La familia de Talla Treinta y Ocho aumenta y tú puedes ser el siguiente

‘Nunca digas que yo te he dicho esto, porque lo negaré; pero la industria editorial española tiene un problema: que el talento no importa si eres un Don Nadie. Una cosa es escribir un libro, y otra muy distinta es venderlos. En España solo publican los famosos (que, realmente, nunca o casi nunca escriben sus propios libros) y los ricos. Es triste, pero es así’.

Tengo un amigo editor dentro de una de las editoriales más importantes de España, y aunque no pueda decir su nombre, una vez me dijo esto. No sé si os lo he contado alguna vez, pero yo he escrito un libro, ‘Silencio’, tras la publicación de algunos de mis relatos con Rotary. La confianza da asco, así que me aproveché y le pedí a mi amigo que leyera mi novela y me diera su opinión. Las opiniones son como los colores y como suele decir, Miguel del Arco, como los culos: cada uno tiene una; pero bueno, él es editor y seguro que tiene más criterio que yo. ¿Sabéis que me dijo? Que era buena, aunque seguidamente, me soltó la parrafada que acabáis de leer, y se me quedó grabada; porque años más tarde y tras haber trabajado y colaborado en varios medios, me di cuenta de que tenía razón. ‘Tienes que saber esperar lo suficiente’. Me quiere tanto que cree que algún día, y solo quizás, puede que llegue a ser alguien. Entonces, mi libro verá los escaparates de las librerías. Por Madonna, aunque no me conozcáis, rezad por mí.

El caso es que tras deliberar detenidamente las palabras de mi amigo y tras ser testigo del talento de muchos de mis amigos para la escritura, me he dado cuenta de que es injusto. Así que he tomado una decisión. Ya que mi blog, afortunadamente, cuenta con una franja que abarca desde las 3 000 a las 9 000 visitas por post, una cifra aceptable, que siga así la cosa y en aumento, he decidido que cada viernes voy a ceder mi espacio a los talentos.

Eso es, estás leyendo bien. Puedes mandarme tus escritos, sea de lo que sea, el tema es completamente libre, y mi equipo y yo, cribaremos, escogeremos y publicaremos uno (en principio) cada viernes.

¿Qué es lo que tienes qué hacer exactamente? Mandar un correo a tallatreintayocho@icloud.com con tu nombre en el asunto (o seudónimo, aquí es como prefieras) y te mandaremos uno de vuelta si quedas seleccionada, seleccionado o seleccionade.

Tema y extensión completamente libre: narrativa, poesía, microrrelato… Aquí no existe la censura. Eso sí, por favor, la letra en Time New Roman, tamaño 12. Soy maniática, qué le vamos a hacer.

El primero se publicará este viernes. Un poco precipitado, lo sé. Pero rescata alguno de tus tesoros. Que en España, digan lo que digan, hay mucho talento.

Espero que os haga la misma ilusión que a mí este nuevo proyecto y que participéis, por supuesto.

Ahora me despido y os dejo escribir,

Sed felices,

Lauren Izquierdo.

Segundo capítulo de mi libro: Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys! Hoy estoy extremadamente feliz porque es el primer día que voy a estar en la zona  prensa de un desfile, así que mañana espero tener una crónica barra crítica que os enamore y enganche tanto como espero que me enganche a mí. La ESNE ha tenido el precioso detalle de tenerme en cuenta para su lista de invitados especial, así que tendré una acreditación con mi nombre y todo. ¡Es tan guay!

Al estar tan feliz he decidido haceros un regalo y os he publicado el segundo capítulo de mi libro, ya que he podido observar que el primero tuvo muy buenos resultados. Si no recuerdas el primero no te preocupes Capítulo uno de mi nuevo libro, Silencio. con que pinches en lo azul será suficiente, te llevará a la entrada donde lo publiqué. Una vez más solo espero que os encante y nada. Nos vemos esta tarde en mi Instagram y mañana con otro post en mi blog “Talla treinta y Ocho”.

L.I.

CAPÍTULO II.

Manuel, Marco, Carlos, Mikel y Martín.

