Los libros que me han cambiado este verano

Mis vacaciones han sido cortas pero intensas… Dicen que no importa la cantidad si hay calidad (pero la verdad es que unos días más en la playa me hubiera quedado).

Una de las cosas que más amenas me hacían mis tardes de playeo, eran los libros. Y hoy os quiero contar los libros que me han cambiado este verano.

Sigue leyendo “Los libros que me han cambiado este verano”

Todo aquello que me ha hecho ser un pelín más feliz esta semana #1

Los domingos son mi día de reflexión. Es el único día de toda la semana en el que puedo respirar profundamente y analizar todo aquello que me ha hecho sentir algo más dichosa, algo más desdichada, algo más completa, algo más incompleta… Así que, he decidido compartirlo con vosotros, porque si la vida son momentos, esos momentos hay que compartirlos.

TRADUCIR CANCIONES

Muchas veces he regañado a mis padres porque hay canciones que les encantan pero no saben cuál es el mensaje que transmiten. Esta semana me he dado cuenta de que yo hago lo mismo. Es verdad que te puede gustar una canción por su sonoridad, por la voz del cantante o por su ritmo, pero esta semana me he sentido más completa al descubrir la letra de muchas canciones que me gustaban, pero que no sabía qué mensaje llevaban inmersas. Una de ellas ha sido “This is me” de la película The greatest showman.  

UNA CANCIÓN

Ahora que sé lo que dicen me quedaría con “One” the U2, “You´re Beautiful de James Blunt, y This is me de Keala Settle. Han aparecido en momentos clave para mí de manera aleatoria, así que creo que se merecen ser mis canciones de la semana.

UN LIBRO

Esta semana he leído “En el café de la juventud perdida”  de Patrick Modiano y me ha sorprendido. No suelo leer libros de este tipo, pero me ha gustado un montón, y lo recomendaría ciegamente.

UN ARTÍCULO

Jokin, Carla, Arancha, Diego, Lucía” de Rosa Montero en el País Semanal, la crónica de Manuelesky en Verne “Yo tengo ganas de OT”, y el momento Ignacio Escolar en Late Motiv.

UNA NOTICIA IMPACTANTE

Que Rosalía es su nombre artístico, no su nombre real. Parece una tontería pero a mí casi me explota la patata. Eso y que Amaia y Alfred han hecho colaboraciones con U2.

giphy (1).gif

MIS PUBLICACIONES DE LA SEMANA

Crítica sobre la nueva colección de MM6 Margiela en la LFW Sedicionarismo de la mano de MM6 Margiela en Hoy Magazine; mi artículo street style sobre Transparencias, rizos y highlighter y el polémico Cómo hacer un match y no morir en el intento.

UN MOMENTO QUE TE HAYA HECHO REÍR

Generalmente, cualquier momento rodeada de la gente a la que quiero son momentos que me hacen reír, pero debo destacar la sesión de fotos para mi próximo artículo street syle con Bea en el Paseo de las Tortugas. Siempre encuentra la manera de hacerme reír, y esta vez casi me lesiono. Para que luego digan que ser influencer es fácil (sobre todo cuando no lo eres). 

558BA42B-5CAF-413B-A9AC-7942ADCAB115.JPG

El momento windows con mis compañeras de piso merece unas líneas de protagonismo. Tenemos un vecino que está mazado y no lo habíamos visto antes. A lo largo de la semana nos hemos fijado más de la cuenta y el “open your mind, open your windows” a grito pelado mereció la pena. Sobre todo, porque nos cerró la ventana. ¿Qué se le va a hacer?

ALGUIEN A QUIEN HAYAS ECHADO DE MENOS ESTA SEMANA

A mis padres y, en especial, esta semana a mi hermana. Ahora tenemos que ver Operación Triunfo separadas y ver los pases de micro con el Skype no nos funciona.

UNA EXPERIENCIA RANDOM

Esta semana fui a comprar al supermercado y un anciano me paró en medio de la calle (literalmente; me paró) para decirme que llevaba los pantalones rotos (eran unos mom rotos). Me dio tanto coraje que le solté “y a usted se le ha perdido la educación“; lo que me llevó a reflexionar sobre esa imposición de respeto hacia personas mayores por el simple hecho de que sean mayores. Creo que el respeto y la educación es la base de la convivencia y de la sociedad, independientemente de la edad, religión, ideales políticos, cultura, clase social o etnia. Somos todos personas. Además, tampoco sé qué esperaba que le dijera.

