El drama de ser periodista de moda hoy en día

Cuando creces y avanzas en esta sociedad – a veces, de locos – te das cuenta de muchas cosas. Lo peor de todo es que puede que ni siquiera fueras consciente y ahora pienses “¿pero cómo no me di cuenta antes?”. Por esa misma razón, hoy vengo a hablaros de una profesión que cada día se tiende a infravalorar más y más: el periodismo de moda.

La razón de que hoy hable de esto no es otra que pequeños gestos, actitudes y frases que no vienen a cuento de las que, aunque penséis que no, nos damos cuenta. Y que molestan, porque sí, muchas veces nos hacemos los sordos o preferimos no responder por pura educación, pero sí, nos hemos enterado. Así que, empecemos por una realidad: no se nos valora.

No, no me hago la ofendidita por no tener un foco de atención o a alguien detrás que me dé constantemente una palmadita en la espalda y un Martini en el pecho por lo bien que lo he hecho. No. Sin ir más lejos, el otro día alguien me dijo que cuando lee una revista de moda no lee los artículos, solo mira las fotos. Y me dije a mí misma: “Entonces, ¿para qué compras una revista de moda y no una de fotografía?”. En fin, cosas que nunca entenderé, pero este argumento deconstruido no es el único, porque la sociedad en la que vivimos, a los periodistas de moda, nos mira con superioridad moral. Sí, con superioridad moral. Si no, ¿por qué la nueva dirección de RTVE reduciría a la mitad – ¡a la mitad!– al único programa de televisión generalista que dedica su contenido única y exclusivamente al sector de la moda en vez de promover lo que representa el 2,7% del PIB anual? La respuesta es fácil, superioridad moral. Y mis compañeros y compañeras os lo podrán decir, porque ellos y ellas también habrán sido víctimas de esas miraditas tras decir que trabajamos en el mundo o ese retestín en determinados comentarios como “Ah, que trabajas en moda…”. Porque claro, la moda es algo banal, ¿no? No importa tanto.

Bien, para todos aquellos que piensan que el periodismo de moda es fácil, os voy a decir una cosa. Bueno, varias cosas. La primera es que no tenéis ni idea.

Según el Fashion Development Project, el/la periodista de moda, aparte de informar sobre noticias y colecciones, necesita un bagaje cultural extenso. Eso quiere decir que debe saber ligar (y muy bien) temas sociales, económicos, políticos y otros fenómenos sociales que afectan la industria de la moda en todo el mundo. Por lo que hay que leer mucho, tomar apuntes y estar atento de todo en todo momento. Porque un solo detalle, como el no saber que, por muy cara que nos parezca, el precio de la ropa ha caído un 8,5% desde 1992, te jode el artículo y tu credibilidad como profesional de la comunicación.

Sin embargo, la percepción sobre este oficio suele ser tan fría y banal como la de la propia industria, con estereotipos que son retroalimentados por los mismos medios de comunicación, Hollywood y las redes sociales, sobre todo Instagram. ¿Por qué? Porque, consciente e inconscientemente, se proyectan atributos físicos y de personalidad para este tipo de periodistas. Si tuviera que pagar por todas las veces que me han preguntado que si quiero trabajar en el mundo de la moda para que me regalen ropa, es que no saben quién es Alexander McQueen, o que han visto demasiadas veces ‘Una compradora compulsiva’.

Una persona que tenga un estilo propio, o simplemente que vista bien, no tiene por qué trabajar o querer hacerlo en el mundo de la moda. No por nada, sino porque saber la teoría no indica que sepas aplicar la práctica. No obstante, esto es algo que va mucho más allá, porque moda, productos y tendencias están interconectados pero son conceptos no tienen nada que ver.

Sin embargo, y pese a quién le pese, hay una cosa que está clara: NADIE se exime de la industria de la moda. Y da igual que seas alguien que se acaba de comprar un saddle de Dior de 2.500 € o una persona que compre una riñonera en el Rastro por 1 €. A ambos los unen unas ideologías, creencias, cultura y economía, dispares, eso sí; que provocan que se decanten por consumir cierta tipología de producto. Pero ninguno es superior al otro. Simplemente, son diferentes. Porque recordemos a Rebe de ‘Élite’: “¿12 € por una copa? Soy rica, pero no gilipollas”. La economía importa, pero no quiere decir nada.

Dicho esto, también debéis saber que las editoras, periodistas y críticas que conocéis (o al menos que os suenan) han logrado dicho reconocimiento no por vestir bien o por vestir como ‘una circa’, como diría yo; sino gracias a una mirada propia e innovadora, y también gracias a que han sabido crear un sello personal estético que las distingue del resto. Eso, y que hacen muy bien su trabajo.

