Si tuviera algo que decir…

El día ha llegado. Nochevieja otra vez. La verdad es que todavía no sé si adoro o detesto este día. Es difícil de saber, pero de lo que estoy cien por cien segura es de que odio las despedidas. Todas y en cada una de sus distintas versiones. Odio decir adiós, odio que la gente se vaya, y odio tener que marcharme. Así que, pensándolo mejor, puede que odie este día.

Pero ha llegado, y aunque nadie le ha pedido que viniera, conforme venga se irá. 2018 se convertirá en un recuerdo borroso que apenas recordaremos en unos años y 2019 entrará en nuestras vidas. Y ninguno de nosotros hemos podido decidir, opinar, ni siquiera comentar. La dictadura del tiempo, qué puñetera es. Adiós 12 meses, 52 semanas, 365 días, 8.760 horas, 525.600 minutos y 31.536.000 segundos.

Y ahora que estoy a unas horas de decir adiós a un año al que le he cogido cariño, me pregunto por qué no habré sido capaz de ser más constante, estudiar idiomas, hacer más deporte, comer de forma más saludable o ahorrar más. Y lo que es peor, ¿por qué no he abrazado más a mi madre, llamado a mi abuela o apreciado más el insuficiente tiempo que he pasado con mi familia y amigos? Con la dictadura del tiempo a la que estamos sometidos, que de esta no se escapa nadie, ¿por qué no hemos aprovechado mejor el tiempo?

Cáncer, Alzheimer, sobredosis, violaciones, asesinatos, disparos, demencia, terrorismo… 2018 también ha tenido cabida para una cantidad de locura y de desgracias innecesarias. Parece ser que las vidas han perdido su valor, parece ser que una vida ya no vale nada. Y lo cierto es que no somos nadie. Nadie es imprescindible. Y el tiempo transcurre, y el tiempo corre, y el tiempo se acaba. La vida se acaba… Esos segundos que se desperdician ya no volverán, porque el tiempo que se marcha sin tiempo para las despedidas, jamás regresa.

La vida se acaba… Esos segundos que se desperdician ya no volverán, porque el tiempo que se marcha sin tiempo para las despedidas, jamás regresa

Tengo la sensación de que, a medida que nos hacemos más mayores, la vida pasa más deprisa. Y que el tiempo transcienda con mayor velocidad también se materializa en huecos vacíos en las mesas, menos historias que contar y una hipocresía barata disfrazada de espumillón, con mucho brilli brilli y con un olor a champán del malo. Y esto ocurre porque muchos de nosotros no sabemos qué celebrar, porque muchos de nosotros creemos que no tenemos nada que celebrar. Y lo que no sabemos es que el simple hecho de estar vivos ya es un motivo de celebración.

Actualmente, vivimos sometidos a una adición que no sale de las pantallas. Todos sentimos una imperiosa necesidad por vivir las 24h del día conectados. Comienzan las guerras civiles de hastags, las complejas campañas por conseguir el mayor número de likes posible, y tratamos y nos esforzamos en mostrar una vida que, en realidad, no tenemos. Y esto, con el tiempo, provoca ansiedad, nos hace sentir vacíos, sufrir depresión, e incluso ganas reales de querer suicidarte. Así que, ojito con el postureo desmedido. Porque, queridos amigos, el postureo no sale de Instagram. Y aunque muchos no lo queramos reconocer, todos lo sabemos.

Vivimos sometidos a una adición que no sale de las pantallas. Todos sentimos una imperiosa necesidad por vivir las 24h del día conectados. Comienzan las guerras civiles de hastags, las complejas campañas por conseguir el mayor número de likes posible, y tratamos y nos esforzamos en mostrar una vida que, en realidad, no tenemos

No suelo pedir muchas cosas, ni tampoco soy de esas que ansía la paz mundial, porque para eso habría que cambiar la mentalidad humana, y si ni siquiera podemos salir a correr solas sin que nos violen y nos maten, mucho menos podremos cambiar la mentalidad de todos los que somos, no soy una ilusa. Sin embargo, cuando termine de redactar la lista de propósitos que sé que no cumpliré, incluiré cosas como desconectar el móvil, llamar a mamá o mandarle un ramo de flores a mi abuela por su cumpleaños. ¿Qué locura verdad?

