Children’s lessons

24 de diciembre

Querido Santa:

Hoy es tu gran noche, ¿cómo te sientes? Imagino que nervioso y lleno de ilusión. Pero mira lo que te voy a decir: la ilusión es la clave de todo.

Hoy me apetece compartir una historia contigo, para que el trayecto de casa en casa sea más ameno. Es más, hoy vuelvo a ser una niña. Volvemos a ser innocent.

¿Quieres que te cuente un secreto? Siempre me quedo mirando a los niños por la calle. Casi más que a los perros, aunque nunca lo admitiré en público. Puede que sea porque las mayores lecciones de mi vida me las han dado niños, haciéndome preguntas que ni yo misma sabía responder. ¿Por qué los adultos no somos capaces de responder muchas de las cuestiones de los más pequeños? ¿Por qué nos quedamos en blanco si se supone que somos los ‘maduros’? 

Siempre me han dicho que la edad es solo un número, que los años no los mide el tiempo, sino que el daño que este hace sobre él. Una persona que ha sufrido, sea por X o por Y, se ve obligada a madurar antes. Eso siempre ha sido así y siempre lo será. No se me ocurre nada peor que una niña que quiera ser mayor. 

Eso ha provocado que muchas veces me pregunte si el tiempo existe realmente. Porque es algo que no tiene mucho sentido. Los días se van sin que nos percatemos: los segundos, los minutos, las horas se disipan sin que nos demos cuenta. Y cuando volvemos a la realidad, cuando nuestro ritmo de vida nos permite regresar, el año se ha ido. Para siempre. Y jamás, jamás regresará. ¿No es triste? Por este tipo de cosas, me encantaría volver a ser una niña. Pero me encantaría ser una niña con todo lo que conlleva serlo.

Ahora que el año se está acabando, ahora que el 2019 decide decirnos adiós, intento recordar todo aquello que me ha hecho estar aquí, hoy, escribiéndoos esto. Y lo primero es mi infancia. 

Armadura de perlas de Pipi Alonso. Falda de tul de Amazon Moda. Converse de plataforma.

Porque seamos claros (y yo sincera): nunca he sido una niña fácil de comprender. A mis padres les costaba responder a mis preguntas. Era muy traviesa e ingeniosa, he de decir. Todas las Navidades, mi madre cuenta un par de anécdotas de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas y siempre termina contando las mismas: cuando quise meter a mi gato en la lavadora porque estaba sucio y cuando le dije a su mejor amiga que los zapatos que llevaba no le combinaba con su estilismo. En esta última tenía dos años – y no hace falta que diga que ya se iba viendo para dónde iban los tiros.

Todas las Navidades, mi madre cuenta un par de anécdotas de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas y siempre termina contando las mismas

Era buena en el cole, siempre quería aprender y eso es una de las cosas que todavía mantengo: ese ansia por saber, saber y saber. Da igual el tema y el ámbito; y creo que, – aunque esto es una percepción personal – que si la gente leyera más, si la gente se preocupara por saber más, si no se conformara, todo iría mucho mejor. 

Claro que también es verdad que, cuanto más sabes, más frustrado te sientes, porque te das cuenta de que muchas cosas en el mundo, en la calle, en la gente y en ti están mal. Los millennials y la generación Z somos la generación frustrada por antonomasia, solo hace falta decir que hemos desbloqueado – y normalizado – el hecho de ir al psicólogo. Por no hablar de que nos estamos cargando el planeta, aunque de esto hablaremos otro día.

Camisa estampada de Silvia Nájera. Colgante de Luxenter.

Sea como fuere, cuando éramos niños, pensábamos en cosas alucinantes, pensamientos disparatados que en nuestra cabeza tenía sentido. No sé vosotros, pero cuando era pequeña, pensaba que si me comía una semilla de fruta me iba a crecer un manzano en el estómago, que si comía muchas zanahorias nunca iba a llevar gafas (qué ilusa y qué miope) o que si no aprendía a hacer las firmas iguales me detendrían por suplantación de identidad. Si que me despertaba las dos de la mañana y me ponía a llorar porque pensaba que el oxígeno se iba a acabar, pero también me quedaba espiando a mis juguetes porque pensaba que se moverían como en Toy Story.  

Ahora sonrío cuando una de mis primas me lo pregunta. Ahora sonrío al verlas sonreír cuando los mayores se besan o cuando llegan los Reyes Magos. Esa ilusión, esa inocencia, esa ignorancia. Demonios, que no crezcan. Que sean el Peter Pan de Disney, que no conozcan la vanidad, ni la ambición, ni el egoísmo y mucho menos la envidia. Que no se contaminen, que sigan enseñándonos cosas. Que sigan siendo lo que son, niños que llenan de ruido las siestas, de risas las cenas y de melancolía las noches en las que nosotros echamos de menos ciertas cosas y/o personas. 

Que sean el Peter Pan de Disney, que no conozcan la vanidad, ni la ambición, ni el egoísmo y mucho menos la envidia. Que no se contaminen, que sigan enseñándonos cosas

Que sigan recordándonos lo bello que es vivir y la suerte que tenemos de estar vivos, porque solo los niños son capaces de recordarnos que somos empatía, que somos humanos y que por encima de todo y más, está ese amor que todos ansiamos. 

Espero que se lo recuerdes, Santa. Feliz Nochebuena. Pétalo, como solo tú sabes hacerlo. De mientras, los adultos trataremos de seguir siendo niños.

Equipo:

  • Fotografía: Alodia Navarro.
  • Realización: Lauren Izquierdo.
  • Muah: Fanny Colette.
  • Estilista: Sergio García del Amo.
  • Texto: Lauren Izquierdo.

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