Aquellas cuatro barras de pan

19 de diciembre

Querido Santa:

Todo ha cambiado, tanto en Madrid como en casa. Estoy contenta, a la vez que estresada. Acabo de terminar 5 de mis 7 exámenes finales. Es más, ahora estoy en el tren rumbo a casa. Como el turrón, el Almendro, que siempre vuelve por Navidad. Aunque debo confesar que, afortunadamente, este año estoy yendo más que otros anteriores. Y digo afortunadamente porque me las he sabido ingeniar en tiempo, espacio y dinero. Los de Renfe deberían replantearse bajar los precios. Cien euros me parece una salvajada. Si cuento las veces que he decidido bajar a ver a mamá, papá, Ana y Chiara… Podría haberme ido a Tailandia. O a Nueva York. Pero queda más bonito decir que te sacrificas por ver a la familia y el sentimiento que albergas cuando los ves, es inexplicable e insuperable. Pero ya sabes, tienes una nueva tarea. Para el año que viene: hacer que Renfe baje sus tarifas. 

Bueno, ¿cómo estás? Imagino que ocupadísimo – y nervioso. Quedan cinco días para el gran día. ¿Sabes? Te admiro a ti y a tu mujer. Sois buena gente, Santa. Por eso, este año, no voy a pedirte nada. Solo que lo petes, como cada año. Eso, y que te acuerdes de aquellos que no son tan afortunados. Porque son más de los que creemos. Según un estudio de UNICEF y el Grupo Banco Mundial, casi 385 millones de niños viven en una situación de pobreza extrema. Y si ya es duro ser adulto y darte cuenta de que la vida no es cómo te la contaron, imagina ser un niño y no poder creer que la vida es algo mejor. 

Esos niños tienen el derecho de creer que si se comen una semilla, les crecerá un manzano; que si comen zanahorias, nunca tendrán que llevar gafas; que si dos adultos se besan, están casados; que los juguetes cobran vida como en Toy Story… Se merecen creer que llegarás. Tienen el derecho de creer que la vida puede ser a medias. Tienen derecho a tener fe y a creer en ti. Acuérdate de ellos, Santa. Al menos, prométeme que lo intentarás. 

Me estoy acordando del primer día que vine a Madrid. Estaba nerviosa, mucho, muchísimo. No lloré cuando mis padres se despidieron de mí en la estación, la ilusión me podía. Y nada más llegar, deshice las maletas y me fui a dar un paseo. La ciudad a mis pies y yo en las alturas. Sin embargo, lloré de impotencia al pisar de nuevo el parqué de mi piso recién estrenado. 

Cuando fui a por un Starbucks (cuando todavía pensaba que eso era café y no un bodrio), una señora me pidió una moneda para comer. Mamá y papá me ha inculcado cierta desconfianza hacia los indigentes que piden dinero, porque hoy en día nunca se sabe, pero me fié. Todavía no sé muy bien por qué. No obstante, no le di dinero, le compré cuatro barras de pan y dos paquetes de pechuga de pavo. No hacía mucho frío, así que nos sentamos en el suelo y le pregunté por su historia. 

Podría haberme mandado a la mierda o yo haberme marchado, ya había hecho mi buena acción del día, pero la vena periodista y de escritora (supongo) me hizo quedarme. Aquella señora tenía tres hijos. Uno de ellos es una de las personas con mayor poder adquisitivo de todo Madrid. Nunca le había contado esto a nadie, pero durante varios días quise llamarlo a su oficina para preguntarle si no se le caía la cara de vergüenza por tener a su madre en la calle. 

Su marido la maltrataba y ella lo denunció. Sus hijos no la creyeron y cuando por fin consiguió separarse de él, nadie la amparó. Renegaron de ella y acabó en la calle con un montón de deudas encima.

Se me encogió el corazón de tal forma que me puse a llorar. Ella me respondió que hay cosas peores en la vida. No pude creerme que, aun así, pudiera tener fe. Me despedí de ella y todos los días, de forma rutinaria, le llevaba algo de comida. Hasta le compré una manta y le dejé varios libros. Le dije que se los quedara, que los vendiera, que le harían compañía, pero ella siempre insistía en devolvérmelos. 

Al cabo de unos meses, dejé de verla. Había desaparecido. Cada día me pasaba por ahí, con la vaga esperanza de encontrármela, pero nada. Parecía que se le había tragado la tierra. Y hace seis meses me la encontraré en un Tiger. De dependienta. Sonrió al verme. Aunque ninguna de las dos dijo nada. Se acordaba de mí. Me regaló un juego de café blanco y negro precioso. “Una vieja amiga tuya quiere tener un detalle contigo”. Yo le pregunté que por qué. Y ella me respondió que “por cuatro barras de pan y algo de compañía”.

Aquella historia, Santa, aquella historia me cambió la vida, y la forma de ver Madrid. Puede ser una ciudad muy cruel. Todo depende de la perspectiva. Aunque al fin y al cabo, como todo en esta vida. 

Me apetecía compartir esta historia contigo. Creo que podría ayudar a muchas personas, sobre todo, por el desprecio con los que muchos tratan a los mendigos. Todos estamos cortados por el mismo patrón y todos somos iguales ante los ojos de ese Dios que dicen que existe. Siempre puede haber algo mejor. Siempre hay algo mejor. Solo es cuestión de fe.

En fin, no te entretengo más. Dale recuerdos a la Sra. Claus. Y Santa, mucha mierda. 

Recuerdos 

Lauren Izquierdo.