Al fin y al cabo, solo pido que no escasee lo que ya parece ser una emoción en peligro de extinción, solo pido que no falte la empatía, porque es lo único que nos hace humanos y lo único que ha impedido que el mundo pete. Una cuando se independiza, se da cuenta de que la cara pixelada al otro lado de la pantalla no es suficiente. Qué le voy a hacer, siempre he sido una inconformista.

Dicho esto, feliz año 2019. Que sea un año cargado de empatía, logros y propósitos cumplidos. Id a por todas. Y sobre todo, quered y dejad que os quieran. No hay nada más que valga realmente la pena.

Lauren Izquierdo

Segundo capítulo de mi libro: Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys! Hoy estoy extremadamente feliz porque es el primer día que voy a estar en la zona  prensa de un desfile, así que mañana espero tener una crónica barra crítica que os enamore y enganche tanto como espero que me enganche a mí. La ESNE ha tenido el precioso detalle de tenerme en cuenta para su lista de invitados especial, así que tendré una acreditación con mi nombre y todo. ¡Es tan guay!

Al estar tan feliz he decidido haceros un regalo y os he publicado el segundo capítulo de mi libro, ya que he podido observar que el primero tuvo muy buenos resultados. Si no recuerdas el primero no te preocupes Capítulo uno de mi nuevo libro, Silencio. con que pinches en lo azul será suficiente, te llevará a la entrada donde lo publiqué. Una vez más solo espero que os encante y nada. Nos vemos esta tarde en mi Instagram y mañana con otro post en mi blog “Talla treinta y Ocho”.

L.I.

CAPÍTULO II.

Manuel, Marco, Carlos, Mikel y Martín.

Eran tantas las cosas que me resultaban inverosímiles en esta historia. No sabía por qué me habían contratado. ¿Por qué ahora quería que formara parte de su séquito? No sabía nada de ese hombre, solo que quería que fuera su secretaria porque Julia Jones iba a ser madre. Qué bonito. Ojalá yo tuviera a alguien con quien poder volver a intentarlo. Siempre quise ser madre, pero al igual que mis centenares de proyectos de obsesiva adolescente, no había cumplimentado ninguno. Decidí investigar a Maximum Smith, tratar de averiguar algo que todavía no supiera. Mañana debería darle una respuesta. Era el segundo millonario más rico del mundo y lideraba la herencia del proyecto ambicioso de su padre Maximum Jefferson Smith. Tenía tres hijos, trillizos; Amber era una promesa en el mundo del diseño, Carlos era escritor y estaba licenciado en empresariales y James era jugador de rugby, que si no recuerdo mal, salió un tiempo con Kate, una amiga mía de la facultad. Kate solo sale con ricos. No sé qué me sorprende más, si el hecho de lo superficial que puede llegar a ser o que cada dos semanas tenga un novio nuevo. No mantengo relación con ella. Todo se acabó entre nosotras después de nuestro viaje a las Vegas, pero las redes sociales dan mucho de sí, y aunque no la sigo en Instagram, sí que me sé su cuenta de memoria y muchas veces le cotilleo. La tía está forrada, está estupenda y encima polioperada. Algunas se lo montan bien.

El reloj anunció su llegada a media noche. No sabía qué decisión tomaría. A veces deseaba que todavía estuviese aquí. Echaba de menos tener a alguien con quien hablar. Mañana sería otro día.

 

No sé ni cómo terminé rellenando aquel extenso e inacabable contrato, pero me sentía como si estuviese vendiéndole mi alma al diablo. Posiblemente así fuera. Julia me miraba lastimosa, como si la hubiese traicionado, aunque si no hubiera aceptado, el despido de ella seguiría en pie y otro más listo que yo tendría mi puesto.

Era la nueva secretaria del jefe de la cadena de compraventa de empresas más importante de todo Nueva York, NY Publish. Un magnate en toda regla. Un idiota en toda regla; un hombre que además tenía millones de acciones distribuidas por toda el planeta que lo hacía más multimillonario de lo que ya era. Sonaba intimidante, pero quizás ahora pudiera renovar mi coche, mi pobre Jake necesitaba morir de una vez.