Las casi 10.000 visitas en mi artículo sobre Tinder también fue algo muy random, y el videotutorial a mi hermana explicándole que no llevaba mocos sino que era mi tabique nasal tampoco fue un desperdicio.

giphy (2).gif

ALGO QUE NO DEBERÍA HABER HECHO

No debería haberme bebido esa botella de vino con Rosa, ni tampoco haber hecho tortitas a las 12 de la noche. Pero en fin, que me quiten lo bailao.

ALGO QUE VAYA A HACER LA SEMANA QUE VIENE

Tengo varias cosas chulas que todavía no puedo contar, pero ya lo iré diciendo poco a poco. También voy a volver a correr, me da mucha pena haber perdido mi ritmo. Y voy a empezar la dieta. Esta vez en serio.

UNA FRASE QUE ME DEFINA ESTA SEMANA

“In order to be irreplaceable one must always be different” de Coco Chanel.

SI ESTA SEMANA HUBIERA SIDO UN PERSONAJE HUBIERA SIDO…

Carrie Bradshaw, escritura creativa, por la noche y repitiendo lo que escribía.

ALGO MÁS QUE OS QUIERA DECIR…

Que nunca os quedéis con las ganas de decir o de hacer algo. Nos arrepentimos más de lo que no decimos o de lo que no hacemos que de lo que sí. Además, produce ansiedad guardarnos las cosas. Lo cogés…. ¡Y lo soltás! Y si no, siempre puedes hacer como Paquita.

giphy.gif

Lauren Izquierdo.

Capítulo 3 de mi libro: Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys! 

Tal y como os prometí, aquí tenéis el tercer capítulo de mi libro “Silencio”. Si no habéis leído El Segundo, os dejo el enlace aquí para que no os perdáis. En él, ¡podréis encontrar el primer capítulo! https://laurenizquierdo.wordpress.com/2017/09/14/segundo-capitulo-de-mi-libro-silencio/

Espero que disfrutéis de este puente, que al final, en eso consiste, en deacansar y en mi caso, en ir adelantando cosas para la universidad. 

Gracias por leerme semana tras semana ¡y muy pronto nos veremos con otro post en Talla Treinta y Ocho!

Muack!

L.I.

CAPÍTULO III.

Un error tras otro.

A la mañana siguiente el café me supo más amargo que de costumbre. Supuse que era debido a los nervios que mi estómago cocinaba en su interior. Por más que me esforzaba en insistir para que mi subconsciente no se preocupara de nada, no lo lograba. Algo me gritaba que las cosas deberían cambiar para que la nada se convirtiera en lo normal. Menuda ironía. Menuda redundancia.

Abrí mi armario insegura. Nada me convencía. Esto no era normal en mí. Nada me parecía adecuado. Quise hacer lo de siempre: escoger dos prendas al azar, pero me sentía ridícula, agobiantemente ridícula con todo. Al final hice de tripas pensamientos. Escogí un pantalón vaquero desgastado y una americana de pana beis. Pana beis, ¿por qué me compraría yo esto? No me visualizaba con el aspecto de la secretaria del director de la empresa de compraventas más importante de todo Nueva York. Por Dios, llevaba una americana de pana. ¡Y encima beis! Tampoco me sentí capaz de emparejar mi abultada melena, eso suponía un trabajo mental grandioso. Me encantaría saber cómo se las apaña Sarah Jessica Parker. Así que la recogí en una coleta baja.

Ningún taxi frenaba a mi petición. Era exasperante. Lo único que me faltaba era llegar tarde el primer día de mi nuevo empleo. Al fin uno paró. Lanzarme a la calzada habría sido mi segunda opción.

-¿A dónde la llevo?- me preguntó.

-A West Side.

Enseguida arrancó. Por un momento parecía que la gente corría hacia sus destinos, pero era el resultado de mis nervios incontrolables, los que recorrían mis venas de punta a punta de mi cuerpo. No entendía por qué me sentía así. Ni siquiera lo pensé la pasada noche, pero estaba segura de que si lo hubiera hecho, no hubiese dormido. No sabía qué era lo que prefería. Últimamente nunca lo sabía.