Eran tantas las cosas que me resultaban inverosímiles en esta historia. No sabía por qué me habían contratado. ¿Por qué ahora quería que formara parte de su séquito? No sabía nada de ese hombre, solo que quería que fuera su secretaria porque Julia Jones iba a ser madre. Qué bonito. Ojalá yo tuviera a alguien con quien poder volver a intentarlo. Siempre quise ser madre, pero al igual que mis centenares de proyectos de obsesiva adolescente, no había cumplimentado ninguno. Decidí investigar a Maximum Smith, tratar de averiguar algo que todavía no supiera. Mañana debería darle una respuesta. Era el segundo millonario más rico del mundo y lideraba la herencia del proyecto ambicioso de su padre Maximum Jefferson Smith. Tenía tres hijos, trillizos; Amber era una promesa en el mundo del diseño, Carlos era escritor y estaba licenciado en empresariales y James era jugador de rugby, que si no recuerdo mal, salió un tiempo con Kate, una amiga mía de la facultad. Kate solo sale con ricos. No sé qué me sorprende más, si el hecho de lo superficial que puede llegar a ser o que cada dos semanas tenga un novio nuevo. No mantengo relación con ella. Todo se acabó entre nosotras después de nuestro viaje a las Vegas, pero las redes sociales dan mucho de sí, y aunque no la sigo en Instagram, sí que me sé su cuenta de memoria y muchas veces le cotilleo. La tía está forrada, está estupenda y encima polioperada. Algunas se lo montan bien.

El reloj anunció su llegada a media noche. No sabía qué decisión tomaría. A veces deseaba que todavía estuviese aquí. Echaba de menos tener a alguien con quien hablar. Mañana sería otro día.

 

No sé ni cómo terminé rellenando aquel extenso e inacabable contrato, pero me sentía como si estuviese vendiéndole mi alma al diablo. Posiblemente así fuera. Julia me miraba lastimosa, como si la hubiese traicionado, aunque si no hubiera aceptado, el despido de ella seguiría en pie y otro más listo que yo tendría mi puesto.

Era la nueva secretaria del jefe de la cadena de compraventa de empresas más importante de todo Nueva York, NY Publish. Un magnate en toda regla. Un idiota en toda regla; un hombre que además tenía millones de acciones distribuidas por toda el planeta que lo hacía más multimillonario de lo que ya era. Sonaba intimidante, pero quizás ahora pudiera renovar mi coche, mi pobre Jake necesitaba morir de una vez.

No puedo negar lo que me dolieron muchas de las palabras que expulsó aquel misógino de tomo y lomo. Ni siquiera sabía cómo demonios conocía la noticia de mi quinto fracaso matrimonial. Sí, la irónica historia de Hera, la supuesta diosa del matrimonio. Deberían hacer un reality show sobre mí. Al fin y al cabo lo único que me diferencia de las Kardashian es mi lamentable y actual aspecto, y si no recuerdo mal, ellas están operadas. Tengo una maldición, soy una fracasada en el amor, y no lo digo precisamente de manera figurativa. Mi vida ha ido pegando altibajos excéntricos. Mi madre no fue lo suficientemente fuerte como para cargar con todo ella sola, y no puedo culparla por ello, es más, muchas veces pienso que la culpa fue mía.

Mi adolescencia fue algo… ¿alocada? Sí, utilicemos ese adjetivo. Quizás hubiera necesitado un internado, la cárcel, o un padre.  Me casé con dieciocho años con Manuel, el batería buenorro de la banda de mi primo. Se conocieron en Erasmus. Era español y me enamoró que odiara los toros. Nunca entenderé la cultura de aquel país. Sé que cada uno tiene sus costumbres y que NY no es perfecto, pero vamos, ¿matar a un animal inocente para la diversión de otros? Adoro y adoraré España, a sus gentes, su gastronomía, su folclore, sus playas, pero aunque no sea antitaurina, lo cierto es que no es fruto de mi devoción. Aquello duró apenas seis meses. Lo descubrí con una hippie en mi cama, y además no me hacía gracia que usara mis bragas como turbante en sus conciertos.  Creía que lo nuestro duraría toda la vida, qué estúpida, y qué adolescente.

