalo de fin de carrera que nos pudimos hacer. Claro que volví con anillo. ¡En serio! Debería estar prohibido que Elvis case a gente estando ebria y sin testigos. Se llamaba Carlos. Era español, otro, y estudiante de medicina, un buen chico. Los dos decidimos que lo más sensato era desprenderse de ese matrimonio, que asombrosamente tenía validez. Ni siquiera sé si puedo contarlo como marido, pero era un gran chico. Me hacía reír todo el tiempo, se lo tomó a broma y tranquilizó a mi madre. Todavía recuerdo el momento en el que se lo dijimos:

 – Madre mía, Hera. Es que no piensas en las consecuencias. Tienes que dejar de vivir aventuras y empezar a sentar cabeza.

– Sra. Harrison, ambos estamos muy arrepentidos y no sabemos cómo ha podido suceder tal cosa.

– A mí no me sorprende. Cómo se nota que no conoces a mi hija.

– No, es cierto, no la conozco, pero por lo que he hablado con ella, no me cabe la menor duda de que es una mujer maravillosa.

 

Y puede que hubiéramos congeniado, pero ninguno quisimos correr riegos, y menos con un anillo de por medio. Podríamos haber seguido conociéndonos después de aquello, es más, me invitó a un par de cafés después de los trámites, pero yo lo rechacé. ¡Adiós al tercero de la lista! Y eso que dicen que a la tercera va la vencida.

Nunca me gusta citar a mi cuarto matrimonio. Fue el más deprimente de los cinco. Se llamaba Mikel, ruso. Me dejó porque se volvió gay. Ahora está casado con una amiga mía, Evelyn, pero a estas alturas de mi vida… Eso ya me da igual. No le guardo rencor, pero no le mando postales de Navidad como a los demás. No se las merece, no me gustan los mentirosos.

Tras siete años de consternación divina contra mí, conocí a Martín, un chico catalán que viajaba a Nueva York por asuntos de trabajo. Era arquitecto y se convirtió en el hombre de mi vida, pese a que suene cursi. Odio que todavía suene cursi. Lo que más me gustaba de él eran sus ojos color aceituna. Era guapísimo aunque él lo negara continuamente. La modestia era uno de sus fuertes y me hizo olvidar a aquellos cuatro patanes. No me juzgó por haber estado casada cuatro veces con tan corta edad. Simplemente sonrió e hizo un comentario gracioso. “No serás una viuda negra, ¿verdad?” Qué ocurrente. Cuando dices que llevas cuatro divorcios a tus espaldas a tus veintitrés años, te miran raro, y con motivo. Sin duda lo que me enamoró infinitamente de él fue su perseverancia, además de sus múltiples virtudes. Me mudé a España tras seis meses de relación. Lo nuestro iba en serio, aparentemente, y me alegré de poder afirmar que al fin caminaba en la senda correcta… Ninguno nos queríamos hacer ilusiones, pero sabíamos que el tiempo pasaba y seguíamos juntos, y eso importaba, ya lo creo que importaba. Una de las cosas que más le gustaba era que cantara en la ducha después de hacer el amor. Encontré trabajo en una revista de moda, que al principio odiaba, digamos la verdad. Era publicista, no una finolis de talla treinta y seis que se quejaba de que sus Manolos le hacían daño. La gente nos sonreía por la calle. Definitivamente él me hizo sentir como nunca antes nadie me había hecho sentir y era bonito poder decir aquello. Después de tres años me pidió matrimonio en una bonita casa rural en un verano muy lluvioso. Nuestra boda fue grandiosa. No quisimos quedarnos cortos en nada. Mi madre no paraba de llorar al ver que al fin había logrado ser feliz y me aseguró cientos de veces que no había visto una novia más bonita que yo… Me hubiera encantado que mi padre se hubiera presentado, me hubiera visto casada, de blanco y feliz al fin, aunque no le importara. Desgraciadamente todo termina. Mi madre enfermó en estado grave debido a un cáncer craneoencefálico. Enseguida quise estar a su lado y Martín lo entendió. Él abandonó su puesto de trabajo, tal y como yo hice en su momento, aunque lo hiciéramos por amores distintos. No tardó en encontrar otro trabajo que suplantara al antiguo. Tenía talento. Era absurdo negarlo. Era absurdo no contratarlo. Yo llené mi tiempo entrando en esta empresa individualista, NY Publish. Pronto mi madre murió. Era inevitable. Ese cáncer no tenía cura. Martín me apoyó durante todo el proceso, y yo se lo agradecí, pero no fue suficiente. Comencé a abandonarme, a llegar tarde a casa, a no aceptar sus caricias… Terminé por alejarlo de mí cuando lo que necesitaba era justo lo contario. No pude aceptar que otro ser querido me abandonara. Demasiado injusto. Demasiado duro.

