Cómo hacer un match y no morir en el intento

No os preocupéis, hasta hace exactamente seis días yo tampoco sabía lo que era hacer un match. Es lo que tiene vivir el amor en tiempos de Instagram.

El caso es que desde la fiesta de los Vogue, esa fiesta en la que os hablé de narcisismo, hipocresía, superficialidad y cinismo; unos amigos me hablaron de hacer un match. No estábamos muy cuerdos, para qué os voy a engañar, pero empecé a replanteármelo.

El viernes fue un día horrible: me timaron en la peluquería, me suspendieron un festival de cine cuando me estaban haciendo las ondas porque los chinos no se organizaban, fui a hacerme fotos para no desaprovechar el timo de la peluquería pero las sandalias de la mañana, de mimbre y ortopédicas, muy a lo Agatha Ruiz de la Prada en el desfile de esta pasada edición, me habían hecho heridas y entonces los zapatos que llevaba en ese momento me hacían daño… El caso es que ya estaba hasta la mismísima patatona e invité a mi amiga a tomar una copa de champán a casa. Sí, estás leyendo bien, una copa de champán. También tenía cerveza, pero tras el día que llevaba necesitaba algo tan snob que me hiciera sentir todavía peor, porque cuando estás depre, además de estar depre, te vuelves algo masoquista. En fin, continúo: estábamos mi amiga, yo, mi terraza, Madrid y una botella de champán que le regalaron a mi compañera de piso por Navidad en la cesta del trabajo, y comenzamos a hablar de la vida: escasez de tiempo, mil cosas que hacer, universidad, trabajo, autoexigencia, perfeccionismo, Madrid y ese sentimiento de vacío que te deja una ciudad como esta, porque no sé si lo habréis notado u os ha pasado, que no es por joder, me caéis bien, pero espero que sí; Madrid tiene no sé cuántos miles de residentes, es una ciudad inmensa, con una cantidad ingente de personas, tanto que llevamos 80 años con la ampliación de las calles de Gran Vía, y el convivir en una ciudad así, hace que muchas veces te sientas sola. ¿Te has agobiado? Bien, esto acaba de empezar, así que sigue leyendo.

No recuerdo muy bien cómo terminó la noche, pero a la mañana siguiente tenía a mi amiga durmiendo en mi sofá, yo me acababa de despertar en el otro y tenía una app nueva en el móvil: Tinder.

“Sí, Tinder. Alto el fuego, no me juzgues. Iba a desinstalármela pero le prometí a mis amigos que la probaría durante una semana. Solo una semana, y entonces… Entonce empezó la fiesta”

Decidí hacer un estudio sociológico sobre el tema. Ya que iba a durar siete días, sacaría algo de todo esto, lo haría bien, y me lo tomaría en serio. Lo primero que debes hacer cuando decides hacerte un perfil en Tinder es poner seis fotos que te describan. Yo fui a galería, quise seleccionar una de ellas, pero mi amiga me detuvo y me explicó que eso no era una foto Tinder. Lo sé, yo me quedé igual. Hay fotos tipo Tinder. Existen las fotos tipo Tinder. Seis fotos: la adorable, la sexy, la divertida, la estúpida, la artística y la estándar. Eh, y ojo; que debes seguir este mismo orden. ¿Cómo te quedas? Yo como el tartán, más a cuadros y paso por escocesa. El siguiente paso es, posiblemente, lo más difícil: escribir una biografía... La mía fue:

Soy mujer de muchas palabras pero también de muchos misterios. (Uy, no; borra. Bebe champán). Soy una mujer a la que le gustan… (borrar. Rellena la copa de champán). Las palabra son mis amigas, pero….(¿En serio, Lauren? Bebe champán). El silencio es… (Sí, ya, ya, ya; borrar. Me conozco el argumento). A medida que mi biografía descendía también lo hacía mi botella. ¿Sabéis que hice? No poner biografía. Quien quisiera algo, que preguntara. Hala. ¿No quería misterios? ¿No era misteriosa? Pues toma, dos copas…(o mejor dos botellas).

“Una vez resuelto el drama, o más bien no, la realidad te acorrala, te sacude, te golpea y te deja inconsciente. ¿Que por qué? Porque te das cuenta de que todo el mundo está en Tinder”

No, no; en serio. Todo el mundo está en Tinder. Tinder es el nuevo romance. Si Nicholas Sparks escribiera una nueva novela, estoy segura de que se dejaría de tantas Noches de tormenta y tanto diario de Noa y desarrollaría la historia en Tinder. Tinder es el nuevo Shakespeare. En Tinder está todo el mundo, desde perfiles públicos como puede ser el Dante Caro hasta mi personal trainer, todo ello pasando por gente de mi universidad, gente que se parece a Bradley Cooper y gente que pone imágenes de Bradley Cooper. En Tinder estamos todos.