Volví a estudiar, necesitaba encarrilar mi vida, y en el segundo año de carrera conocí a Marco, un estudiante italiano que me prometió la luna. ¡Malditos italianos y maldita su labia! Era muy religioso, por lo que no copulamos hasta el matrimonio. Al principio me pareció extraño, pero poco a poco me autoconvencí de que si estaba inculcado en la fe cristiana, era algo medianamente normal. ¿Normal? Ahora no me lo parece en absoluto, y más en los tiempos en los que estamos. Cuando llevábamos un año saliendo me pidió matrimonio. ¿Matrimonio precipitado y fe cristina que impedía el coito? Me sentí confusa. ¡Ni siquiera me había presentado a sus padres!, pero como una boba alocada y una amante deseosa, acepté. La boda fue genial, pero a la semana me enteré por Margarita, mi suegra, una encantadora mujer con la que todavía mantengo contacto, que él había exilado de un convento la misma noche en la que nos conocimos. Desde que me enteré de aquello, mi matrimonio fue decayendo,  no confiaba en él, y a Marco le molestaba todo de mí, sobre todo que fuera atea. Pasados seis meses, me dijo que se volvía al convento. Pensaba que estaría mejor allí. La única a la que siempre le entregaría su amor fiel sería a la virgen, pese a que él ya no lo fuera. En un año incluso obtuvimos la nulidad matrimonial.

Tras dos matrimonios y terminar la carrera de publicidad, me largué con mis dos mejores amigas, Inés y Kate, a las Vegas. Necesitaba aclararme las ideas. Casino, juerga, y nada de matrimonios. Pasamos unos días alucinantes. Fue el mejor regalo de fin de carrera que nos pudimos hacer. Claro que volví con anillo. ¡En serio! Debería estar prohibido que Elvis case a gente estando ebria y sin testigos. Se llamaba Carlos. Era español, otro, y estudiante de medicina, un buen chico. Los dos decidimos que lo más sensato era desprenderse de ese matrimonio, que asombrosamente tenía validez. Ni siquiera sé si puedo contarlo como marido, pero era un gran chico. Me hacía reír todo el tiempo, se lo tomó a broma y tranquilizó a mi madre. Todavía recuerdo el momento en el que se lo dijimos:

 – Madre mía, Hera. Es que no piensas en las consecuencias. Tienes que dejar de vivir aventuras y empezar a sentar cabeza.

– Sra. Harrison, ambos estamos muy arrepentidos y no sabemos cómo ha podido suceder tal cosa.

– A mí no me sorprende. Cómo se nota que no conoces a mi hija.

– No, es cierto, no la conozco, pero por lo que he hablado con ella, no me cabe la menor duda de que es una mujer maravillosa.

 

Y puede que hubiéramos congeniado, pero ninguno quisimos correr riegos, y menos con un anillo de por medio. Podríamos haber seguido conociéndonos después de aquello, es más, me invitó a un par de cafés después de los trámites, pero yo lo rechacé. ¡Adiós al tercero de la lista! Y eso que dicen que a la tercera va la vencida.

Nunca me gusta citar a mi cuarto matrimonio. Fue el más deprimente de los cinco. Se llamaba Mikel, ruso. Me dejó porque se volvió gay. Ahora está casado con una amiga mía, Evelyn, pero a estas alturas de mi vida… Eso ya me da igual. No le guardo rencor, pero no le mando postales de Navidad como a los demás. No se las merece, no me gustan los mentirosos.