No puedo negar lo que me dolieron muchas de las palabras que expulsó aquel misógino de tomo y lomo. Ni siquiera sabía cómo demonios conocía la noticia de mi quinto fracaso matrimonial. Sí, la irónica historia de Hera, la supuesta diosa del matrimonio. Deberían hacer un reality show sobre mí. Al fin y al cabo lo único que me diferencia de las Kardashian es mi lamentable y actual aspecto, y si no recuerdo mal, ellas están operadas. Tengo una maldición, soy una fracasada en el amor, y no lo digo precisamente de manera figurativa. Mi vida ha ido pegando altibajos excéntricos. Mi madre no fue lo suficientemente fuerte como para cargar con todo ella sola, y no puedo culparla por ello, es más, muchas veces pienso que la culpa fue mía.

Mi adolescencia fue algo… ¿alocada? Sí, utilicemos ese adjetivo. Quizás hubiera necesitado un internado, la cárcel, o un padre.  Me casé con dieciocho años con Manuel, el batería buenorro de la banda de mi primo. Se conocieron en Erasmus. Era español y me enamoró que odiara los toros. Nunca entenderé la cultura de aquel país. Sé que cada uno tiene sus costumbres y que NY no es perfecto, pero vamos, ¿matar a un animal inocente para la diversión de otros? Adoro y adoraré España, a sus gentes, su gastronomía, su folclore, sus playas, pero aunque no sea antitaurina, lo cierto es que no es fruto de mi devoción. Aquello duró apenas seis meses. Lo descubrí con una hippie en mi cama, y además no me hacía gracia que usara mis bragas como turbante en sus conciertos.  Creía que lo nuestro duraría toda la vida, qué estúpida, y qué adolescente.

Volví a estudiar, necesitaba encarrilar mi vida, y en el segundo año de carrera conocí a Marco, un estudiante italiano que me prometió la luna. ¡Malditos italianos y maldita su labia! Era muy religioso, por lo que no copulamos hasta el matrimonio. Al principio me pareció extraño, pero poco a poco me autoconvencí de que si estaba inculcado en la fe cristiana, era algo medianamente normal. ¿Normal? Ahora no me lo parece en absoluto, y más en los tiempos en los que estamos. Cuando llevábamos un año saliendo me pidió matrimonio. ¿Matrimonio precipitado y fe cristina que impedía el coito? Me sentí confusa. ¡Ni siquiera me había presentado a sus padres!, pero como una boba alocada y una amante deseosa, acepté. La boda fue genial, pero a la semana me enteré por Margarita, mi suegra, una encantadora mujer con la que todavía mantengo contacto, que él había exilado de un convento la misma noche en la que nos conocimos. Desde que me enteré de aquello, mi matrimonio fue decayendo,  no confiaba en él, y a Marco le molestaba todo de mí, sobre todo que fuera atea. Pasados seis meses, me dijo que se volvía al convento. Pensaba que estaría mejor allí. La única a la que siempre le entregaría su amor fiel sería a la virgen, pese a que él ya no lo fuera. En un año incluso obtuvimos la nulidad matrimonial.

Tras dos matrimonios y terminar la carrera de publicidad, me largué con mis dos mejores amigas, Inés y Kate, a las Vegas. Necesitaba aclararme las ideas. Casino, juerga, y nada de matrimonios. Pasamos unos días alucinantes. Fue el mejor regalo de fin de carrera que nos pudimos hacer. Claro que volví con anillo. ¡En serio! Debería estar prohibido que Elvis case a gente estando ebria y sin testigos. Se llamaba Carlos. Era español, otro, y estudiante de medicina, un buen chico. Los dos decidimos que lo más sensato era desprenderse de ese matrimonio, que asombrosamente tenía validez. Ni siquiera sé si puedo contarlo como marido, pero era un gran chico. Me hacía reír todo el tiempo, se lo tomó a broma y tranquilizó a mi madre. Todavía recuerdo el momento en el que se lo dijimos:

 – Madre mía, Hera. Es que no piensas en las consecuencias. Tienes que dejar de vivir aventuras y empezar a sentar cabeza.

– Sra. Harrison, ambos estamos muy arrepentidos y no sabemos cómo ha podido suceder tal cosa.