Y en Tinder encuentras perfiles de todo tipo, pero ojo, no os emocionéis dándole al no, que es adictivo, avisados quedáis. Se empieza con unos cuantos noes y, de repente, te sale un chico como Gonzalo, no te das cuenta, le das a no, intentas volver hacia atrás y te das cuenta que no se puede. El amor de tu vida ha desaparecido para siempre. Días después vuelves a ver perfiles que ya te habían salido, pero Gonzalo no aparece. (Gonzalo, búscame. Sé que teníamos futuro).

Volvamos a los chicos de Tinder.

De todo tipo: están los chuloplaya, esos que solo aparecen sin camiseta para que te quede claro lo buenos que están; los surferos, los cuales tienen el pelo más bonito y más brillante que tú (podríamos decir que son los chuloplaya en versión más chavacana); y los deportistas, esos que en todas sus fotos aparecen haciendo deporte, y solo de mirar lo activos que parecen, te cansas y ya no te apetece ir al gimnasio, tranquila, es normal, nos ha pasado a todas, no estás sola… Luego están los que aparecen con animales y con niños, esto es para mostrarte lo cucos que pueden llegar a ser, que también tienen corazón y que son tiernos, claro que si no te gustan los niños como a mí, han fracasado. Nunca os fiéis de un chico que aparezca en todas sus fotos con gafas de sol. La mirada de una persona dice mucho, y en la mayoría de los casos, cuando se quitan las gafas de sol, el mito se cae. Y por último están los que salen fumándose un porro o con una chica, entonces les preguntas por ella y te dicen que es su ex novia. Te quedas flipando, deshaces el match y asunto arreglado. De los perfiles con fotos de Will Smith, Nietzsche o Bradley Cooper, mejor ni hablamos.

“Están los chuloplaya, los surferos, los deportistas, los que salen con animales y niños, los que aparecen fumando porros o con su ex novia, los randoms y fakes”

Pero eso es solo el físico. La parte más divertida comienza cuando te empiezan hablar. Está el tímido que empieza con un hola, ¿qué tal?, generalmente estos son majos, hasta que te preguntan que qué buscas en Tinder, y no lo sabes, no sabes qué responder, te agobias y/o no le contestas o deshaces el match; el ansioso, que solo por haberle dicho ‘hola’ quiere quedar contigo (a tomar una cerve, además. ¿Y si no te gusta la cerveza?); luego están los que pasan del hola y te pides que vayas a su casa para que os acostéis, yo los llamo los APAM (aquí te pillo, aquí te mato) suelen ser muy directos; también están los amebas, demasiados insulsos a nivel comunicativo e intelectual; aunque los que en otra vida fueron Paulo Cohelo tampoco se escapan: me encantaría perderme en tu mirada; tu sonrisa es preciosa, su sonido deber ser un deleite; eres la mujer que se aparecería en mis sueños… Pero ojo, también podéis encontrar gente maja e inteligente, o gente que quiera hacer un trío. En Tinder hay de todo.

¿Y cuál es el motivo por el cual deberíais haceros Tinder? Bueno, en mi opinión es perfecto para el inicio de una ruptura, para que se te suba el ego, por necesidades humanas, porque tus amigos estén cansados de que le des el coñazo con lo sola que estás, por curiosidad, aunque la curiosidad mató al gato, o por estudios sociológicos como el mío. Sea como fuere, opino que todo el mundo debería probarlo alguna vez, aunque sinceramente, después de 7 días, 239 matches, 53 desmatches y 35 conversaciones, debo confesaros una realidad: vivimos el amor en tiempos de Instagram. Lo que quiere decir que Tinder solo sirve para ahorrarte el mal rato de decirle a una persona que no quieres nada porque no te pone, o porque te parece un cardo. Luego, si les has molado, o si no te quieren para un polvo y ya está, te piden el Instagram. Así que, nunca hagáis caso a la opción de enlazar vuestra cuenta, si no… Se pierde la poca magia que hay.