Tras siete años de consternación divina contra mí, conocí a Martín, un chico catalán que viajaba a Nueva York por asuntos de trabajo. Era arquitecto y se convirtió en el hombre de mi vida, pese a que suene cursi. Odio que todavía suene cursi. Lo que más me gustaba de él eran sus ojos color aceituna. Era guapísimo aunque él lo negara continuamente. La modestia era uno de sus fuertes y me hizo olvidar a aquellos cuatro patanes. No me juzgó por haber estado casada cuatro veces con tan corta edad. Simplemente sonrió e hizo un comentario gracioso. “No serás una viuda negra, ¿verdad?” Qué ocurrente. Cuando dices que llevas cuatro divorcios a tus espaldas a tus veintitrés años, te miran raro, y con motivo. Sin duda lo que me enamoró infinitamente de él fue su perseverancia, además de sus múltiples virtudes. Me mudé a España tras seis meses de relación. Lo nuestro iba en serio, aparentemente, y me alegré de poder afirmar que al fin caminaba en la senda correcta… Ninguno nos queríamos hacer ilusiones, pero sabíamos que el tiempo pasaba y seguíamos juntos, y eso importaba, ya lo creo que importaba. Una de las cosas que más le gustaba era que cantara en la ducha después de hacer el amor. Encontré trabajo en una revista de moda, que al principio odiaba, digamos la verdad. Era publicista, no una finolis de talla treinta y seis que se quejaba de que sus Manolos le hacían daño. La gente nos sonreía por la calle. Definitivamente él me hizo sentir como nunca antes nadie me había hecho sentir y era bonito poder decir aquello. Después de tres años me pidió matrimonio en una bonita casa rural en un verano muy lluvioso. Nuestra boda fue grandiosa. No quisimos quedarnos cortos en nada. Mi madre no paraba de llorar al ver que al fin había logrado ser feliz y me aseguró cientos de veces que no había visto una novia más bonita que yo… Me hubiera encantado que mi padre se hubiera presentado, me hubiera visto casada, de blanco y feliz al fin, aunque no le importara. Desgraciadamente todo termina. Mi madre enfermó en estado grave debido a un cáncer craneoencefálico. Enseguida quise estar a su lado y Martín lo entendió. Él abandonó su puesto de trabajo, tal y como yo hice en su momento, aunque lo hiciéramos por amores distintos. No tardó en encontrar otro trabajo que suplantara al antiguo. Tenía talento. Era absurdo negarlo. Era absurdo no contratarlo. Yo llené mi tiempo entrando en esta empresa individualista, NY Publish. Pronto mi madre murió. Era inevitable. Ese cáncer no tenía cura. Martín me apoyó durante todo el proceso, y yo se lo agradecí, pero no fue suficiente. Comencé a abandonarme, a llegar tarde a casa, a no aceptar sus caricias… Terminé por alejarlo de mí cuando lo que necesitaba era justo lo contario. No pude aceptar que otro ser querido me abandonara. Demasiado injusto. Demasiado duro.

Quizás este toque envidioso de ambición fuera justo lo que necesitaba para llenar mi vacía vida, pero francamente no creía que mis pantalones de pinza desgastados por las continuas lavadas y mi blusa victoriana de hacía siete temporadas encajara con el perfil que quería otorgar. Quizás en el 2000, pero no ahora. ¿Cuánto haría que no iba de compras? Tenía que admitir que era algo dejada. Era una treinta y dos añera dejada. Aunque, ¿qué habría llegado a los oídos de mi jefe que tanto lo había convencido? ¿Qué, cómo y por qué? La eficacia y mi persistencia podría decirse. ¿De verdad, Hera? Había tomado la decisión de ascenderme… E iba a aprovecharlo.

 

 

Capítulo uno de mi nuevo libro, Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys!

Ayer terminé de editar mi libro y me pedisteis que subiera el primer capítulo. El primer capítulo de un libro es importante, nos permite saber qué pinta tendrá un libro, saber si nos va a enganchar o no… Vuestros deseos son órdenes. Aquí lo tenéis. Solo os pido que me dejéis en los comentario vuestra más sincera y respetuosa opinión. Sabéis que soy lo que hoy día soy gracias a vosotros, así que vuestra opinión me importa. Gracias por seguir conmigo, por vuestro tiempo y por ser tan geniales como sois. Espero que os guste y decidme qué opináis. ¡Os quiero!

L.I.

CAPÍTULO I.

¿Qué se supone que debo hacer?