Quizás este toque envidioso de ambición fuera justo lo que necesitaba para llenar mi vacía vida, pero francamente no creía que mis pantalones de pinza desgastados por las continuas lavadas y mi blusa victoriana de hacía siete temporadas encajara con el perfil que quería otorgar. Quizás en el 2000, pero no ahora. ¿Cuánto haría que no iba de compras? Tenía que admitir que era algo dejada. Era una treinta y dos añera dejada. Aunque, ¿qué habría llegado a los oídos de mi jefe que tanto lo había convencido? ¿Qué, cómo y por qué? La eficacia y mi persistencia podría decirse. ¿De verdad, Hera? Había tomado la decisión de ascenderme… E iba a aprovecharlo.

 

 

De nuevo a la capital…

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

 
Hi guys!!! ¡Tengo noticias muy muy buenas! ¡¡Mañana me voy a Madrid!! Sí, no sé si habréis visto ya mi Instagram, pero arde… Sea como fuere, ¡la futura periodista va a la capital de nuevo!

 
¡Y la razón simplemente es que tengo un desfile que ver! Exacto. La IED de nuevo me ha invitado y allá que me voy. ¡Ya veréis, ya! Además voy a ver un piso chulísimo, que espero quedarme con él (suspiro, suspiro) y voy a ver una cosa de la uni también.
Esta vez es diferente a todas las demás porque me voy sola, así que lectores madrileños míos, recordad que no me gusta tomar café sola (Lauren, deja de ligar). Estoy deseando contároslo todo.

Espero que os guste. Gracias por vuestro tiempo y por llegar al final. Sois los mejores.
L.I. 

Mercedes-Benz Fashion Week Madrid 2017.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi guys…

SÍ, YES, WE…. He estado en Madrid desde el jueves y he vuelto con la conclusión de que Madrid es una ciudad que me cautiva cada vez  más y más.

¿Para qué has ido a Madrid? Ha sido una pregunta que muchos me habéis hecho por mis respectivas cuentas sociales, sobre todo por Instagram.  Para las personas que no han podido ver mis historias en Ig, que anda que no soy pesada… He ido a Madrid por trabajo, no por placer… Qué ejecutivo ha sonado eso. Pero lo cierto es que es verdad. He tenido que ir a Madrid para hacer una entrevista en una Universidad que estaba interesada en mi perfil como alumna y tenía invitaciones para la MBFWM17.

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La segunda parte os ha hecho más ilusión, pero he de decir que, tanto la prueba de acceso de la Universidad como la entrevista con el decano de periodismo, Nicolás Grijalba, resultó de lo más gratificante. Disfruté de la experiencia a tope. Salí de la entrevista muy contenta porque me auto sorprendí por lo natural, relajada y espontánea que resulté, puesto que esperaba que me traicionaran los nervios. Por suerte no ha sido así.

La Mercedes-Benz Fashion Week Madrid 2017 ha cambiado de directora, ahora es Charo Izquierdo (¿paisana mía, quizás?). Este año fallaron muchos stands, otros se mantuvieron y otros se introdujeron como ´la gran novedad´. En esta edición acudí sábado 18 de febrero. Había muchísima gente, incluso  había colas para que te regalaran una simple revista.

