Escapada mediterránea, sentirse (y estar) en casa

Las mejores historias son las que no se planean. Este fin de semana mis amigos y yo decidimos coger los coches e investigar sobre los paisajes que tenemos alrededor. Porque vivimos en muy buena zona, y el Mediterráneo, queridos urbanitos, es mucho más que las playas de Guardamar y Torrevieja.

Son las 6.04 horas. Hemos cargado los maleteros de comida y bebida, sobre todo de agua. Nos besamos las mejillas, arrancamos el coche y conectamos nuestra playlist: Fangoria, Juan Magán… Tenemos un poquito de todo. Empieza a llover y maldecimos el mes de agosto. Sabemos que no durará, por eso no damos la vuelta. Nos dirigimos al norte de Alicante, al paraje natural de Les fonts d’Algar. Hemos oído hablar de ellas (muy mucho). Alguno de nosotros incluso repite la experiencia.

Tras dos horas de trayecto, al fin las vemos anunciadas. Descendemos colina abajo y montaña arriba bajo una ligera llovizna. Nos calzamos con escarpines de colores y ahora sí, toca subir (casi escalar) hasta las cascadas más altas. Ropa fuera y de un salto al agua. ¡SU MADRE, qué fría!

Es temprano, el sol todavía está bajo, la lluvia sobre nosotros, y las aguas tan heladas que notamos amoratada y contraída nuestra tez. Dicen que ducharse con agua fría es bueno para la piel.

Los minutos avanzan y nuestro descenso también. Nos bañamos sobre distintos parajes y hasta saltamos desde trampolines. Aguas más frescas, otras más cálidas…. Aunque mi favorita es la cascada natural principal. Aprovecho para hacer yoga. Al menos, el tiempo que dura el flash.

Son las 14.00 horas y hemos vuelto a montar en el coche. Las cascadas no tenían más que ofrecernos y ni nosotros que darle. Altea nos espera y con ella, sus playas blancas con piedrecitas. Todo muy instagrameable, he de decir. ‘Aquí no pueden vivir sin escarpines’; pienso. Nos metemos al mar; gélido como él solo.

Hay poca gente. Me recuerda a las playas de Normandía. Nos tumbamos a tomar el sol. Aunque has de ser estratégico. Las piedras dejan huella. Pero una vez que consigues tu objetivo, es hasta beneficioso para tu columna. Los rayos pegan con fiereza, de fondo, las olas del mar… Los ojos se adormecen, pero no te duermas, que te quemas.

Nos despedimos de las olas en un chiringuito a orillas de la playa. Pido una copa de helado. De la de los maestros artesanos. Tiene nombre y apellidos. Casi tanto como los vascos: Placeres de Queso y Frutos rojos. Refresca mi paladar, casi con el mismo ansia que la brisa mece mis cabellos y los flecos de mi chaleco. Es una experiencia casi sensorial. Respiro. La ofi ha quedado atrás. Por fin.

Volvemos a montar al coche, esta vez de regreso a nuestros hogares. La música ya no suena con tanta fuerza, aunque acabamos nuestro viaje con temas que marcaron nuestra adolescencia. Todos llevamos en nuestros pómulos y hombros la intensidad del día y en nuestra alma, las ganas inauditas de volver a repetir. Qué bonito es el Mediterráneo. Qué bonito es estar (y sentirte) en casa.

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