-Aquí- espeté.- Pare, pare. Ya he llegado.

-¿Trabaja aquí?- preguntó… ¿sorprendido?

-Sí, ¿por qué?- fruncí el ceño.

-Ahora entiendo por qué parecía un chihuahua en pleno invierno.

-No es mi primer día- dije. ¿Pero por qué le doy explicaciones a este señor?-, pero me han ascendido sin esperarlo.

-Y eso es peor, ¿me equivoco?

-Digamos que es complicado- sí, esa sería la definición perfecta.

-Pues suerte, morena- me dijo.

-Gracias- mencioné tras pagar.- Las voy a necesitar.

Me situaba delante de aquel gigantesco edificio. Me sentía como el primer día que llegué aquí. Me sentía como un pez fuera del agua, asustada, como lo estaría cualquier intrusa en una empresa donde todo el mundo se conoce, como una simple becaria, a pesar de tener bastantes años de experiencia. Lo cierto es que causé una impresión inmejorable el primer día que llegué. No conocía a mi jefe, y eso me hacía feliz. ¡Ojalá hubiera seguido siendo así! Hice una amiga pronto, Claire. Tiene el cabello rosa. Dios, ¡qué loca está esta chica!, pero como la quiero. Martín y yo salíamos mucho con ella y sus novios. La verdad es que no la había visto más de dos semanas con el mismo chico. No es una chica de relaciones largas. Ni cortas en realidad. Claire es el tipo de persona que solo podrá llegar a amar a ella misma. Es espontánea y divertida. Claire tampoco se separó de mi lado cuando ocurrió lo de mi madre. ¡Hasta se compró una peluca castaña para su funeral! La diferencia era que ella supo sortear mis esquivas. Vaya. Era lo único valioso que podría citar de mi empresa sin que aquello me produjera arcadas. Por lo demás…, supongo que tendría que confesar que me costó barbaridades acostumbrarme al régimen del funcionamiento, pese a que así fueron mis primeros meses en La moda como arte, donde nadie me conocía y me apodaron como la chica de los zapatos extravagantes, en realidad extrafalarios, pero extravagante suena más elegante. Lo importante era que me brindaban la oportunidad de comenzar de cero, y esperaba que todo fuera a mejor. Hay quien dice que todos los cambios son buenos, aunque yo planteo serias dudas ante esa teoría inestable.

El ascensor no quería llegar a la sexagésima planta, y la verdad era que yo tampoco. Caminé hacia mi mesa y me senté. Suspiré. Me dolía el cuello.

-Hera Harrison, preséntese en mi despacho- una voz fúnebre me llegó por el lateral derecho.- Ya.

Ni siquiera el día había comenzado. Era imposible que ya la hubiese fastidiado. Miedo. Qué horrible sentimiento. El despacho permanecía en la más abrupta penumbra. Mi jefe se situaba observando el gran ventanal con los brazos detrás de la espalda. Me preguntaba que se pasearía por la mente de aquel hombre.

-¿Tiene idea de la hora que es?

-Las ocho y tres minutos, señor- contesté mirando mi antiguo Lotus.

-Exacto- se giró hacia mí.- Llevo trece minutos esperando a que usted se digne a venir. Debe saber que yo siempre llego diez minutos antes, Srta. Harrison. ¿Y sabe por qué?- hizo una pausa muy breve.- Porque soy una persona eficiente y porque me entrego a cuerpo y a alma a esta empresa, como debe empezar a serlo. Si llego diez minutos antes, usted, Srta. Harrison, debe llegar estar aquí veinte minutos antes por si mi chófer pisa el acelerador. ¿Entendido?- posó sus brazos encima de su escritorio y se abalanzó hacia mí. Su intención era intimidarme. Y lo consiguió, ya lo creo que lo consiguió.

-Entendido- tragué saliva. ¿Qué otra cosa podía decir? Lo que menos necesitaba era un despido. No podía quedarme en la calle después de todo.

-Está bien- respiró hondamente.- ¿Y mi café?- se metió las manos a los bolsillos.

-¿Qué café?- no entendía de qué me estaba hablando. ¿Tenía que traerle un café? ¿Por qué nadie me lo había dicho?

-¿Me está diciendo, Srta. Harrison, que ha llegado trece minutos tarde y no me ha traído mi expreso desnatado sin lactosa?

