Volver a Museo Reina Sofía es como volver a mi casa

Hoy me sentía muy cansada. Creo que todavía no me he recuperado de la fashion week. A lo lejos puedo ver a mis vacaciones. Me saludan desde la esquina, pero todavía queda; solo un último esfuerzo. Aunque el calor me agota – y eso que soy de las que prefiere el verano al invierno.

Ahora que he terminado mi novela, puedo respirar con algo más de soltura – pero no demasiada. Es lo que tiene ser una ejecutiva millennial, ¿qué le vamos a hacer? Por eso, esta tarde he decidido desconectar los datos, encender el modo avión y marcharme de escapada cultural. Para escapar del vaticinio de trabajo al que estamos sometidos por ser las redes ‘la nueva prensa’.

Vivir en el centro de Madrid es una gozada cuando quieres refugiarte en algún museo. Y volver al Museo Reina Sofía es como volver a mi casa. Lo más curioso es que tengo la sensación de que cada vez que regreso, soy una persona completamente distinta – y eso me encanta.

Me trae muy buenos recuerdos. Recuerdo a la perfección la primera vez que vine y descubrí que habían guardado un rinconcito para Dalí. Luego, volví con mi hermana y se quedó helada al ver ‘El Guernica’. Nunca pensé que mi hermana sería de esas personas que se quedan prendadas, enganchadas y completamente pegadas a un cuadro. Tuve que insistirle para que nos marcháramos, llevábamos ancladas al suelo diez minutos.

Dentro de estas paredes me aficioné al arte, me declaré a un chico, escribí en uno de mis diarios, escribí parte de mi novela, me hice blogger, influencer, o como quiera que se llame ahora; y lo que es más bonito todavía, me aficioné a la cultura, a su profundidad y a ese misterio tan extravagante – o simple, según quién sea tu pintor– que tanto define a los artistas. Hoy vuelvo a deambular por sus pasillos laberínticos y no puedo evitar echar la vista atrás y ver todo lo que he conseguido y todo a lo que aspiro. Soy periodista (o algo parecido), he terminado la novela que empecé, me he privatizado mis redes y siento que soy una mujer completamente diferente a la niña asustada que tuvo que preguntar dónde estaba la salida porque se había perdido. No obstante, la esencia que nos define, y que en este caso me define, es la misma.

He pasado el control, he encendido mis cascos y he optado por un poco ópera italiana. He salido al patio interior y he disfrutado de la luz del sol un par de minutos. Soy del Mediterráneo, nos gusta el sol más que a los lagartos.

Sin darme cuenta, ya he visto toda la primera planta, y he acabado en la sala de Dalí. Es mi pintor favorito. Muchos os preguntaréis por qué. Es más, puede que algunos penséis que ‘no me pega’. Pero a Gabrielle Chanel tampoco y era uno de sus mejores amigos. Me gusta Dalí porque siempre he pensado que era un provocador nato, y quizás estaba un poco perturbado. ¿Pero qué artista no lo está? Tenía una visión muy particular sobre la España de la época. Solo a él se le ocurriría titular a uno de sus cuadros ‘El rostro del gran masturbador’, justo cuando estábamos a punto de entrar en una dictadura. Aunque, ¿quién soy yo para juzgarlo? Al fin y al cabo, solo alguien como yo estaría escuchando Pignoise mientras analizo ‘El enigma de Hitler’; todo muy acorde, he de decir.

Me gustan todos sus cuadros. Son intensos, provocadores y tienen mucho trasfondo. Sobre todo, ‘El hombre invisible’. Recuerdo vagamente mis clases de Historia del Arte del instituto. No sabría ni por dónde empezar.

Prosigo mi camino hasta ‘El Guernica’. Voy a hacerle una foto para mandársela a mi hermana, pero me dicen que no se puede. Lo cierto – y esto es una opinión personal– creo que ya está muy desfasado el hecho de que no se permitan hacer fotos en los museos en una época en la que TODO está en Internet. Además, ¿entonces por qué ponen wifi en todo el recinto? Cosas que no entenderé nunca. Pero insisto, me parece ridículo.

Ya en la última planta, disfruto del arte pop. Es algo que me fascina, he de reconocer. Un chico – que me he cruzado varias veces – se para a admirar el mismo cuadro que yo, y me pregunta que qué me parece. No quiero dármelas de erudita, y mucho menos sonar pedante – porque podría serlo–, así que digo que es intenso y reivindicativo. Sonríe y me dice a que a él también se lo parece. No puedo evitar pensar en Blair Waldorf de Gossip Girl, porque este tipo de cosas solo pasan en películas, series o libros. Ya nadie le pregunta a nadie qué le parece un cuadro. Eso es como muy del siglo XX; pero no seré yo quién juzgue.

De repente, me suelta ‘creía que eras francesa’. Y no sé qué responderle: ‘pues no; posiblemente sea más española que tú’. No sé a qué ha venido ese comentario. Normalmente, suelen confundirme con italianas– aunque tampoco entiendo muy bien por qué. Madrid está lleno de turistas, yo que sé… Me pregunta mi nombre y yo el suyo. Y justo cuando creía que iba a pedirme mi usuario de Instagram, se despide y se marcha. Definitivamente, y tras comprobar que no me había robado nada, saco la conclusión de que es del siglo pasado. Yo también lo soy, así que sigo estando algo desconcertada.

No obstante, me encanta que me haya pasado algo así, significa que todavía hay esperanza en la humanidad y que Internet todavía no nos ha prohibido mirarnos a los ojos y hablar con desconocidos.

Salgo del museo totalmente rejuvenecida. Dos horas dentro de él y ya siento que soy otra persona y que estoy preparada para cualquier cosa. Cómo enriquece el arte. Y qué poco lo valoramos.

Ahora sí…. Dos, tres, uno… ¡SELFIE!

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