Por lo que, si eres de los que piensa que en este mundo todos los que trabajamos vamos vestidos de marca desde la laca de uñas hasta la vajilla, con un café en una mano y con un Birkin en la otra, escribiendo noticias sobre lo necesario que son los nuevos pantalones de Zara, yendo a fiestas, ganando un dineral y haciéndonos selfies todo el rato, te recomiendo que intentes escribir algo que cause interés. O que tengas un poquito más de cultura de moda. Que no todo es lo que parece.

Ah, y por cierto, deja de ver ‘El diablo se viste de Prada’. Nos harías un favor a todos.

Ni pura ni santa

Hoy… Borra. Voy… Borra. Gra… Borra. Borra. Borra. ¡Borra! Qué desastre. Bienvenida, ansiedad. Vale, me he quedado en blanco. No pasa nada. Me he quedado en blanco. Estas cosas pasan. Nadie me va a condenar por esto, pero sí que puede que haga el ridículo. Vale, tranquilízate; respira. No pasa nada. Respira. Uno, dos, tres… Está claro que hasta que no lo diga en voz alta no va a ser real. Si no lo digo, no es real. Pero ha de ser real. Debe ser real. ¡Respira! No te agobies. Venga, lo decimos juntas a la de tres. ¿Vale? ¿No vale? ¡Pero ha de valer! Chica, tranquilízate; has toreado en peores plazas. Esto no va a poder contigo. Lo decimos a la de tres. ¿Sí? Venga… Uno… Dos… Tres…. ¡Voy a casarme! Y yo soy la novia.

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Si tuviera algo que decir…

El día ha llegado. Nochevieja otra vez. La verdad es que todavía no sé si adoro o detesto este día. Es difícil de saber, pero de lo que estoy cien por cien segura es de que odio las despedidas. Todas y en cada una de sus distintas versiones. Odio decir adiós, odio que la gente se vaya, y odio tener que marcharme. Así que, pensándolo mejor, puede que odie este día.

Pero ha llegado, y aunque nadie le ha pedido que viniera, conforme venga se irá. 2018 se convertirá en un recuerdo borroso que apenas recordaremos en unos años y 2019 entrará en nuestras vidas. Y ninguno de nosotros hemos podido decidir, opinar, ni siquiera comentar. La dictadura del tiempo, qué puñetera es. Adiós 12 meses, 52 semanas, 365 días, 8.760 horas, 525.600 minutos y 31.536.000 segundos.

Y ahora que estoy a unas horas de decir adiós a un año al que le he cogido cariño, me pregunto por qué no habré sido capaz de ser más constante, estudiar idiomas, hacer más deporte, comer de forma más saludable o ahorrar más. Y lo que es peor, ¿por qué no he abrazado más a mi madre, llamado a mi abuela o apreciado más el insuficiente tiempo que he pasado con mi familia y amigos? Con la dictadura del tiempo a la que estamos sometidos, que de esta no se escapa nadie, ¿por qué no hemos aprovechado mejor el tiempo?

Cáncer, Alzheimer, sobredosis, violaciones, asesinatos, disparos, demencia, terrorismo… 2018 también ha tenido cabida para una cantidad de locura y de desgracias innecesarias. Parece ser que las vidas han perdido su valor, parece ser que una vida ya no vale nada. Y lo cierto es que no somos nadie. Nadie es imprescindible. Y el tiempo transcurre, y el tiempo corre, y el tiempo se acaba. La vida se acaba… Esos segundos que se desperdician ya no volverán, porque el tiempo que se marcha sin tiempo para las despedidas, jamás regresa.

La vida se acaba… Esos segundos que se desperdician ya no volverán, porque el tiempo que se marcha sin tiempo para las despedidas, jamás regresa

Tengo la sensación de que, a medida que nos hacemos más mayores, la vida pasa más deprisa. Y que el tiempo transcienda con mayor velocidad también se materializa en huecos vacíos en las mesas, menos historias que contar y una hipocresía barata disfrazada de espumillón, con mucho brilli brilli y con un olor a champán del malo. Y esto ocurre porque muchos de nosotros no sabemos qué celebrar, porque muchos de nosotros creemos que no tenemos nada que celebrar. Y lo que no sabemos es que el simple hecho de estar vivos ya es un motivo de celebración.