-No sabía que debía traerle un café- fui franca.- Ni que era intolerante a la lactosa.

-Pues yo no sé si debo despedirla- exacerbó. Ahí me quedé helada. La vena de su cuello se había hinchado.- Debe no, tiene que traerme un café desnatado sin lactosa todas las mañanas- se sentó en su negra silla de cuero.

-Puedo traerle uno ahora- sugerí.

-Ni se moleste, ya se ha encargado usted de amargarme la mañana- cogió un portafolios.- Necesito que llame a todas estas empresas para que me confirmen su asistencia. Son los accionistas- me aclaró.- ¿Cree que podrá hacerlo, Srta. Harrison, o no sabe dónde está el teléfono?

-No pinta difícil- espeté con una pizca de ironía.- Podré hacerlo.

-Bien- se puso serio.- Cuando termine, reserve en el restaurante italiano del final de la calle. Parece que se ha puesto de moda y quiero dejarme caer por allí. Marketing, publicidad… Sabrá cómo funcionan estas cosas- le restó importancia.

-¿Reserva para uno?- pregunté.

-¿Está de coña?- exacerbó. Yo pegué un respingo al ser testigo de su actitud grotesca.- Hoy es lunes. Los lunes siempre como con mis hijos.

-Está bien- por dentro quería gritar. Me estaba sacando de quicio. No entiendo como mi antecesora pudo aguantar tanto.

-Y tráigame estos informes para mañana.

-Pero esto me llevará todo el día- quería morir. Que alguien traiga una espada y un ataúd.

-Pues será mejor que empiece ya, ¿no lo cree?- alzó una ceja.

Pude ver con mis propios ojos cómo disfrutaba de aquel momento. Podría matarlo con mis antiguas técnicas de taekuondo. Seguramente me habría ofrecido el puesto para hundirme y para que me autodespidiera. Así no tendría que otorgarme el finiquito. Bonita táctica. Como lo detestaba.

Asentí con la cabeza.

-Ah, y una cosa más- espetó.- No se olvide de mi café.

¡Juro que lo estrangularía con mis propias manos!

-No lo haré.

Salí de allí lo más deprisa que pude sin llegar a echar a correr. Café, socios, reservas, documentos… Y tan solo era el primer día. Esto podría terminar conmigo. Esto terminaría conmigo.

Cuando levanté la cabeza de mi mesa eran las once y media de la noche. Me recosté en aquella silla incómoda. Había terminado, y no había nadie en la oficina. Nunca me pareció tan solitaria y tenebrosa, aunque lo cierto era que se respiraba tranquilidad y un cierto silencio consolador. Era hora de regresar a casa. No había cenado y mi estómago protestaba.

Pasé por un supermercado veinticuatro horas antes de llegar a mi apartamento. Compré fideos instantáneos, algo ligero para irme a soñar con los angelitos. Últimamente había engordado un par de tallas. El deporte y yo nunca fuimos compañeros. Cuando salía con Martín me animaba a salir a correr todas las mañanas antes de ir a trabajar. Nunca me apetecía, siempre gruñía e intentaba persuadirlo con “otro tipo de deporte”, pero me terminaba convenciendo y digamos que gracias a él, me mantenía en forma. Quizás debería volver a hacerlo, el deporte, lo de Martín es algo que ya no tiene remedio. De todas formas, como mi vida siguiera girando en torno a la exigencia inaudita de Max, ni ejercicio, ni vida, ni nada.

Nunca había llegado tan cansada a casa. Aquella noche ni siquiera hice intentos por ver la teletienda. Me duché, puse los fideos a calentar y me los comí mientras ultimaba los detalles de los informes con ayuda de mi viejo portátil, otra cosa para la lista de cosas por renovar.

Girando en torno a la una de la madrugada me acosté, pero un extraño sentimiento desconocido, embriagado de soledad me inundó. Hacía mucho tiempo que no me sucedía tal cosa… Años, meses… Sin darme cuenta mis ojos se inundaron como víctimas de un tsunami, de lágrimas saladas.