“Después de 7 días, 239 matches, 53 desmatches y 35 conversaciones, debo informaros que me he borrado la cuenta y desinstalado la aplicación. No estoy hecha para Tinder”

Y una última cosa: mamá, sé que tarde o temprano leerás esto, y sé que puede que ahora mismo estés pensando que tu hija está como una puta cabra, pero también sé que te habrás reído y que haga lo que haga siempre estarás orgullosa de mí. Eso sí, te pediría que si alguna vez tengo hijos, jamás les cuentes que una vez su madre hizo algo como esto. Nunca volverían a tomarme en serio.

Lauren Izquierdo

¿Es nuestra generación una fracasada en el amor?

Me han dejado. Menuda tragedia. El amor es una mierda. Él se lo pierde. No va a encontrar a otra como yo. Menudo capullo. Yo lo quería. Me veía casada con él. La vida es una mierda. Ya no volveré a encontrar a nadie que me quiera.Ya no volveré a creer en el amor. ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Dónde habré dejado el helado de vainilla? ¿Qué hora es? ¿Estará el chino abierto? Ah, aquí está. ¿Que estarán echando en la tele? ¿El Diario de Noa? ¿En serio? ¿Qué consternación divina ha decidido ir a por mí? No me merezco esto. Voy a quedarme sola toda la vida. Voy a ser una cuarentona solterona y con cuarenta gatos. Ah, no, que soy alérgica; pues con cuarenta peces. Un día la vecina del cuarto, esa que ahora es una mocosa pero que luego estará tan buena, subirá por las escaleras, porque los ascensores son para las vagas como yo, claro, y ese culo prieto no se consigue comiendo helados y subiendo por ascensores, olerá a tufo, llamará a mi puerta, y como no responderé, llamará al conserje. Abrirán la puerta y se encontrarán mi cadáver. Los de la autopsia dirán que llevo muerta casi una semana y la vida se habrá acabado para mí. Sola, con helado de vainilla, viendo El Diario de Noa y con cuarenta peces, porque soy millennial y los gatos están pasados de moda y me dan alergia.

La parodia novelesca y la tragedia shakespeariana se fusionan para describir la situación por la que pasa nuestra generación: el amor, o mejor dicho, el aparente fracaso del amor.

No ha sido culpa mía, ha sido culpa suya; lo que una persona no encuentra en su casa lo busca fuera; no eres tú, soy yo; podemos ser amigos; la relación se ha enfriado y por eso te he puesto los cuernos; iba borracho; se me lanzó él; no ha significado nada… Y así podríamos seguir durante horas. Y muchas veces, no se trata de buscar culpables, muchas veces, no ha sido culpa de nadie, pero no podemos pretender que el amor dure toda la vida cuando elementos como el aire, la vida o el sueño tienen fecha de caducidad. Todo tiene un fin. Todo termina. El problema está cuando hacemos un mundo de ello.

Pero, ¿queréis buscar culpables? ¿Queréis tener un nombre al que maldecir cuando lloréis enfundadas y enfundados en vuestros pijamas de franela y vuestro rímel corrido? Está bien. Busquemos culpables.

Hollywood. Sí, la culpa la tiene Hollywood. Hace mucho tiempo que le declaré la guerra. Las productoras de cine nos han hecho creer que el amor es una hipocresía barata llena de narcisismo. El amor no lo puede todo. Las relaciones no suelen acabar bien, y tu primer beso y tu primera vez no te hacen sentir como en una burbuja rodeada de magia, mariposas en el estómago y flores por todas partes; son torpes, desastrosos y suelen hacer que te avergüences. La burbuja se pincha, la magia resulta ser polvo, las mariposas, gastroenteritis, y encima descubres que eres alérgica a las margaritas. Los príncipes azules no existen y que te roben un beso es más una invasión de tu privacidad que un gesto romántico.

Todas las películas de Hollywood, si os fijáis, tienen el mismo argumento: Chico conoce a chica, se pelean, se reconcilian y son felices para siempre. Muchas veces esconden que tienen un hijo, que son primogénitos del presidente, de un millonario o del mismísimo rey, y otras veces es un perro superdotado el que los vuelve a unir, pero oye, solo para variar el argumento. Todo muy romántico, con lluvia o nieve. Sí, sí; que la lluvia y la nieve son muy románticos. Bueno, pues dejadme que os recuerde que el significado original del romanticismo es todo lo que acaba mal, Romeo y Julieta, para que nos entendamos. Ser romántico significa que estás dispuesto a clavarte un puñal en el pecho si no consigues a tu dama, literalmente. Si no estás dispuesto a hacerlo, lo siento, pero no eres un romántico. Si estás dispuesto, lo siento, pero tienes un problema.

