Lágrimas.

Cuando me pongo a escribir lo que más me cuesta siempre es el titular. Siempre busco algo que os enganche, que sea corto, conciso, impactante y que sea fiel al texto. Sé que puede que no contenga toda la relevancia que le estoy otorgando, que realmente leéis por la calidad literaria y que, como siempre, parece que desvarío; pero es importante. Y más de lo que os creéis.

Estáis en lo cierto, esto es un post de “Bajo la ducha“, esos en los que escribo cosas sin sentido con sentido, en los que lanzo preguntas al aire y en los que acabáis más locos que cuerdos. Ya me echabais de menos.

Si os soy sincera, en este preciso instante mantengo un debate interno, dado que no sé muy bien sobre qué escribiros, ni como expresar este amargo sentimiento que cada 12 de noviembre vuelve a mi memoria. También os digo una cosa, rara vez sé cómo hacerlo. Ya sabéis que mi esencia es ser espontánea e impulsiva. Para unos eso os puede parecer un defecto, para otros es una virtud.

Genial. Creo que ya lo tengo. Comenzaré hablando de algo tan normal y tan cotidiano que todos tenemos y que todos derramamos:

Voy a hablaros de las lágrimas.

¿Que no os lo esperabais?, otro de mis defectos o virtudes: puede que sea una caja de sorpresas. Pero ahora que caigo: el título es Lágrimas, por lo que si no te lo esperabas, creo que tienes un problema. Pero en fin: ¿quién soy yo para juzgar?

Llorar es algo que hacemos desde que nacemos. Es más, el primer síntoma de que estamos vivos es el primer llanto al respirar por primera vez. Las lágrimas son el símbolo de los sentimientos y de las emociones; las lágrimas constituyen la simbología de que tenemos alma.

Sin en cambio, vivimos en una sociedad que censura sentir, que censura amar, y esto no es precisamente un tema actual. Desde bien entrada la Edad Antigua, o incluso me atrevería decir la Prehistoria, llorar siempre ha sido un signo de errónea debilidad. Las mujeres somos débiles porque lloramos. Los hombres no son hombres si lloran. Menuda estupidez. ¿Cuántas veces habréis escuchado frases como las de: “los hombres no lloran”, “no llores que te pones muy fea“?

Estereotipos. Hombres que no lloran, mujeres que lloran por todo. Afortunadamente, creo que no me equivoco al decir que esta idea está cambiando, al menos de manera parcial, y que los chicos conviven en una sociedad que pueden llorar libremente. Incluso me atrevería a decir que nos gustan los chicos sensibles, por mucho que digamos que adoramos a los macarras.

Lloramos por dolor, por tristeza, por alegría, por pura y maldita impotencia; lloramos a escondidas, al ver ‘El diario de Noah’ o ‘Mi querido Jonh’; lloramos con las despedidas, cuando perdemos a alguien o cuando creemos haberlo hecho. Llorar es necesario. Llorar es imprescindible.

Muchas veces me he preguntado por qué la raza humana llora. Los animales también lo hacen, e incluso metafóricamente podría decir que una de las lágrimas más bonitas y más potentes son las de las nubes. Pero ni siquiera los científicos tienen claro por qué lo hacemos.

Saben que existen tres tipos de lágrimas causales distintas: basales, reflejas y psíquicas; pero no saben qué es lo que realmente despierta a nuestro cuerpo en las lágrimas psíquicas. Puede que buscamos consuelo, y de hecho, nos sentimos mejor después de llorar, pero la realidad es que el motivo sigue siendo un verdadero misterio.

Dicen que es triste llorar solo, pero generalmente a las personas no les gusta llorar delante de otras, y yo soy una de ellas, así que supongo que soy un ejemplo. Dicen que es porque intentamos hacernos las valientes, o porque somos fuertes. Yo solo sé que detesto llorar delante de otros, ya no me sale. Y no soy una insensible. Creedme, cada vez lloro con más frecuencia y por motivos más absurdos, creo que empiezo a chochear, pero lo cierto es que si lloro delante de alguien, más vale que esa persona no quiera perderme, porque eso significa que tengo la suficiente confianza como para hacerlo o que simplemente he llegado al límite y ya no puedo más. No sé si lográis entenderme o ahora mismo vuestra expresión es peor que la de ‘La Gioconda’. Pero bueno, la idea principal creo que ha quedado bastante clara.