Segundo capítulo de mi libro: Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys! Hoy estoy extremadamente feliz porque es el primer día que voy a estar en la zona  prensa de un desfile, así que mañana espero tener una crónica barra crítica que os enamore y enganche tanto como espero que me enganche a mí. La ESNE ha tenido el precioso detalle de tenerme en cuenta para su lista de invitados especial, así que tendré una acreditación con mi nombre y todo. ¡Es tan guay!

Al estar tan feliz he decidido haceros un regalo y os he publicado el segundo capítulo de mi libro, ya que he podido observar que el primero tuvo muy buenos resultados. Si no recuerdas el primero no te preocupes Capítulo uno de mi nuevo libro, Silencio. con que pinches en lo azul será suficiente, te llevará a la entrada donde lo publiqué. Una vez más solo espero que os encante y nada. Nos vemos esta tarde en mi Instagram y mañana con otro post en mi blog “Talla treinta y Ocho”.

L.I.

CAPÍTULO II.

Manuel, Marco, Carlos, Mikel y Martín.

Eran tantas las cosas que me resultaban inverosímiles en esta historia. No sabía por qué me habían contratado. ¿Por qué ahora quería que formara parte de su séquito? No sabía nada de ese hombre, solo que quería que fuera su secretaria porque Julia Jones iba a ser madre. Qué bonito. Ojalá yo tuviera a alguien con quien poder volver a intentarlo. Siempre quise ser madre, pero al igual que mis centenares de proyectos de obsesiva adolescente, no había cumplimentado ninguno. Decidí investigar a Maximum Smith, tratar de averiguar algo que todavía no supiera. Mañana debería darle una respuesta. Era el segundo millonario más rico del mundo y lideraba la herencia del proyecto ambicioso de su padre Maximum Jefferson Smith. Tenía tres hijos, trillizos; Amber era una promesa en el mundo del diseño, Carlos era escritor y estaba licenciado en empresariales y James era jugador de rugby, que si no recuerdo mal, salió un tiempo con Kate, una amiga mía de la facultad. Kate solo sale con ricos. No sé qué me sorprende más, si el hecho de lo superficial que puede llegar a ser o que cada dos semanas tenga un novio nuevo. No mantengo relación con ella. Todo se acabó entre nosotras después de nuestro viaje a las Vegas, pero las redes sociales dan mucho de sí, y aunque no la sigo en Instagram, sí que me sé su cuenta de memoria y muchas veces le cotilleo. La tía está forrada, está estupenda y encima polioperada. Algunas se lo montan bien.

El reloj anunció su llegada a media noche. No sabía qué decisión tomaría. A veces deseaba que todavía estuviese aquí. Echaba de menos tener a alguien con quien hablar. Mañana sería otro día.

 

No sé ni cómo terminé rellenando aquel extenso e inacabable contrato, pero me sentía como si estuviese vendiéndole mi alma al diablo. Posiblemente así fuera. Julia me miraba lastimosa, como si la hubiese traicionado, aunque si no hubiera aceptado, el despido de ella seguiría en pie y otro más listo que yo tendría mi puesto.

Era la nueva secretaria del jefe de la cadena de compraventa de empresas más importante de todo Nueva York, NY Publish. Un magnate en toda regla. Un idiota en toda regla; un hombre que además tenía millones de acciones distribuidas por toda el planeta que lo hacía más multimillonario de lo que ya era. Sonaba intimidante, pero quizás ahora pudiera renovar mi coche, mi pobre Jake necesitaba morir de una vez.

No puedo negar lo que me dolieron muchas de las palabras que expulsó aquel misógino de tomo y lomo. Ni siquiera sabía cómo demonios conocía la noticia de mi quinto fracaso matrimonial. Sí, la irónica historia de Hera, la supuesta diosa del matrimonio. Deberían hacer un reality show sobre mí. Al fin y al cabo lo único que me diferencia de las Kardashian es mi lamentable y actual aspecto, y si no recuerdo mal, ellas están operadas. Tengo una maldición, soy una fracasada en el amor, y no lo digo precisamente de manera figurativa. Mi vida ha ido pegando altibajos excéntricos. Mi madre no fue lo suficientemente fuerte como para cargar con todo ella sola, y no puedo culparla por ello, es más, muchas veces pienso que la culpa fue mía.