– A mí no me sorprende. Cómo se nota que no conoces a mi hija.

– No, es cierto, no la conozco, pero por lo que he hablado con ella, no me cabe la menor duda de que es una mujer maravillosa.

 

Y puede que hubiéramos congeniado, pero ninguno quisimos correr riegos, y menos con un anillo de por medio. Podríamos haber seguido conociéndonos después de aquello, es más, me invitó a un par de cafés después de los trámites, pero yo lo rechacé. ¡Adiós al tercero de la lista! Y eso que dicen que a la tercera va la vencida.

Nunca me gusta citar a mi cuarto matrimonio. Fue el más deprimente de los cinco. Se llamaba Mikel, ruso. Me dejó porque se volvió gay. Ahora está casado con una amiga mía, Evelyn, pero a estas alturas de mi vida… Eso ya me da igual. No le guardo rencor, pero no le mando postales de Navidad como a los demás. No se las merece, no me gustan los mentirosos.

Tras siete años de consternación divina contra mí, conocí a Martín, un chico catalán que viajaba a Nueva York por asuntos de trabajo. Era arquitecto y se convirtió en el hombre de mi vida, pese a que suene cursi. Odio que todavía suene cursi. Lo que más me gustaba de él eran sus ojos color aceituna. Era guapísimo aunque él lo negara continuamente. La modestia era uno de sus fuertes y me hizo olvidar a aquellos cuatro patanes. No me juzgó por haber estado casada cuatro veces con tan corta edad. Simplemente sonrió e hizo un comentario gracioso. “No serás una viuda negra, ¿verdad?” Qué ocurrente. Cuando dices que llevas cuatro divorcios a tus espaldas a tus veintitrés años, te miran raro, y con motivo. Sin duda lo que me enamoró infinitamente de él fue su perseverancia, además de sus múltiples virtudes. Me mudé a España tras seis meses de relación. Lo nuestro iba en serio, aparentemente, y me alegré de poder afirmar que al fin caminaba en la senda correcta… Ninguno nos queríamos hacer ilusiones, pero sabíamos que el tiempo pasaba y seguíamos juntos, y eso importaba, ya lo creo que importaba. Una de las cosas que más le gustaba era que cantara en la ducha después de hacer el amor. Encontré trabajo en una revista de moda, que al principio odiaba, digamos la verdad. Era publicista, no una finolis de talla treinta y seis que se quejaba de que sus Manolos le hacían daño. La gente nos sonreía por la calle. Definitivamente él me hizo sentir como nunca antes nadie me había hecho sentir y era bonito poder decir aquello. Después de tres años me pidió matrimonio en una bonita casa rural en un verano muy lluvioso. Nuestra boda fue grandiosa. No quisimos quedarnos cortos en nada. Mi madre no paraba de llorar al ver que al fin había logrado ser feliz y me aseguró cientos de veces que no había visto una novia más bonita que yo… Me hubiera encantado que mi padre se hubiera presentado, me hubiera visto casada, de blanco y feliz al fin, aunque no le importara. Desgraciadamente todo termina. Mi madre enfermó en estado grave debido a un cáncer craneoencefálico. Enseguida quise estar a su lado y Martín lo entendió. Él abandonó su puesto de trabajo, tal y como yo hice en su momento, aunque lo hiciéramos por amores distintos. No tardó en encontrar otro trabajo que suplantara al antiguo. Tenía talento. Era absurdo negarlo. Era absurdo no contratarlo. Yo llené mi tiempo entrando en esta empresa individualista, NY Publish. Pronto mi madre murió. Era inevitable. Ese cáncer no tenía cura. Martín me apoyó durante todo el proceso, y yo se lo agradecí, pero no fue suficiente. Comencé a abandonarme, a llegar tarde a casa, a no aceptar sus caricias… Terminé por alejarlo de mí cuando lo que necesitaba era justo lo contario. No pude aceptar que otro ser querido me abandonara. Demasiado injusto. Demasiado duro.