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Tuve la suerte de poder relacionarme con personas de mi mismo entorno. Conocí perfiles de chicos y chicas que me emocionaron como seres humanos; personas estrafalarias, sencillas, extravagantes,…

Disfruté al máximo. Al fin y al cabo es un mundo del que ya formo parte. Es un mundo de mi misma categoría, y eso me facilita mucho las cosas.

Entré en el desfile de Roberto Torreta y me invitaron a Reflejos, el desfile de la Esne en el Museo del Traje de Madrid. Ambos desfiles cautivaron mis ojos castaños. Roberto combinó la elegancia con la sencillez. ¿Cómo no caer rendida ante eso? Y en Reflejos destacó ante todo la innovación, la ilusión y las ganas de cumplir un sueño con sus jóvenes diseñadores. Apasionante. Emocionante. Me faltarían adjetivos para describir aquella mezcla súbita de sentimientos que tuve el privilegio de experimentar.

Eso es lo que me llevo edición tras edición. Al fin y al cabo a la Cibelespacio puede acudir cualquiera. Basta que entres en el sorteo de algún patrocinador y pasada alguna que otra edición, y a excepción de la novedad, deja mucho que desear. Lo único que tienes al alcance de llevarte a tu casa son revistas, cafés, y fotografías.

Este año fue la propia MBFWM quien me mandó un correo para recordarme que tenía mis entradas en recepción y el IED, quien sorprendentemente, también se acordó de mí. Sin la menor duda, lo que me llevo este año fue la fabutástica gente que conocí y la sensación trasmitida en ambos desfiles, la oportunidad de dejarme conocer, que siempre es importante, y el poder haber coincidido frente a frente con el cosmopolita Pelayo Díaz y el increíble Moisés Nieto. Yo me quedé sin batería antes de hora, pero fue IN-CRE-Í-BLE. Lástima que me quedara algo en shock y guardara las formas para no parecer una fan desquiciada. Son anécdotas que algún día os contaré, porque la verdad es que tienen su gracia.

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También aproveché para hacer algo de turismo por Madrid. Vi 50SMO en el Teatro Capitolio, comí paella en el Retiro y me fui de compras por la Gran Vía los cuatro días que estuve, me paseé por museos y exposiciones, tomé café en todas las cafeterías que pude, se llevó la corona la de lo alto del Corte Inglés en frente de cines Callao, probé los macarons, entré a quince mil Strabucks, compré libros para el viaje… Estudié también historia porque hoy he tenido examen… Maldito Segundo de Bachillerato y me desenvolví por el metro genial y sin perderme ni una sola vez. ¡TOMA YA!

Solo puedo añadir algo más:

Madrid, me tienes enamora´.

Solo me queda daros las gracias por haber llegado hasta el final, por vuestra paciencia y amor hacia mí, y por vuestros ánimos y comentarios, tanto en la entrevista como en mi blog. Me completais cada día más, chicos. Gracias por compartir vuestro preciado tiempo conmigo.

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L.I.

Querida Lauren del futuro:

Me siento ocluida. Es extraño. Hoy he hecho un examen de matemáticas y tengo una sensación agridulce. El día está nublado y hace frío. Mucho frío. Casi podría decir que he visto al invierno saludar desde la esquina de casa. En clase hay discusiones. No sabemos qué va a pasar con nuestro futuro, ojalá pudieras decírmelo tú.
 Sería fantástico que pudieras decirme que me tranquilice, que todo saldrá bien, que entraré en la universidad, que encontraré trabajo en lo que quiero estudiar, que encontraré a alguien que me quiera sin problemas, que podré pagarme unas vacaciones cada año y un pisito en una de las avenidas de Madrid, junto a Callao o al Retiro, si es posible, no muy lejos de mi lugar de oficio, con un Starbucks cercano, y tiendas alrededor. No me hace falta ser rica. No me hace falta ser famosa. Puede que suene paradójico, a película o incluso cursi, pero solo quiero ser feliz. ¿Estoy pidiendo demasiado?

 Ojalá pudieras decirme eso y más. Sería fantástico y te creería, lo prometo. Pero no puedes. Y ojalá pudieras, pero sé no puedes. Lo comprendo. 
Solo queda ceñirme ‘a lo que tenemos’, aunque ninguno sepamos muy bien qué demonios es. 