Actualmente, vivimos sometidos a una adición que no sale de las pantallas. Todos sentimos una imperiosa necesidad por vivir las 24h del día conectados. Comienzan las guerras civiles de hastags, las complejas campañas por conseguir el mayor número de likes posible, y tratamos y nos esforzamos en mostrar una vida que, en realidad, no tenemos. Y esto, con el tiempo, provoca ansiedad, nos hace sentir vacíos, sufrir depresión, e incluso ganas reales de querer suicidarte. Así que, ojito con el postureo desmedido. Porque, queridos amigos, el postureo no sale de Instagram. Y aunque muchos no lo queramos reconocer, todos lo sabemos.

Vivimos sometidos a una adición que no sale de las pantallas. Todos sentimos una imperiosa necesidad por vivir las 24h del día conectados. Comienzan las guerras civiles de hastags, las complejas campañas por conseguir el mayor número de likes posible, y tratamos y nos esforzamos en mostrar una vida que, en realidad, no tenemos

No suelo pedir muchas cosas, ni tampoco soy de esas que ansía la paz mundial, porque para eso habría que cambiar la mentalidad humana, y si ni siquiera podemos salir a correr solas sin que nos violen y nos maten, mucho menos podremos cambiar la mentalidad de todos los que somos, no soy una ilusa. Sin embargo, cuando termine de redactar la lista de propósitos que sé que no cumpliré, incluiré cosas como desconectar el móvil, llamar a mamá o mandarle un ramo de flores a mi abuela por su cumpleaños. ¿Qué locura verdad?

Al fin y al cabo, solo pido que no escasee lo que ya parece ser una emoción en peligro de extinción, solo pido que no falte la empatía, porque es lo único que nos hace humanos y lo único que ha impedido que el mundo pete. Una cuando se independiza, se da cuenta de que la cara pixelada al otro lado de la pantalla no es suficiente. Qué le voy a hacer, siempre he sido una inconformista.

Dicho esto, feliz año 2019. Que sea un año cargado de empatía, logros y propósitos cumplidos. Id a por todas. Y sobre todo, quered y dejad que os quieran. No hay nada más que valga realmente la pena.

Lauren Izquierdo

Las rayas de mi vestido

Fotos Beatriz Jericó.

¡Hola a todos y feliz lunes! Me encuentro de vuelta a la rutina en estos últimos días de agosto. Café en mano, las teclas sonando y tratando de concertarme lo máximo posible para poder reunirme unos minutos con vosotros.

El verano se termina, qué rápido se me ha pasado de verdad, pero todavía le quedan fuerzas para regalarnos días intensos de sol y de calor. Por eso, mi memoria y mi galería del Dropbox os trae un vestido que utilicé para uno de los desfiles de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, el cual es muy veraniego y sobre todo, fresquito.

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Sus colores me ponen de muy buen humor y lo mejor de todo es que se puede llevar sin sujetador. El corte midi me da mucha libertad de movimiento (siempre voy corriendo, soy una cabra loca y muy, pero que muy torpe), por lo que las personas que busquen a la comodidad como aliado, este vestido lleva su nombre. Es de una boutique de Madrid. En mi 21 buttons os dejo el link del vestido, los zapatos, que sé que os encantan, y las gafas.

Ahora os dejo, siento ser más breve de lo habitual, pero tengo que ir a IKEA a por una mesa y luego montarla, cosa que no va a salir bien, me temo.

Contadme qué tal os estás yendo el verano y cuáles son vuestros trucos a la hora de vestir, yo hay días que iría desnuda por la calle.

Disfrutad de la semana e hidrataros, eso es lo más importante. El líquido ya lo decidís vosotros.

Lauren Izquierdo

Un, dos, tres; ¡ganga!

Dios, qué pantalones; son preciosos. Joder, y qué caros son. ¿Por qué no nacería rica? ¿Me los compro? ¿Y si me espero a que los rebajen? Total, las rebajas empiezan mañana. ¿Pero y si me los quitan? ¿Y si cuando voy a comprarlos ya no quedan o mi talla se agota? ¿Qué hago? ¡Joder! ¿Qué hago? Es que ya me estoy imaginando con ellos puestos. Podría combinarlos con el body de pedrería, o con el crop top de encaje; ¡hala!, y con la camiseta básica blanca. Son muy versátiles, y ponibles… Madre mía me va a dar un parranque, ¿qué hago? ¿Me los compro o me espero? Es que si mañana no están… ¡Me casaría con ellos! Venga, tiro una moneda y si sale cara me los compro y si sale cruz me espero. Joder. Es que son 30 euros de rebajas… ¡Venga, cierro los ojos y que sea lo que Dios quiera! Tres, dos, uno… Cruz, hala, pues me espero. Como no estén me va a dar algo.