La reconversión del romanticismo ha sido obra de las productoras de cine, que han añadido este significado posmoderno donde las rosas, los rubíes y San Valentín están por encima de cualquier dios que digan que existe; aunque tengas que pedir un crédito al banco. ¡Estamos hablando de ser románticos, por Madonna! Que te regalen un ramo de rosas rojas en plena temporada que cueste alrededor de sesenta euros y que se seque al cabo de dos días es muy romántico. Uy, menudo sacrificio. Luego, les abres tu corazón y salen corriendo por patas.

Pero ojo, que cualquier persona que piense que el significado actual del amor millennial es pura campaña de marketing y un fajo de billetes para los comercios es un amargado, que una mujer tenga cuarenta años y esté soltera o que no sea madre es una fracasada. Da igual que dirija una empresa, que sea una emprendedora o que contribuya a que el mundo sea mejor. Eres una fracasada y punto. Solo hay que ver que la primera pregunta que te hacen cuando cuentas que estás estudiando es si tienes novio; y ojo, que como digas que no, la siguiente preguntas es “uy, ¿y por qué no? Si eres muy guapa”, como si los feos no tuvieran derecho a encontrar el amor. ¿No se te ha ocurrido que a lo mejor no tengo novio porque no quiero o porque ahora mismo no lo necesito? No, no tienes novio porque no te has esforzado lo suficiente. Claro, ahora mismo voy y pongo un anuncio. Porque esa es otra, la gente ya no se enamora como antes. Te veo en la discoteca, ciega y hasta arriba de todo, te perreo, nos liamos, nos volvemos a liar, nos acostamos y ya luego, si eso, vemos qué hacemos.

Es más difícil encontrar a alguien leyendo en una cafetería que encontrar una prenda intacta del Zara en plenas rebajas. Luego está la nueva forma de ligar, el Instagram. ¿Puede competir Meetic contra Instagram? Como poder, puede; pero su futuro es más negro que el armario de una viuda.

También están los “en la cama no es muy bueno, pero bueno, lo compensa con otras cosas”. Sí, ya. Historias para no dormir. Nos han enseñado que lo que debemos hacer es estudiar una carrera, enamorarnos, casarnos, tener hijos, cuidarlos hasta que aprendan a decidir solos, formar una familia y dejar un legado. Nos han enseñado que el hombre es quien debe gastarse el sueldo de tres meses en un anillo de compromiso, que París es la ciudad del amor y que las joyas, las rosas y la penumbra son detalles románticos. ¿Y si no quiero hacer eso? ¿Tu relación es mejor que la mía? ¡Y tú qué sabes! ¿Y si no me quiero conformar o no quiero seguir la regla que dicta que debo firmar un papel donde diga que estoy unida a otra persona? ¿Y si me quiero unir a cuarenta? ¿Y si lo único que quiero es a alguien que me escuche, que me acompañe, que me haga sentir especial porque piense que realmente lo soy y que me anime a querer más? ¿De verdad preferís un ramo de rosas a un viaje o a una persona a la que realmente le preocupes o le intereses? Claro que a todos nos gusta que nos regalen cosas, pero si a la persona le nace, no si cree que le nace o piensa que debe hacerlo.

¿Qué pasa si no te quieres conformar? Aparentemente nada, luego habría que ver lo que piensan o lo que hablan cuando no estás delante. El conformismo es uno de los principales problemas en este país.

¿Cuál es entonces la clave para que una relación no fracase? ¡Y yo qué sé! Hollywood debería ir entrevistando a gente de la calle, no hacer que idealicemos una relación perfecta, porque abrid oídos, la perfección no existe. Ninguna relación lo es, y si un matrimonio se termina por X o por Y, pues nada, chico; a otra cosa mariposa. El mundo no se acaba. El día que alguien no se escandalice porque un matrimonio no haya funcionado, sin lugar a dudas, estaremos avanzando. La vida real no es una película, pero ni una película ni una novela; y el amor, al final, es una combinación química de serotonina y oxitocina que no se produce precisamente porque llueva o nieve mientras una pareja discuta. Amores hay muchos, pero quizás sepas con anterioridad cómo es esa persona que tanto te llama la atención dejando el móvil, el perreo y la idealización a un lado. La realidad duele mucho menos que la decepción. Eso seguro.

Segundo capítulo de mi libro: Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys! Hoy estoy extremadamente feliz porque es el primer día que voy a estar en la zona  prensa de un desfile, así que mañana espero tener una crónica barra crítica que os enamore y enganche tanto como espero que me enganche a mí. La ESNE ha tenido el precioso detalle de tenerme en cuenta para su lista de invitados especial, así que tendré una acreditación con mi nombre y todo. ¡Es tan guay!