Quizás este toque envidioso de ambición fuera justo lo que necesitaba para llenar mi vacía vida, pero francamente no creía que mis pantalones de pinza desgastados por las continuas lavadas y mi blusa victoriana de hacía siete temporadas encajara con el perfil que quería otorgar. Quizás en el 2000, pero no ahora. ¿Cuánto haría que no iba de compras? Tenía que admitir que era algo dejada. Era una treinta y dos añera dejada. Aunque, ¿qué habría llegado a los oídos de mi jefe que tanto lo había convencido? ¿Qué, cómo y por qué? La eficacia y mi persistencia podría decirse. ¿De verdad, Hera? Había tomado la decisión de ascenderme… E iba a aprovecharlo.

 

 

Lauren al estrado.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi guys!

AYER ME GRADUÉ.

SÍ, LO HICE. No puedo creerme que al fin haya dejado el instituto, pero así es. Adiós a los timbres, adiós a las clases, a mis antiguos compañeros, y a mis ínclitos profesores. Si os soy sincera, ahora no sé cómo sentirme. Soy preuniversitaria, ¡¡¡¡qué tela…..!!!!!

Ayer me despedí de mis compañeros con un discurso. Una serie de palabras que llevaba preparando desde abril. Me sentí nerviosa, me flaqueaban las piernas, y estuve a punto de llorar en numerosas ocasiones, y como fue importante para mí, me encantaría compartirlo con vosotros. Así que aquí tenéis mi discurso en versión escrita y oral. No lo habría podido lograr sin la ayuda de mi increíble fotógrafo y amigo Jose y su increíble equipo que estuvieron conmigo durante todo el día haciéndome reír, (a veces demasiado). Esto es como la boda de Risto y Laura Escanes, hasta el lunes no tendréis las fotos de mi vestido, detalles del evento, datos sobre ellos… Pero os iré adelantando cosas… Así lo cogéis con más ganas. Soy odiosa, ya lo sé… Solo deciros que fue un día que recordaré siempre, siempre… ¿Por qué? ¡Tendréis que leer mi post del lunes para saberlo!

En primer lugar deciros que no me creo que esté aquí, y daros las gracias por haber podido venir, en un día tan especial para nosotros como es el día en el que diremos adiós a este centro que tantos momentos ha contribuido a nuestra memoria, aunque parezca mentira que nos vayamos ya, el día ha llegado. Me flaquean las piernas y os aseguro que no es por los tacones. Si ahora mismo me preguntaran cómo me siento, probablemente no sabría que responder. Este año se ha pasado volando, mucho más que los cinco anteriores. Ahora que os estoy mirando y que veo a lo lejos la puerta de entrada

Recuerdo a la perfección el primer día de clase: Pongámonos en situación: doce años, mochila nueva, caras nuevas, hormonas y algo que no habíamos visto jamás: listas de clase. Una nueva etapa que concluiría en un día muy lejano. El primer día de instituto todos estábamos aterrados y nuestra respuesta fue lo que nos ha mantenido juntos hasta el día de hoy, un abrazo, algo repentino. Las palabras sobraron. Qué curioso es que todavía lo recuerde.

Lo más importante de estos seis increíbles años es que hemos sido capaces de superar miles de momentos, unos agradables, otros no tanto… Nuestra memoria se ha llenado de recuerdos con una melodía que nos hace llorar y reír en numerosas ocasiones. De hecho, ahora se me hace difícil pensar que nuestros caminos se distanciarán.

Lo mejor del instituto es que además de asignaturas, estudias a la vida, estudias a las personas. Dentro de las aulas se produjo algo llamado familia, una familia que ha ido perdiendo miembros que no olvidamos por mucho que pasen los años, y que ha ido sumando personas maravillosas que se han acoplado en un rincón de nuestro corazón sin ninguna dificultad. Hemos conseguido ser compañeros, es más hemos conseguido defender con el honor que se merece la palabra amigo.

El venir a clase con el extraño sentimiento de pertenecer a algo es especial. Nunca imaginé que echaría de menos el llegar a clase a primera hora, dejar la mochila encima de la mesa, resoplar y mirarnos unos a otros con la expresión agria de “es lunes a primera, ni se te ocurra hablarme”.

Los años han ido pasando y nos hemos hecho más mayores, y quién nos diría a nosotros que las tornas cambiarían. Entramos caminando con la cabeza gacha cuando pasaban por nuestro lado ésos de segundo de bachiller, esos diablos que nos tiraban de los bancos y se reían de nuestros comentarios de niños de primero. Ahora creo que son esos monstruitos de primero los que dan miedo, y no nosotros. Somos los mayores, qué locura.