 

El sol radiaba brillante en toda la ciudad, pese a que fuera extraño en bien entrado el mes de diciembre. De nuevo me encontraba en Nueva York, una ciudad estrepitosa y abrumadora. Nunca me marché en realidad. Ni siquiera recordaba el motivo por el cual no había cogido un destino al azar en un mapa de carretera y me había ido con una mano delante y otra detrás, como si nunca hubiera vivido aquí, como si nunca hubiese existido. No tener identidad en este momento sería perfecto; no ser conocida por nadie, que mis conocidos no supieran por lo que había pasado y por lo que todavía estoy pasando, mis problemas hace tiempo que no dejan de existir; pero supongo que no basta con desaparecer y cambiar de nombre. El pasado siempre me arrastraría a la misma fosa una y otra vez, al mismo nicho cada noche, ahogándome en el mismo silencio abrupto de siempre; pero a veces, simplemente a veces es más fácil pensar que tus problemas desaparecerán si tú eres la que desaparece.

 

¿Y por qué no encuentro el valor para hacerlo? ¿Por qué sigo permaneciendo en esta ciudad que tanto daño me ha causado? Quizás empezar de nuevo en otro lugar sería justo lo que necesitaba. No tenía el valor para hacerlo, lo peor es que sabía que nunca lo tendría. Quizás era una cobarde. Quizás tenía miedo. Sí. Puede que fuera eso.

 

Un rayo de sol me deslumbró al volver a cruzar el umbral del portal de mi edificio, como cada mañana; una rutina. La gente parecía gritar por las calles cuando en realidad ni siquiera murmuraban, caminaban en silencio, gritando en sus pensamientos. Volvía a sentirme vacía, pese a que quizás debería sentirme plena.

 

¿A quién se le ocurriría la idea de los taxis? ¿Quién dijo que los taxis serían la solución de una ciudad inmensa? Seguro que no lo pensó dos veces. Ese tipo de locuras tan descabelladas que simplemente funcionan: coches dirigidos por desconocidos, en los que confías tu vida para que te lleven al destino que deseas a cambio de dinero. Una locura en toda regla. Una locura que realmente funciona.

Nunca entendí muy bien la tremenda prisa que aparenta tener todo el mundo. Lo cierto es que me divierte imaginar hacia dónde se dirigen todos ellos: señores con traje que se cruzan con mendigos por las calles, se miran a los ojos y se esquivan.  Y lo cierto es que ambos están cortados por un mismo patrón. Ambos serían idénticos ante los ojos de ese Dios que dicen que existe, aunque uno de ellos haya sido bendecido por un golpe repentino de suerte. Suerte, quién la tuviese. La desigualdad en esta ciudad sigue siendo mortífera por mucho que pasen los años. Pierdo la noción del tiempo con la misma facilidad que las nubes pierden sus gotas cuando están cargadas. Mi lugar de oficio se sitúa delante de mis ojos y desearía no haber llegado.

El frío aquella mañana era colosal, aunque el sol iluminara las calles. No conseguía entrar en calor ni subiendo los escalones y escuchando la musiquilla del ascensor del edificio de enfrente. No podía entender cómo formábamos parte de la misma empresa, ni siquiera el porqué de la tremenda frialdad de sus ojos, su semblante neutro… Era increíble. Te miraban por encima del hombro como si fuesen superiores, y aunque no lo fueran, te lo hacían creer. Te admiraban como queriéndote dejar claro lo perfectas que eran sus vidas. Te hacían creer que despedir a cuatrocientos empleados era bueno para la empresa, que no tendría nefastas consecuencias para sus familias, aseguraban que encontrarían trabajo pronto sin temblarles la voz un ápice. Y una mierda. Francamente, no sabía cómo conseguían conciliar el sueño por las noches. Los detestaba casi tanto como a los lunes.

El ensordecedor ruido de mi oficina se hizo presente en forma de cliché. La gente no se miraba a la cara. Los modales quedaron atrás. Todos firmamos un contrato donde el individualismo encabezaba como principal titular. Atrás quedó la solidaridad de trabajar en equipo. La ambición y la preocupación de no ser despedido y de llegar a casa con las monedas contadas era la única preocupación que nos arrancaba el sueño por las noches. El ser productivo no importaba. Solo lo hacía el éxito.