Al estar tan feliz he decidido haceros un regalo y os he publicado el segundo capítulo de mi libro, ya que he podido observar que el primero tuvo muy buenos resultados. Si no recuerdas el primero no te preocupes Capítulo uno de mi nuevo libro, Silencio. con que pinches en lo azul será suficiente, te llevará a la entrada donde lo publiqué. Una vez más solo espero que os encante y nada. Nos vemos esta tarde en mi Instagram y mañana con otro post en mi blog “Talla treinta y Ocho”.

L.I.

CAPÍTULO II.

Manuel, Marco, Carlos, Mikel y Martín.

Eran tantas las cosas que me resultaban inverosímiles en esta historia. No sabía por qué me habían contratado. ¿Por qué ahora quería que formara parte de su séquito? No sabía nada de ese hombre, solo que quería que fuera su secretaria porque Julia Jones iba a ser madre. Qué bonito. Ojalá yo tuviera a alguien con quien poder volver a intentarlo. Siempre quise ser madre, pero al igual que mis centenares de proyectos de obsesiva adolescente, no había cumplimentado ninguno. Decidí investigar a Maximum Smith, tratar de averiguar algo que todavía no supiera. Mañana debería darle una respuesta. Era el segundo millonario más rico del mundo y lideraba la herencia del proyecto ambicioso de su padre Maximum Jefferson Smith. Tenía tres hijos, trillizos; Amber era una promesa en el mundo del diseño, Carlos era escritor y estaba licenciado en empresariales y James era jugador de rugby, que si no recuerdo mal, salió un tiempo con Kate, una amiga mía de la facultad. Kate solo sale con ricos. No sé qué me sorprende más, si el hecho de lo superficial que puede llegar a ser o que cada dos semanas tenga un novio nuevo. No mantengo relación con ella. Todo se acabó entre nosotras después de nuestro viaje a las Vegas, pero las redes sociales dan mucho de sí, y aunque no la sigo en Instagram, sí que me sé su cuenta de memoria y muchas veces le cotilleo. La tía está forrada, está estupenda y encima polioperada. Algunas se lo montan bien.

El reloj anunció su llegada a media noche. No sabía qué decisión tomaría. A veces deseaba que todavía estuviese aquí. Echaba de menos tener a alguien con quien hablar. Mañana sería otro día.

 

No sé ni cómo terminé rellenando aquel extenso e inacabable contrato, pero me sentía como si estuviese vendiéndole mi alma al diablo. Posiblemente así fuera. Julia me miraba lastimosa, como si la hubiese traicionado, aunque si no hubiera aceptado, el despido de ella seguiría en pie y otro más listo que yo tendría mi puesto.

Era la nueva secretaria del jefe de la cadena de compraventa de empresas más importante de todo Nueva York, NY Publish. Un magnate en toda regla. Un idiota en toda regla; un hombre que además tenía millones de acciones distribuidas por toda el planeta que lo hacía más multimillonario de lo que ya era. Sonaba intimidante, pero quizás ahora pudiera renovar mi coche, mi pobre Jake necesitaba morir de una vez.

No puedo negar lo que me dolieron muchas de las palabras que expulsó aquel misógino de tomo y lomo. Ni siquiera sabía cómo demonios conocía la noticia de mi quinto fracaso matrimonial. Sí, la irónica historia de Hera, la supuesta diosa del matrimonio. Deberían hacer un reality show sobre mí. Al fin y al cabo lo único que me diferencia de las Kardashian es mi lamentable y actual aspecto, y si no recuerdo mal, ellas están operadas. Tengo una maldición, soy una fracasada en el amor, y no lo digo precisamente de manera figurativa. Mi vida ha ido pegando altibajos excéntricos. Mi madre no fue lo suficientemente fuerte como para cargar con todo ella sola, y no puedo culparla por ello, es más, muchas veces pienso que la culpa fue mía.