Mi adolescencia fue algo… ¿alocada? Sí, utilicemos ese adjetivo. Quizás hubiera necesitado un internado, la cárcel, o un padre.  Me casé con dieciocho años con Manuel, el batería buenorro de la banda de mi primo. Se conocieron en Erasmus. Era español y me enamoró que odiara los toros. Nunca entenderé la cultura de aquel país. Sé que cada uno tiene sus costumbres y que NY no es perfecto, pero vamos, ¿matar a un animal inocente para la diversión de otros? Adoro y adoraré España, a sus gentes, su gastronomía, su folclore, sus playas, pero aunque no sea antitaurina, lo cierto es que no es fruto de mi devoción. Aquello duró apenas seis meses. Lo descubrí con una hippie en mi cama, y además no me hacía gracia que usara mis bragas como turbante en sus conciertos.  Creía que lo nuestro duraría toda la vida, qué estúpida, y qué adolescente.

Volví a estudiar, necesitaba encarrilar mi vida, y en el segundo año de carrera conocí a Marco, un estudiante italiano que me prometió la luna. ¡Malditos italianos y maldita su labia! Era muy religioso, por lo que no copulamos hasta el matrimonio. Al principio me pareció extraño, pero poco a poco me autoconvencí de que si estaba inculcado en la fe cristiana, era algo medianamente normal. ¿Normal? Ahora no me lo parece en absoluto, y más en los tiempos en los que estamos. Cuando llevábamos un año saliendo me pidió matrimonio. ¿Matrimonio precipitado y fe cristina que impedía el coito? Me sentí confusa. ¡Ni siquiera me había presentado a sus padres!, pero como una boba alocada y una amante deseosa, acepté. La boda fue genial, pero a la semana me enteré por Margarita, mi suegra, una encantadora mujer con la que todavía mantengo contacto, que él había exilado de un convento la misma noche en la que nos conocimos. Desde que me enteré de aquello, mi matrimonio fue decayendo,  no confiaba en él, y a Marco le molestaba todo de mí, sobre todo que fuera atea. Pasados seis meses, me dijo que se volvía al convento. Pensaba que estaría mejor allí. La única a la que siempre le entregaría su amor fiel sería a la virgen, pese a que él ya no lo fuera. En un año incluso obtuvimos la nulidad matrimonial.

Tras dos matrimonios y terminar la carrera de publicidad, me largué con mis dos mejores amigas, Inés y Kate, a las Vegas. Necesitaba aclararme las ideas. Casino, juerga, y nada de matrimonios. Pasamos unos días alucinantes. Fue el mejor regalo de fin de carrera que nos pudimos hacer. Claro que volví con anillo. ¡En serio! Debería estar prohibido que Elvis case a gente estando ebria y sin testigos. Se llamaba Carlos. Era español, otro, y estudiante de medicina, un buen chico. Los dos decidimos que lo más sensato era desprenderse de ese matrimonio, que asombrosamente tenía validez. Ni siquiera sé si puedo contarlo como marido, pero era un gran chico. Me hacía reír todo el tiempo, se lo tomó a broma y tranquilizó a mi madre. Todavía recuerdo el momento en el que se lo dijimos:

 – Madre mía, Hera. Es que no piensas en las consecuencias. Tienes que dejar de vivir aventuras y empezar a sentar cabeza.

– Sra. Harrison, ambos estamos muy arrepentidos y no sabemos cómo ha podido suceder tal cosa.

– A mí no me sorprende. Cómo se nota que no conoces a mi hija.

– No, es cierto, no la conozco, pero por lo que he hablado con ella, no me cabe la menor duda de que es una mujer maravillosa.

 

Y puede que hubiéramos congeniado, pero ninguno quisimos correr riegos, y menos con un anillo de por medio. Podríamos haber seguido conociéndonos después de aquello, es más, me invitó a un par de cafés después de los trámites, pero yo lo rechacé. ¡Adiós al tercero de la lista! Y eso que dicen que a la tercera va la vencida.

Nunca me gusta citar a mi cuarto matrimonio. Fue el más deprimente de los cinco. Se llamaba Mikel, ruso. Me dejó porque se volvió gay. Ahora está casado con una amiga mía, Evelyn, pero a estas alturas de mi vida… Eso ya me da igual. No le guardo rencor, pero no le mando postales de Navidad como a los demás. No se las merece, no me gustan los mentirosos.