Mi madre y yo soñamos mucho tiempo con la ilusión y esperanza de la que todo el mundo habla: “ir sonriendo a trabajar”, “amar lo que haces”, llegar a casa con un sentimiento abismal de plenitud… Sin embargo, ese sentimiento no paseaba por estos pasillos ni en forma de visita. Aquí se cobraba y cuando llegabas a casa, tenías el dinero justo para pagar y para comprar comida escasamente durante el mes. Ni más ni menos. Nada de vacaciones. Nada de caprichos, y el dueño era el segundo hombre más rico del mundo, Maximum Smith.

 

-Hera, el jefe quiere verte en su despacho en dos minutos- me anunció un compañero.

-¿Sergio?- alcé las cejas extrañada. ¿Qué habría hecho?

-No, no. Sergio no- ¿cómo que Sergio no?- Maximum Smith.

-¿Maximum Smith?- me entraron ganas de vomitar. Él asintió.- Está bien, Jack, muchas gracias- me levanté.

-Hera- yo me giré hacia él-, mucha mierda.

 

Maximum Smith no era un jefe cualquiera, como ya he dicho. Maximum Smith era el dueño de la empresa, el fundador, un fantasma, un viejo mito. Solo los de la planta sesenta y seis tenían la desgracia de poder trabajar con él. Ni siquiera lo había conocido y llevaba trabajando tres años en la empresa, y de hecho nunca me importó. Rumores llegaban a la planta doce. Era un misógino. Dicen que nunca debes fiarte de los rumores, pero no sé por qué tenía la sensación de que aquello era cierto. Supongo que el hecho de que el jefe de los jefes, encima misógino, tuviese un motivo para querer verte no podría conllevar nada bueno. Es más, tenía la certeza de que nada que tuviera que ver con aquel hombre podía conducir a nada bueno.

Hera Harrison. A mis genuinos padres se les ocurrió la brillante idea de llamarme Hera, puesto que yo supuse el símbolo de la fortaleza de su matrimonio, o eso decían. Al fin y al cabo, ¿realmente se puede medir el peso y la importancia de unas simples palabras, algo tan abstracto, algo tan fácil de fallar…? Mi madre era griega, mi padre neoyorkino y se conocieron en Atenas cuando mi madre se dirigía a su nuevo trabajo y mi padre trataba de encontrarse a sí mismo. Eran jóvenes e ilusos. Oh, amada adolescencia, qué mala consejera eres. Se convirtieron en poco tiempo en la pareja empalagosa que nadie quiere tener cerca más de ocho segundos. Dos odiosas personas que se daban de comer el uno al otro, dormían abrazados y se daban besos en la nariz. Esas personas a las que sus amigos solían gritar “iros a un hotel”, “qué asco dais”, “casaros”, o “tengo la sensación de que durareis toda la vida”. Cuando nací, las tornas cambiaron. La fortaleza de su matrimonio se vio quebrantada año y medio más tarde por el miedo a la responsabilidad y a dos largas piernas bronceadas. Traté de buscar a mi padre, pero a día de hoy, y aunque suene triste, sigue sin querer que lo encuentre. Hera, diosa del matrimonio, qué irónico me suena.

Volvamos a mi trepidante realidad. Por Dios, qué ascensor tan lento. Qué larga e insufrible es la espera. Debería haber utilizado las escaleras, pero todo llega, y como un conejo en pleno bosque, me encontraba delante de la puerta del despacho, la puerta a la que todos temen. Como diría mi abuela si todavía viviese, me encontraba en plena boca del lobo.

Toqué dos veces antes de entrar, dos golpes suaves, quizás demasiado; y al hacerlo un escalofrío rondó cada centímetro de mi cuerpo. Qué sombrío y tenebroso era. Y realmente no sabría decir en claro si me refería al despacho o a él.

 

-Debo suponer que usted sea la Srta. Hera Harrison- su tono era brusco, con una pizca de ironía.

-Así es- me limité a responder.