Mi adolescencia fue algo… ¿alocada? Sí, utilicemos ese adjetivo. Quizás hubiera necesitado un internado, la cárcel, o un padre.  Me casé con dieciocho años con Manuel, el batería buenorro de la banda de mi primo. Se conocieron en Erasmus. Era español y me enamoró que odiara los toros. Nunca entenderé la cultura de aquel país. Sé que cada uno tiene sus costumbres y que NY no es perfecto, pero vamos, ¿matar a un animal inocente para la diversión de otros? Adoro y adoraré España, a sus gentes, su gastronomía, su folclore, sus playas, pero aunque no sea antitaurina, lo cierto es que no es fruto de mi devoción. Aquello duró apenas seis meses. Lo descubrí con una hippie en mi cama, y además no me hacía gracia que usara mis bragas como turbante en sus conciertos.  Creía que lo nuestro duraría toda la vida, qué estúpida, y qué adolescente.

Volví a estudiar, necesitaba encarrilar mi vida, y en el segundo año de carrera conocí a Marco, un estudiante italiano que me prometió la luna. ¡Malditos italianos y maldita su labia! Era muy religioso, por lo que no copulamos hasta el matrimonio. Al principio me pareció extraño, pero poco a poco me autoconvencí de que si estaba inculcado en la fe cristiana, era algo medianamente normal. ¿Normal? Ahora no me lo parece en absoluto, y más en los tiempos en los que estamos. Cuando llevábamos un año saliendo me pidió matrimonio. ¿Matrimonio precipitado y fe cristina que impedía el coito? Me sentí confusa. ¡Ni siquiera me había presentado a sus padres!, pero como una boba alocada y una amante deseosa, acepté. La boda fue genial, pero a la semana me enteré por Margarita, mi suegra, una encantadora mujer con la que todavía mantengo contacto, que él había exilado de un convento la misma noche en la que nos conocimos. Desde que me enteré de aquello, mi matrimonio fue decayendo,  no confiaba en él, y a Marco le molestaba todo de mí, sobre todo que fuera atea. Pasados seis meses, me dijo que se volvía al convento. Pensaba que estaría mejor allí. La única a la que siempre le entregaría su amor fiel sería a la virgen, pese a que él ya no lo fuera. En un año incluso obtuvimos la nulidad matrimonial.

Tras dos matrimonios y terminar la carrera de publicidad, me largué con mis dos mejores amigas, Inés y Kate, a las Vegas. Necesitaba aclararme las ideas. Casino, juerga, y nada de matrimonios. Pasamos unos días alucinantes. Fue el mejor regalo de fin de carrera que nos pudimos hacer. Claro que volví con anillo. ¡En serio! Debería estar prohibido que Elvis case a gente estando ebria y sin testigos. Se llamaba Carlos. Era español, otro, y estudiante de medicina, un buen chico. Los dos decidimos que lo más sensato era desprenderse de ese matrimonio, que asombrosamente tenía validez. Ni siquiera sé si puedo contarlo como marido, pero era un gran chico. Me hacía reír todo el tiempo, se lo tomó a broma y tranquilizó a mi madre. Todavía recuerdo el momento en el que se lo dijimos:

 – Madre mía, Hera. Es que no piensas en las consecuencias. Tienes que dejar de vivir aventuras y empezar a sentar cabeza.

– Sra. Harrison, ambos estamos muy arrepentidos y no sabemos cómo ha podido suceder tal cosa.

– A mí no me sorprende. Cómo se nota que no conoces a mi hija.

– No, es cierto, no la conozco, pero por lo que he hablado con ella, no me cabe la menor duda de que es una mujer maravillosa.

 

Y puede que hubiéramos congeniado, pero ninguno quisimos correr riegos, y menos con un anillo de por medio. Podríamos haber seguido conociéndonos después de aquello, es más, me invitó a un par de cafés después de los trámites, pero yo lo rechacé. ¡Adiós al tercero de la lista! Y eso que dicen que a la tercera va la vencida.

Nunca me gusta citar a mi cuarto matrimonio. Fue el más deprimente de los cinco. Se llamaba Mikel, ruso. Me dejó porque se volvió gay. Ahora está casado con una amiga mía, Evelyn, pero a estas alturas de mi vida… Eso ya me da igual. No le guardo rencor, pero no le mando postales de Navidad como a los demás. No se las merece, no me gustan los mentirosos.

