Los lunares de tu espalda: Capítulo VII

Dicen que lo bueno se hace esperar. Este sábado comienza algo tarde, pero aquí estoy. Si no me conoces, será mejor que eches la vista hacia atrás y comiences por el principio. Puedes hacerlo aquí. Para los de siempre, hola; aunque tampoco sabéis quién soy. Pero es hora de adentrarnos en el mundo de los Jones, ya habrá tiempo para presentaciones. De momento, coge tus cascos, enciende tu reproductor y busca Don’t Wait, de Dashboard Confessional.

A la mañana siguiente, la cabeza Julia daba vueltas. Las sábanas estaban revueltas y una suave brisa entraba esquivando a las cortinas. Era domingo. No tenía que trabajar. Aquellos dos últimos Daikiris no le habían hecho ningún favor. Miró su móvil. No tenía ningún mensaje de Marcos. Menudo imbécil. Le molestaba que se hubiera enfadado por aquello, aunque no tenía muy claro por qué lo había hecho. No tenía ningún derecho. Fuera lo que fuese.

Pero de quien sí tenía noticias era de su padre.

¿Quieres que hablemos de ello?

Obviamente se refería al extracto de la tarjeta de crédito. Y no, no quería hablar de ello; así que bloqueó su móvil. Se levantó y se desperezó. Las vistas de Madrid eran increíbles. Esa sería su vida si siguiera queriendo ser una Jones. No entendía el juego que le había propuesto su padre. Se supone que no podía usar el dinero, pero ahí estaba; que él también quiso separarse de su familia, pero que no pudo. ¿Acaso era una prueba de su fortaleza? ¿Por qué no hablaba con ella directamente?

***

– Venga, Charlie, no es tan difícil…- abrió de nuevo uno de los tantos libros que había sobre la mesa- ¿Qué pretérito es ‘había comprado’?

– ¿Pretérito?

– Charlie, vas a tener que tomártelo en serio. Estás en España, tienes que aprender español. No puedes seguir ligando en inglés.

– Why not?

– ¡Porque algún día dejará de funcionar!- exclamó Marcos. Volvió a tomar aire. Hay que tener paciencia, muchacho-. Venga- en ese mismo instante, la puerta se abrió- Hola, Virginia.

– ¿Qué son todos esos gritos? Os están escuchando desde el comedor- espetó. Exgerá.

– Estamos estudiando.

– ¿Estudiando qué?- alzó las cejas-. Vosotros dos un domingo estudiando a la hora de comer… Perdonadme si no me lo trago- soltó. Un comentario muy inteligente Virginia.

– Tampoco te importa- espetó Marcos.

– Eres un gilipollas.

– Y tú una…

– ¿Una qué?- lo desafió.

– Nada.

– No, dime.

– Entrometida- terminó por decir. Pero eso no se lo tragaba nadie.

– Ibas a decir gorda.

– No iba a decir gorda.

– Mira, iros a tomar por culo- cerró la puerta.

– Man, you’re as asshole…

– Y tú otro como no te lo tomes en serio- pegó un portazo.

Estaba enfadado. Estaba cabreado y no sabía por qué. Bueno, sí lo sabía. Julia había pasado de él. Y normalmente no le jodía que una tía lo hiciera. Ay, Marcos, en qué lío te habías metido. 

Y para colmo tenía razón. La gente se aprovechaba de Charlie y al inglés no parecía importarle, y no es que no lo hiciera, sino que no se enteraba. Debía aprender español y el no era un buen profesor.

– Tú.

– Yo- contestó la chica.

– A ti se te dan bien los idiomas, ¿no?

– Estudio política y relaciones internacionales, más me vale que se me den- bufó.

– Necesito que le des clases a Charlie. Tiene problemas con el español y yo no puedo enseñarle.

– ¿Y qué te hace pensar que yo sí?

– Beca, eres una hippie.

– ¿Y te crees que porque sea una hippie, el ‘paz y amor vendrá’ así como así?

– Tienes más paciencia y eres una chica. A ti te hará más caso- le explicó. Vaya argumento de mierda, querido amigo.

– Se te da fatal convencer a la gente. ¿Se puede saber que te pasa?

– Nada que te importe- contestó-. Oye, te pagaré.

– No quiero tu dinero- le dijo.

– Mira- su tono había cambiado-, tiene problemas de verdad y soy su colega. De mí, pasa. Necesito que lo ayudes, por favor.

La mirada de Beca denotaba compasión. Se dio cuenta de que realmente quería ayudarlo. Beca, eres una blanda. Lo que no comprendía era por qué tan de repente, ni por qué estaba tan alterado. Qué chico más raro.

– Está bien- Hugo sonrió-, pero no te aseguro resultados- le dijo.

– Tranquila, por lo menos sabré que lo he intentado.

– ¿Seguro que estás bien?

– Sí, es solo que esta noche no he dormido mucho- le confesó.

– ¿Fiesta?

– No.

– Ah, vale- alzó los hombros. Estaba claro que no quería hablar del tema-. Oye, antes de que te vayas, ¿sabes dónde está Julia?

– No, teng…- y la puerta se abrió. Julia entró a escena. ¿En serio?

– Hablando de la reina de Roma- dejó caer Beca.

– No soy la reina de ningún sitio- entró a su habitación y Marcos se apartó.

– Solo de su casa- y cerró la puerta.

– ¿Y a este qué coño le pasa?- preguntó la francesita. ¿Estás segura de que no lo sabes? Porque no hay que ser muy lista…

– Tía, hoy está más raro… Me ha pedido que le dé clases a Charlie de español, y se le veía que estaba realmente preocupado.

– ¿Que ha hecho qué?- Julia no daba crédito.