Hoy he hecho un examen de matemáticas y estaba nerviosa. Muy nerviosa. Tenía las manos frías, el estómago cerrado y dudas hasta en el alma, pese a que había estudiado y me lo sabía todo. Mamá me ha dicho esta mañana: “No vas a suspender. Te va a salir bien, ya verás. Bien no, genial. Y si no, piensa que no puedes ser perfecta. Que alguien tenga cojones a ser la mitad que tú”. Qué buena es mamá, qué bien me hace sentir. 

Pero… ¿por qué a pesar de no tener por qué ser perfectos, parece que nunca es suficiente? 

Muchos profesores nos dicen que estudiar no es lo más importante, que hay otras cosas de mayor relevancia en la vida. Y es cierto. Claro que luego nos exigen que lo demos todo en sus exámenes. Nos mandan ejercicios, tareas y trabajos de investigación, ¡como si su asignatura fuera la única…! Pero estudiar no es lo más importante. Qué retórico es todo. Qué irónico me suena. 

Nos enseñan a soñar, a descubrir qué queremos ser y cómo podemos averiguarlo. Es maravilloso. Es aterrador. Los que saben lo que quieren desde un principio como nosotras es lo más. Tan solo es una meta que alcanzar, un objetivo por el que luchar. Los que no lo saben, tan solo tienen que indagar, conocerse a sí mismos y pensar qué carrera puede hacerles felices el día de mañana. Es un clima por el cual, si yo fuera profesora, se me saltarían las lágrimas. 

Tienes que estudiar para ser alguien el día de mañana… ¿Pero entonces por qué tengo la sensación de que cada vez tenemos más trabas en el camino? ¿Por qué entonces la lucha es cada vez más difícil de lidiar?

La generación del 99. Papá y mamá la liaron. Somos la generación perdida. Nuestros amigos sabían a qué enfrentarse, y yo a 7 de noviembre no sé qué pintas tendrá mi monstruo. El obstáculo más grande, la última carta en el castillo de naipes, la llave que me ayudará a llegar donde quiero estar. La que me llevará a ser tú. No es justo. 

Timbres, apuntes, café, estrés, la luz del flexo… Y puede que no merezca la pena. Es desolador. ¿Cómo quieren que me tranquilice? ¿Cómo quieren que tengamos valor?
 Ojalá pudieras decirme que todo saldrá bien. 

Y estudiar, y estudiar, y estudiar… Sabía que el camino de segundo de bachillerato sería duro, sería turbio, pero nadie nos advirtió que sería translúcido. No me da miedo la selectividad, la reválida… Me da miedo la incertidumbre. Me da miedo perder el curso. Me dan miedo muchas cosas, pero sobre todo defraudarte. 

Hoy he tenido examen, y mamá lo sabe. Mi habitación es una leonera, pero no tengo tiempo para ordenarla. Ella nos entiende. ¿Te acuerdas de esta sensación? Dime que te acuerdas. Dime que te acuerdas de esta angustia. Dime que no exagero. Dime que mereció la pena. 

Me he enterado que ahora, en esta prueba de mierda, donde no hay nada claro todavía, nos va a entrar filosofía de primero. Tendré que ir por las tardes a repasar. Explícame en qué piensan estos políticos. Explícame por qué parece que no quieren que estudie en Carlos III. No sé que va a pasar, pero ojalá pudieras decírmelo. 

Hoy he hecho un examen de matemáticas, y como no apruebe, mi media se arruinará, no me llegará la media, no entraré en la nota de corte, y no podré estudiar… Todos pensamos lo mismo en cada examen, aunque parezca dramático. Todos. En cada uno de ellos. 

Hoy he hecho un examen. Y qué miedo me da. 

Dime que todo saldrá bien. Dime que toda esta mierda merecerá la pena. Dime que esto es solo un capítulo de tensión. Dime que no estamos perdiendo el tiempo, que no somos la generación perdida. Dime algo. 
Ojalá pudieras. Ojalá.