Tras siete años de consternación divina contra mí, conocí a Martín, un chico catalán que viajaba a Nueva York por asuntos de trabajo. Era arquitecto y se convirtió en el hombre de mi vida, pese a que suene cursi. Odio que todavía suene cursi. Lo que más me gustaba de él eran sus ojos color aceituna. Era guapísimo aunque él lo negara continuamente. La modestia era uno de sus fuertes y me hizo olvidar a aquellos cuatro patanes. No me juzgó por haber estado casada cuatro veces con tan corta edad. Simplemente sonrió e hizo un comentario gracioso. “No serás una viuda negra, ¿verdad?” Qué ocurrente. Cuando dices que llevas cuatro divorcios a tus espaldas a tus veintitrés años, te miran raro, y con motivo. Sin duda lo que me enamoró infinitamente de él fue su perseverancia, además de sus múltiples virtudes. Me mudé a España tras seis meses de relación. Lo nuestro iba en serio, aparentemente, y me alegré de poder afirmar que al fin caminaba en la senda correcta… Ninguno nos queríamos hacer ilusiones, pero sabíamos que el tiempo pasaba y seguíamos juntos, y eso importaba, ya lo creo que importaba. Una de las cosas que más le gustaba era que cantara en la ducha después de hacer el amor. Encontré trabajo en una revista de moda, que al principio odiaba, digamos la verdad. Era publicista, no una finolis de talla treinta y seis que se quejaba de que sus Manolos le hacían daño. La gente nos sonreía por la calle. Definitivamente él me hizo sentir como nunca antes nadie me había hecho sentir y era bonito poder decir aquello. Después de tres años me pidió matrimonio en una bonita casa rural en un verano muy lluvioso. Nuestra boda fue grandiosa. No quisimos quedarnos cortos en nada. Mi madre no paraba de llorar al ver que al fin había logrado ser feliz y me aseguró cientos de veces que no había visto una novia más bonita que yo… Me hubiera encantado que mi padre se hubiera presentado, me hubiera visto casada, de blanco y feliz al fin, aunque no le importara. Desgraciadamente todo termina. Mi madre enfermó en estado grave debido a un cáncer craneoencefálico. Enseguida quise estar a su lado y Martín lo entendió. Él abandonó su puesto de trabajo, tal y como yo hice en su momento, aunque lo hiciéramos por amores distintos. No tardó en encontrar otro trabajo que suplantara al antiguo. Tenía talento. Era absurdo negarlo. Era absurdo no contratarlo. Yo llené mi tiempo entrando en esta empresa individualista, NY Publish. Pronto mi madre murió. Era inevitable. Ese cáncer no tenía cura. Martín me apoyó durante todo el proceso, y yo se lo agradecí, pero no fue suficiente. Comencé a abandonarme, a llegar tarde a casa, a no aceptar sus caricias… Terminé por alejarlo de mí cuando lo que necesitaba era justo lo contario. No pude aceptar que otro ser querido me abandonara. Demasiado injusto. Demasiado duro.

Quizás este toque envidioso de ambición fuera justo lo que necesitaba para llenar mi vacía vida, pero francamente no creía que mis pantalones de pinza desgastados por las continuas lavadas y mi blusa victoriana de hacía siete temporadas encajara con el perfil que quería otorgar. Quizás en el 2000, pero no ahora. ¿Cuánto haría que no iba de compras? Tenía que admitir que era algo dejada. Era una treinta y dos añera dejada. Aunque, ¿qué habría llegado a los oídos de mi jefe que tanto lo había convencido? ¿Qué, cómo y por qué? La eficacia y mi persistencia podría decirse. ¿De verdad, Hera? Había tomado la decisión de ascenderme… E iba a aprovecharlo.

 

 

¿Eres el hombre de mi vida o después de ti vendrá otro?

Vida. Wow. Genios y personas con gusto que leen mis artículos con detenimiento y que piensan que de vez en cuando escribo cosas ingeniosas y con sentido, decidme, ¿qué entendéis por vida? ¿Vivir se limita a que tu corazón haga bum-bum, o estamos hablando de algo más? Es cierto que si tu corazón no late tienes un serio problema, amigo. Y me encanta que me lean personas de distintas culturas, nacionalidades y gustos, pero no sé si estaría preparada para que me leyeran fantasmas. No soy racista, no me mal interpretéis, es solo que el tema paranormal y gurú prefiero dejarlo a parte, al menos los fines de semana, y ahora que caigo, ¿tienen raza los fantasmas? Supongo que si.