-Vino hace dos años de España… Bueno, en su ficha pone que su madre era griega…- dejó caer con suspicacia.- ¿Por qué Harrison?

-Mi padre era neoyorquino- ¿por qué quería saber eso este hombre y qué tenía eso que ver con que estuviera aquí?

-Interesante- anunció.- Se preguntará por qué pisa usted mi suelo, Srta. Harrison- se recostó en su sillón.- Nunca imaginaría que alguien de la planta doce ascendiera a la sesenta y seis cruzando de edificio. ¿Qué le parece?- abrió sus brazos ocupando el espacio.- Aquí las cosas son un pelín diferente, ¿verdad?

-Un tanto- contesté- pero creo que el resto de sus empleados de la planta sesenta y seis tienen más curiosidad que yo de saber por qué estoy aquí.

-Estos jóvenes- se levantó-, siempre tan ansiosos- miró por su ventana.- Tengo entendido que usted ya no consta de responsabilidades.

– ¿A qué se refiere?

-Su madre, su marido, su…

-No hace falta siga- lo interrumpí.- No sé hacia dónde se dirige esta conversación, pero con todos mis respetos, Sr Smith, no creo que sea de su incumbencia- espeté.

-Ya van cinco…- ¿lleva la cuenta?

-Me reitero, no creo que eso sea algo de lo que deba otorgar explicaciones a nadie- ¿esta conversación hacia dónde se dirigía?

-Verá…- dejó caer. Lo bueno comenzaba.- La inepta de mi secretaria ha pedido la estúpida baja de maternidad- ¿estúpida?- y necesito a alguien que ocupe su lugar.

-¿Y ha pensado en mí?- me atreví a preguntar después de todo.

-En realidad no sé ni por qué permití que la contratasen- fue franco.

Sinceramente no supe dónde meterme. ¿Me despediría después de todo?

-Está claro que usted no tiene la presencia que ha de tener la persona acompañante de una figura representativa como yo, puesto que no sabrá diferenciar entre cashmere y cachemir…

-Acaba de decir lo mismo- espeté.- Por mucho que cambie de idioma, la palabra seguirá significando lo mismo.- Aquel hombre me fulminó con la mirada.

-Oh, sí- y ahí lucía su más esplendorosa ironía.- Olvidaba que trabajó en una revista de moda. Dígame, ¿se quedó estancada en los 2000?

-Sr Maximum Smith, ¿qué quiere de mí?- me sentía exhausta de todo aquello. Solo quería irme a casa.

-Entre toda su plantilla, creo que es lo mejor.

-Supongo que debería sentirme halagada.

-No te pases de lista, Harrison. Aquí quien domina la ironía soy yo- suspiró irritado.- Señorita Harrison, le estoy ofreciendo la vacante. ¿Usted cree que yo habría querido perder mi tiempo con alguien de la plantilla doce de no ser posible la okupa del puesto vacante?- dicho así… Sonaba lógico.

-Mis disculpas- a este idiota no hay quién lo aguante-, mas me desacuerda que usted quiera que ascienda de posición cuando la señorita Jones volverá en dos meses. Entonces, dígame, ¿qué pasará conmigo?

-¿Que la señorita Jones volverá? ¿Me cree imbécil, Harrison?- la vena de su cuello se hinchó. Tan solo quería desaparecer- ¿Quién ha dicho que la señorita Jones volverá? ¿Osa decidir por mí?

-Yo… Creía…

-Oh, por Dios, no tartamudee- me pidió y acto seguido suspiró.- Ese es el problema, que piensa sin ser dueña de sus actos- se levantó de su silla de cuero negro de nuevo. Ahora sí creía que me despediría.- Mire, Srta. Harrison, no tengo todo el día. La creo idónea para el puesto porque es una mujer tétrica- alcé las cejas sin querer. Si eso era un piropo que bajara Dios y lo viese-, sin responsabilidades y eficiente; es la única por la que hoy día apuesto. Se toma su trabajo en serio y eso me turba a la vez que me gusta. Le acabo de dar la posibilidad de ascender en la pirámide. Muchos querrían estar donde está usted. Si quiere ser alguien y tiene ambición me dirá que sí. Es su elección. Ahora sí, fuera de mi despacho. Sus horribles zapatos naranjas están espantando a mi ficus.