Este año ha sido raro. No sabíamos qué iba a pasar con selectividad, incluso ha nevado. También se han llegado a suspender las clases por lluvias torrenciales, lluvias que no llegaron, pero que nos vino para estudiar el examen del día de después como anillo al dedo. Las cosas como son. Tampoco podremos olvidar el famoso I used to rule the world… Hemos llorado muchísimos debido a que sabíamos que este día llegaría, ese día tan lejano y aunque por una parte ocho de junio era tarde en mayo, ahora que ya estamos aquí, ojalá fuera la semana que viene. Porque lo cierto es que decir adiós es más difícil de lo que yo pensaba.

Este año nos han hablado de la PAU, Universidad, destino, incluso nos han llegado a mencionar al éxito… Aunque sigo pensando que a veces el éxito es relativo.

Las clases de David, los manotazos de Agustina a las de la primera fila cuando no se callaban, la voz ronca de Miguel para llamar nuestra atención, los bocadillos de tortilla de patata o de ensaladilla de Socorro, ¿qué haremos sin ti ahora?, nuestro querido monarca, el “chica” de Tere o el “No sabéis nah” Y puede que al principio fuera verdad, pero creo que la gran mayoría nos iremos con la sensación de que sabemos mucho más de lo que puede que nos hayamos merecido muchas veces.

El diseñador Óscar de la Renta dijo una vez que camináramos con la misma seguridad con la que lo haríamos si nos escoltaran tres hombres. Lo dijo de manera figurativa, está claro, pero al menos yo, y estoy segura de que vosotros también, hemos tenido durante estos seis maravillosos años la sensación de que padres, profesores y amigos, nos han guiado hasta el final del camino para que no tuviéramos miedo, nos han ayudado a ser nosotros mismos, a madurar, a saber quién y cómo queremos ser; nos han enseñado que a veces no todo se basa en sacar sobresalientes y que hay muchas otras cosas que merece la pena. No nos llevamos de aquí solo formación, nos llevamos amigos, nos llevamos una vida, momentos de risa, recuerdos, y parte de nuestro tiempo, porque no hemos sido conscientes de lo valioso que era hasta ahora. Nos llevamos el sentimiento de haber pertenecido a una familia que por mucho que pase los años no se romperá, estoy segura, una familia grande, una familia especial, una familia que se quiere y se querrá. Nunca imaginé que os llegaría a querer tanto como sé que os quiero ahora. Todo esto y más quedará incrustado en lo más profundo de nuestro corazón, porque hay cosas que simplemente no se olvidan, y cuando seamos viejos y hagamos una cena para recordar nuestra promoción, la promoción de 2017 nos reiremos unos de otros por este día. Deja de llorar ya.

Al fin y al cabo, la vida se basa en eso, ¿no? En superar etapas, por muy buenas que hayan sido, y en transformarlas en recuerdos, en maravillosos recuerdos que recordaremos por siempre.

Solo quiero alzar un hurra por este centro, por nuestros padres, por los profesores, por nosotros, que no hemos tirado la toalla en los momentos más difíciles aunque tuviéramos ganas, porque estamos vivos, y porque chicos, después de seis años, aunque nos distanciemos por un tiempo, al fin lo hemos conseguido. Somos mayores del insti, los que se despiden, y los que comienzan a ser adultos, maduros, y casi universitarios. Qué impactante suena. ¿Volvemos a primero?

Gracias por estos maravillosos años, cada cual más especial y por convertiros en algo que merecerá la pena contar algún día. Echaré de menos esto, pero tengo la esperanza de que no nos libraremos tan fácilmente de nosotros. Al menos, es bonito poder decir que hay gente que nos hará dura la despedida.

Os quiero y os querré siempre, de eso estoy completamente segura.

El discurso de Lauren.

Estoy deseando enseñaros el resto, pero hasta entonces, solo os queda esperar… Pero como siempre me gustaría daros las gracias por todo, pero sobre todo y como siempre, por la joya de la corona, por vuestro increíble y majestuoso tiempo.

Lauren Izquierdo.