Como siempre parece que desvarío, pero después de pasarme toda la mañana del sábado adorando mi serie del momento protagonizada por mi rubia favorita, sí estoy hablando de Sarah Jessica Parker, y sí, estoy hablando de Sex and City, o como la conocemos los españolitos, Sexo en Nueva York. ¿Soy la única que hasta este año pensaba que era una película? El caso es que Carrie me recuerda a mí en muchos aspectos, y no me refiero al pelo precisamente. En una escena del capítulo trece de la quinta temporada, Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha debatían sobre algo que realmente me ha hecho pensar:

En esta vida, ¿Nos enamoramos una sola vez? Esto es una pregunta que muchos nos hacemos a diario: ¿será el hombre de mi vida? ¿Encontraré a otro mejor? ¿Habrá pasado ya mi tren? ¿Y si es el hombre de mi vida y no lo sé? ¿Volveré a sentir lo mismo por otro ahora que lo hemos dejado? ¿Y si me he precipitado? Quizás me quedo sola, amargada, al fin de cuentas que te pongan los cuernos en el siglo XXI ya no es algo tan serio, ¿no?

Confesad, pequeñas y pequeños. Todos nos hemos hecho una pregunta semejante alguna vez. Es algo normal. Creedme, yo también me las he hecho, pero eso sí, jamás perdonaría los cuernos.

A la conclusión que he llegado es que depende del momento. Siempre habrá alguien que haga que nuestra vida parezca una película. No estoy hablando de Hollywood. Hollywood y yo no nos llevamos precisamente bien desde que descubrí que nos ha destrozado la vida con sus películas, porque lo que pasa en los platós de Brodway y Hollywood, se queda en los platós de Brodway y Hollywood, y por mucho que exista un valiente ser que pretenda ser original y escapar de la monotonía, las películas, siempre serán películas. Lo que iba a deciros es que no tengáis ni miedo ni prisa. Wow. Súper consejo. Pero bromas a parte, creo que al menos tengo algo de razón, esta vez, y lo que digo aparenta tener sentido. Dejadme que me explique.

Cuando tienes una relación que te hace levitar como el Renacimiento lo plasmaba en sus pinturas y esculturas, piensas en un futuro con tu pareja. Sí. Lo haces. No hablo de iros a vivir juntos, de casaros o de tener hijos, por Madonna, no, ni mucho menos, sino a que dices cosas tipo nena, nene, algún día tenemos que ir a este sitio. Aunque no haya fecha y sin darte cuenta, estás haciendo planes, planes que puede que cumplas o no, ¿en el momento eso qué importa?, los haces y a la persona a la que se lo dices, le gusta, claro que le gusta, y a ti también. Le gusta porque estás contando con ella, porque la quieres, porque te quiere, y eso es alucinante. Piensas que vas a durar mucho tiempo y piensas que es lo mejor que te ha pasado la vida. Al cabo de un tiempo rompéis, y las rupturas son lo peor. Uh, ya lo creo que lo son. Entre que se te rompa el tacón de un zapato en medio de la Gran Vía y que rompas con el amor de tu vida, romper el amor de pareja es peor que romper el amor hacia unos perfectos zapatos, aunque eso conlleve una caída vergonzosa y un ridículo asquerosamente notable. Pasas un par de días, semanas, meses, abrumada, llorando, deprimida, escuchando música que hablan sobre personas a las que les han roto el corazón, viendo películas románticas, comiendo tarrinas y tarrinas de helado de chocolate o vainilla y martirizándote día tras día por no saber de quién ha sido la culpa, porque aparentemente todo estaba bien. Y de hecho hay veces que la culpa no es de nadie. Las parejas rompen, el amor se acaba, y no se trata de buscar culpables por mucho que nos tranquilice el hecho de pensar que la otra persona tiene la culpa. Consigues superarlo, pero las heridas tardan en sanar. El corazón se vuelve seco y te muestras más fría delante de desconocidos. Luego llega un día en el que uno te pilla con la guardia baja y ¡zas! Cuando vas a darte cuenta estás enamorada hasta las trancas y acompañando a su madre a comprar unos zapatos para el día de Navidad porque tú lo conoces mejor que nadie…

El amor es así: cruel, caprichoso, vanidoso y asquerosamente bipolar. Pero lo necesitamos como el agua para vivir, por mucho que insistamos en negarlo.

Así que chicos y chicas, tranquilizaos, no existe un número concreto de personas de las que os enamoréis de verdad, eso de que te enamorarás una o dos veces de alguien es un bulo, una farsa para que os apuntéis a Meetic o EDarling, pero ¿sabéis que he aprendido?

Que aunque el amor sea una mierda a veces, está bien eso de dejarse querer, y que cuando menos lo busques, antes aparecerá. Así que si tienes que buscar algo, búscate mejor un buen par de zapatos que seguro que te harán falta cuando conozcas a la próxima mujer u hombre de tu vida. 

Y hasta entonces, vive, pero vive de verdad y no te preocupes por cosas que verdaderamente no tienen importancia. No merece la pena.  
L.I.