Por ti, Barcelona.

Sé que no suelo escribir a estas horas, que quizás no tengo el derecho ni la voz para decir lo que voy a decir. Sé quizás no soy nadie, pero han muerto más de diez personas. Barcelona, hoy todos estamos contigo.

Mi cuerpo hoy no es el mismo de siempre, mi mente todavía está asimilando lo que ha ocurrido, y mi entusiasmo no es el mismo de otros días. En realidad me siento desolada. Desolada, abatida, conmocionada e impotente. Para las personas que me leéis desde países extranjeros, me encuentro así porque entre ayer y hoy, España se ha vestido de luto, se ha vestido de solidaridad, a causa del atentado ocurrido en Barcelona. Barcelona. Otro ciudad más.

Estaban tardando mucho en llegar, me dicen algunos. Esos desalmados, esos hijos de puta que no tienen ni idea de qué hacen ni de por qué lo hacen. Esos imbéciles que llaman religión al derecho equívoco de arrebatar la vida a otro ser humano. ¿Eso es religión? Más bien a mí me parece cinismo.

España se viste de luto para hacer memoria a las personas que han muerto a causa de que un gilipollas quiso barrerlos con un coche como si estuviese jugando al Mario Bros. España está triste. España guarda silencio. España no quiere tener miedo, pero por mucho que se diga, todo el mundo sufre la impotencia de no saber si podrá terminar sus proyectos, sus sueños, su vida, de no saber si su vida va a terminar en pocos segundos.

No tenemos suficiente con tener que sufrir las muertes de personas que se mueren de cáncer, de alguna enfermedad, sino que ahora tenemos que combatir con la impotencia de no poder hacer nada cuando a algún gilipollas decide estallar y se lleva por delante a todo el que pilla. No sé si os habéis dado cuenta de que cada vez son menos los que se mueren por vejez. Y es triste, es muy triste.

Es triste ver cómo alguien se está desangrando, y que otro los vea, y en vez de intentar hacer algo por ayudarlo, intentar aprovechar esos segundos cruciales que separan la vida de la muerte, muchos se dediquen a grabar aquella depravación con el fin de conseguir algún que otro like en Instagram.

Muchos critican por redes el hecho de que no saben de dónde sale esta repentina empatía que muchos, entre ellos yo, nos surge cuando no tenemos ningún vínculo directo con la ciudad, pero no es por Barcelona.

No, es por Barcelona, es por Niza, es por París, es por Londres, es por Manchester,… Es por todo. Es por las lágrimas que derraman los familiares de los afectados, es por cómo nos unimos cuando una desgracia, una calamidad, una atrocidad de este tipo surge entre nosotros. Es por cómo se me eriza el vello cuando escucho a un presidente al que no tengo aprecio decir convencido, conmocionado y con lágrimas en los ojos: “Hemos vencido muchas batallas al terrorismo a lo largo de la Historia. Esta también la ganaremos”, y lo creo, me hace tener fe en la humanidad, en una suerte que no creo que exista; en cómo se aúnan  y solidarizan las personas cuando las víctimas necesitan sangre, es por cómo personas de la misma religión, otros musulmanes lloran y piden perdón por algo que no han hecho porque se sienten culpables, y es por cómo lloran y trasmiten el dolor, el abatimiento y el daño que sufren personas que no han hecho nada y que no merecían morir todavía. Es por cómo nos hemos comportado.

¿Dónde vamos a ir a parar? ¿Dónde acabará esto? ¿Cómo terminaremos? ¿Por qué tenemos que sentir miedo? ¿Por qué tenemos que concienciarnos en que las cosas pueden ser diferentes a partir de ahora? ¿Por qué hemos tenido que guardar silencio?

Fuerza, valor, clemencia… Pero no tengamos miedo. Miedo no. No dejemos que ganen. Stop al terrorismo. Esta batalla la ganaremos. Estoy totalmente segura.

L.I