Cabe destacar lo cierto que es el hecho de que la gran mayoría no sabe cómo reaccionar cuando otra llora. Siempre intentamos consolarla, no sabiendo muy bien cómo. Son actos torpes, incómodos, abrazos forzados y un sentimiento contagioso de angustia de no saber qué hacer para que pare.

Y de hecho, a veces no hace falta hacer nada. A veces, simplemente necesitamos expulsarlo todo. A veces, simplemente tenemos que rebasar ese límite y decir “hasta aquí hemos llegado” y no por eso somos más o menos fuertes, y no por eso somos más o menos hombres o mujeres.

Lloramos porque somos humanos. Lloramos porque somos personas. Lloramos porque tenemos sentimientos. Lloramos porque tenemos alma.

Llorar es una fuente de desahogo, una vía de escape que necesitamos como el agua, por mucho que nos resistamos en hacerlo. Y lo mejor, es que es gratis.

Así que hoy, 12 de noviembre, lloro por ti, lloro porque han pasado 12 años y cada día de mi vida, te sigo echando de menos.

Te quiero muchísimo, tía. Estés donde estés.

L.I.

Lunes, y me siento genial.

¡HOLA A TODO MIS LECTORES!

Hi guys!

¡Feliz lunes! Sí, son felices, que no os engañen. ¡Seamos positivos! Hoy os escribo en el tren. Son las ocho de la mañana y voy por mi segundo café, quizás por eso ahora mismo la vida es maravillosa. Este puente (llevo sin ir a clase desde el miércoles) he tenido millones de cosas por organizar, por hacer, y seamos claros: cuanto más días libres tengo, menos ganas tengo de hacer nada (ahí le has dado) Las sábanas se han adherido a mi cara como las mascarillas de carbón que tanto se pusieron de moda y por eso, para mí y para vosotros, buenos días.

Hoy os traigo un look que, personalmente me fascina. Lauren, siempre dices lo mismo; y es verdad, pero si no me gusta a mí, que soy la que lo llevo, no sé a quién le va a gustar. ¿Y has necesitado muchos años de carrera para llegar a esa conclusión? Pues no, porque todavía estoy en primero.

Me centro, porque a veces desvarío… Me estoy haciendo mayor.

El caso es que me encanta. El jersey oversize, los colores neutros, mis botas altas, y mis labios rojos. Siento que nadie puede pararme.

Esto último puede parecer una tontería, pero no lo es. En nuestra mano se encuentra el querer sentirnos guapas, guapos, el poder con todo. Mi madre siempre me decía de pequeña que tenía que saber ser yo misma por mí, y no por los demás. Sabia, madre. Esta última frase he acabado aplicándola para todos los campos de mi vida.

Así que ahora os digo yo a vosotras y a vosotros: “Vístete para gustarte a ti y no para los demás.” Siéntete guapa, guapo, sexy, poderosa, poderoso, ¿por qué no? ¿Quién te lo impide? Si te apetece ir a por el pan en tacones, adelante; y si te apetece ir a una gala en chándal, ¿qué? ¿Qué pasa?

No puedo decir que sea licenciada en moda o que tenga un máster, pero una de las cosas que he aprendido del mundo de la moda es que la moda no es el cinturón, como muchas personas creen, sino que es más como el brilli brilli de La Vecina Rubia.

Así que cálzate unos tacones, o unas zapatillas, qué más da, y sal al mundo. Porque una cosa está clara, nadie va a hacerlo por ti.

Solo me queda daros las gracias por vuestro tiempo y por llegar al final. De verdad, estoy muy agradecida. Os quiero un montón y nos vemos muy pronto con otro post en “Talla Treinta y Ocho”. Pasad buena semana. Es vuestro tiempo, y no hay cosa que me guste más que me digan “Lauren, el tiempo es tuyo”.

L.I.