Tras siete años de consternación divina contra mí, conocí a Martín, un chico catalán que viajaba a Nueva York por asuntos de trabajo. Era arquitecto y se convirtió en el hombre de mi vida, pese a que suene cursi. Odio que todavía suene cursi. Lo que más me gustaba de él eran sus ojos color aceituna. Era guapísimo aunque él lo negara continuamente. La modestia era uno de sus fuertes y me hizo olvidar a aquellos cuatro patanes. No me juzgó por haber estado casada cuatro veces con tan corta edad. Simplemente sonrió e hizo un comentario gracioso. “No serás una viuda negra, ¿verdad?” Qué ocurrente. Cuando dices que llevas cuatro divorcios a tus espaldas a tus veintitrés años, te miran raro, y con motivo. Sin duda lo que me enamoró infinitamente de él fue su perseverancia, además de sus múltiples virtudes. Me mudé a España tras seis meses de relación. Lo nuestro iba en serio, aparentemente, y me alegré de poder afirmar que al fin caminaba en la senda correcta… Ninguno nos queríamos hacer ilusiones, pero sabíamos que el tiempo pasaba y seguíamos juntos, y eso importaba, ya lo creo que importaba. Una de las cosas que más le gustaba era que cantara en la ducha después de hacer el amor. Encontré trabajo en una revista de moda, que al principio odiaba, digamos la verdad. Era publicista, no una finolis de talla treinta y seis que se quejaba de que sus Manolos le hacían daño. La gente nos sonreía por la calle. Definitivamente él me hizo sentir como nunca antes nadie me había hecho sentir y era bonito poder decir aquello. Después de tres años me pidió matrimonio en una bonita casa rural en un verano muy lluvioso. Nuestra boda fue grandiosa. No quisimos quedarnos cortos en nada. Mi madre no paraba de llorar al ver que al fin había logrado ser feliz y me aseguró cientos de veces que no había visto una novia más bonita que yo… Me hubiera encantado que mi padre se hubiera presentado, me hubiera visto casada, de blanco y feliz al fin, aunque no le importara. Desgraciadamente todo termina. Mi madre enfermó en estado grave debido a un cáncer craneoencefálico. Enseguida quise estar a su lado y Martín lo entendió. Él abandonó su puesto de trabajo, tal y como yo hice en su momento, aunque lo hiciéramos por amores distintos. No tardó en encontrar otro trabajo que suplantara al antiguo. Tenía talento. Era absurdo negarlo. Era absurdo no contratarlo. Yo llené mi tiempo entrando en esta empresa individualista, NY Publish. Pronto mi madre murió. Era inevitable. Ese cáncer no tenía cura. Martín me apoyó durante todo el proceso, y yo se lo agradecí, pero no fue suficiente. Comencé a abandonarme, a llegar tarde a casa, a no aceptar sus caricias… Terminé por alejarlo de mí cuando lo que necesitaba era justo lo contario. No pude aceptar que otro ser querido me abandonara. Demasiado injusto. Demasiado duro.

Quizás este toque envidioso de ambición fuera justo lo que necesitaba para llenar mi vacía vida, pero francamente no creía que mis pantalones de pinza desgastados por las continuas lavadas y mi blusa victoriana de hacía siete temporadas encajara con el perfil que quería otorgar. Quizás en el 2000, pero no ahora. ¿Cuánto haría que no iba de compras? Tenía que admitir que era algo dejada. Era una treinta y dos añera dejada. Aunque, ¿qué habría llegado a los oídos de mi jefe que tanto lo había convencido? ¿Qué, cómo y por qué? La eficacia y mi persistencia podría decirse. ¿De verdad, Hera? Había tomado la decisión de ascenderme… E iba a aprovecharlo.

 

 

Enero que te vas, y menos mal.

El mes de enero ya está terminando, y cómo cuesta que se vaya el jodido. Además de la inagotable cuesta de enero que nos hace estar más pelao´s que el pavo de Navidad, ¡HABÍAN REBAJAS!Y cediendo una vez más a vuestras peticiones, os enseño cómo se me ha ido la mano comprando una vez más. En febrero a llorar, y no solo porque tenga exámenes…

Como siempre espero que os guste y ya sabéis lo que tenéis que hacer: suscribiros ¡y pulgares arriba!


Gracias una vez más por compartir vuestro preciado tiempo conmigo.

One Kiss, 

Lauren.