¡Ay! Queda un minuto… Tres, dos, uno… ¡Refresca! Ay, ¡están! ¡Qué están! ¡Comprar! ¡Comprar! ¡TOOOOOOOMAAAAAAAAAA, QUE ME HE AHORRADO 30 EURAZOOOOOOOS! ¡Si es que a lista no me gana nadieee! ¡Verás cuando se los enseñe a mis amigas!

No hay cosa que me guste más que una buena ganga. Me hace sentir realizada y me siento inteligente, he comprado una prenda por mucho menos de su precio original, ¡viva yo! Aunque eso pueda suponer que te tires de los pelos con otra mujer que quiera la misma prenda que tú, yo la vi antes, tía lista; es mía.

Comprar esos pantalones que querías desde hace tiempo a mitad de precio es una de las mejores sensaciones de esta vida. ¿Estamos de acuerdo? Bien, pues hace unos días se abrió en Twitter una polémica, cómo no, se abren polémicas hasta de cuántos abdominales hago al día (0), sobre si vestir de marcas caras es más digno que vestir de marcas low cost.

No me voy a andar con eufemismos ni voy a intentar suavizar mis palabras acerca de lo que pienso: me parece una idiotez, y abro paréntesis para explicar que el significado de idiota según su significado etimológico corresponde al de persona sin ideas o lo que es lo mismo, falto de inteligencia, así que creo que estaréis de acuerdo conmigo al expresar mi sentimiento de disconformidad acerca del asunto. Y para que estéis más informados y para argumentar y validar mi opinión os voy a explicar por qué esta chica y todos los que apoyaron su argumento no tienen ni idea de lo que dicen, abro paréntesis (vamos, que son gilipollas).

La historia de la moda es más larga y enrevesada que La historia interminable, pero para simplificar diré que actualmente existen cuatro conceptos de los que hay que saber su significado. El primero de ellos es la haute coture, alta costura. El primer diseñador en confeccionar prendas de este calibre fue Charles Frederick Worth. La alta costura son prendas realizadas a mano, lo cual implica nada de máquinas, son creadas a medida del cliente y se consideran un arte por su gran valor, de ahí sus precios.

Más tarde apareció lo que todos conocemos como fast fashion. Este concepto proviene de los cazadores de tendencias. Es el responsable de llevar la moda de las pasarelas a la calle y, por tanto, hacerla más accesible a nuestros bolsillos.

La aparición del prêt-à-porter (listo para llevar a la calle) marcó un antes y un después en la historia de la moda: los patrones comenzaron a realizarse en serie, produciendo moda de diferentes calidades y precios, y se trasladó a las calles.

La democratización de la moda comenzó a emerger de la nada. La moda tal y como se conocía dejó de ser un fenómeno de élites para convertirse en un fenómeno de masas, lo cual indujo automáticamente a una mayor libertad a la hora de vestir, de expresarse y de consumir.

La marca H&M fue pionera en fusionar el high cost con el low cost: “la moda no tiene que ser una cuestión de precio”, llevando a cabo su primera colaboración en 2004 con el reconocido diseñador Karl Lagerfeld.

¿Cuál es el problema actual? La obsesión, la adicción y la manera irresponsable de consumir, de elaborar y de crear moda que poseen algunas empresas de la industria fashionista. Sí, estamos hablando de la explotación infantil y de la miseria que les pagan a los trabajadores, pero… ¿En algún momento de mi discurso he mencionado la palabra dignidad? Según la RAE, la dignidad es la gravedad y el decoro de las personas en cuanto a su manera de comportarse. ¿Dónde tiene cabida entonces la dignidad a la hora de vestir? Si una camiseta está bien confeccionada, está limpia y no tiene agujeros ni está raída, ¿qué problema hay? ¿Y si tiene rotos o está raída como en algunas tendencias o porque me da la gana, qué? ¿Por qué vas a ser tú más digno que yo? ¿Eres más por vestir de Levis que de Primark? La respuesta puedes encontrarla en las escuelas de negocio, quienes estudian el llamado efecto Primark y no el efecto Levis.

Por concluir diré que la dignidad tiene que ver más con el comportamiento y con la educación que con la manera y el presupuesto para vestir. Y sí, cada uno es libre de decir lo que quiera, por eso existe la libertad de expresión, pero el mundo es mucho más agradable cuando la gente se guarda sus clasistas y elitistas gilipolleces. Si quieres vestir de Levis, Armani, o de Chanel toda tu vida porque te lo puedes permitir, adelante, estupendo, pero no compares ni aclames tu estatus con el de otra persona mencionando a la dignidad, porque entonces demuestras que te sitúas muy por debajo y que no tienes educación ni respeto. Y eso no lo puede comprar el dinero, ¡vaya!

Dicho esto solo puedo añadir una cosa más: ¡qué vivan las camisetas de tres euros!