– Eso- alzó los hombros no entendiendo muy bien la reacción de su compañera-. ¿Tú no habrás tenido nada que ver, verdad?

– ¿Yo?- su tono se volvió más agudo.

– Vale, tenéis un rollito que ni Ganhesa os entiende- levantó los brazos-. ¿Me vas a contar qué os ha pasado?

Y sin saber muy bien por qué, lo hizo. Quizás porque necesitaba desahogarse. No se terminaba de fiar de la hippie. Pero ya le daba igual, se arriesgaría. La gente siempre te decepciona tarde o temprano.

– Tía, que te gusta el rubito…- le dijo.

– ¿A mí?- preguntó ofendida-. No perdona.

– Ya lo creo- se echó a reír-. Ay, por Ganhesa… Aunque está clarísimo que al otro también le gustas, porque madre mía…

– A ese le gusta todo lo que se mueve, tiene piernas y lleva faldas por encima de la rodilla.

– Qué dura- bufó.

– Mira, no estoy para sermones- le advirtió.

– Vale, no te los daré; pero solo te digo que Marcos no suele ser aceptar críticas.

– Pues ya era hora- espetó. Beca la miró de reojo.

– Vale, iré a hablar con él- resopló levantándose de la cama.

– Así me gusta.

Odiaba reconocer que la hippie tenía razón. No sabía que iba a decirle, pero estaba claro que aquella situación era insostenible. Y pensaréis… Si solo han pasado unas horas…Y tenéis razón, pero a veces, los finales de determinadas historias son más que predecibles. Todo el mundo sabe a ciencia cierta cómo van a acabar. Lo bonito es ver cómo se origina todo. ¿No creéis?

Eran las doce. Marcos tenía turno en el Starbucks. Julia se detuvo antes de entrar. Le temblaban las manos. Qué imbécil. Todavía no le había contestado a su padre. Desde el umbral de la puerta pudo distinguir su ceño fruncido, y por un momento, aquello le divirtió.

– ¿Nombre?

– 6, 7, 9, 8, 4, 5… – el chico levantó la vista.

– ¿Qué quieres?

– Un café- respondió. No habías estado muy brillante, Marquitos.

– Pasa. Ya sé cómo lo quieres.

– ¿Sales a las tres, no?- aquel comentario desconcertó al chico-. He encontrado tu horario en tu habitación- los labios de Marcos se curvaron.

– Eso es acoso.

– Estás encantado- lo miró de refilón.

– ¿Sin azúcar y con leche de soja?- Julia asintió.

– Estaré esperándote cuando salgas.

– En la planta de arriba, la tercera mesa a la derecha, justo al lado de la ventana- entonces, la desconcertada fue Julia.

– Eso es acoso.

– Estás encantada.

– Julia- la llamó el camarero.

– Adiós.

– Adiós.

Con el café en la mano subió a la primera planta. La tercera mesa a la derecha, justo al lado de la ventana. Estaba libre. Bien. Tenía la costumbre de encontrar su sitio en las cafeterías. Casi siempre sentía una llamada interna. Encontrar tu lugar dentro de ellas es importante, porque las cafeterías pueden convertirse en tu segunda casa. Te dan mucho más que café o comida. A veces, y si tiene suerte, hasta te pueden dar un buen consejo.

Sinceramente, no. Fue una urgencia. Mi compañera se marchó. Salí de trabajar y no tenía llaves. Te lo devolveré. 

Le respondió. Enseguida llegó la respuesta. Eso la extrañó, su padre apenas cogía el móvil durante el día.

No quiero que me devuelvas nada. Si estás bien, es lo único que importa. Te dejo, tengo que trabajar. 

Vale.

Y ahí murió la conversación. No tenía nada claro. 

Entró en Instagram. Todavía faltaban dos horas para que Marcos terminase su turno. India había comenzado a trabajar en Cosmopolitan. Se alegró por ella. De todas, era la única que tenía talento de verdad. Era su mejor amiga. Pero no había querido saber nada de ella después del verano. Supuso que se lo tendría merecido por haberla llamado gorda delante de todo el instituto. Seguía teniendo a Hugo bloqueado. Tuvo incentivos de desbloquearlo, pero dejó el móvil encima de la mesa.

– Que seas una pija millennial y hayas dejado el móvil encima de la mesa dice mucho sobre ti.

– Y que tú seas un malote y hayas decidido ayudar a tu amigo también dice mucho sobre ti- contraatacó. Te habían pillado, amigo.

– Qué bocas es…

– Lo que me extraña es que pensaras que no me lo contaría- se acomodó. Marcos se sentó a su lado.

– Tienes razón- suspiró.

– Oye, que siento si lo de anoche te molestó, pero tienes que comprender que para mí es raro.

– Lo que me molestó no es que no quisieras venir a mi habitación, sino que no confíes en mí después de todo.

– Sí que confío en ti.

– ¿Y por qué no quisiste dormir en la cama de Charlie? Estás en la universidad, nadie se extrañaría si lo hicieses.

– Ya, pero…

– ¿Pero?

– No lo sé- que respuesta más clara, Julia.

– Mira, me gustas; lo sabes.

– Te gustan todas, Marcos- respondió.

– ¿De verdad piensas eso?- le preguntó. Aquello le había dolido. Julia prefirió no añadir nada más-. Si me gustaran todas, me iría con la primera que pasara en el pub. Y te espero a ti, para acompañarte a tu habitación y luego irme a la mía.

– Nunca te he pedido que lo hicieras.

– Entonces, creo que eso dice más de mí- espetó. Ahí tenía razón.

-Ya.

– Mira, sé que te gusto y que vas a decirme que te han hecho daño; y no pasará nada, porque sorpresa, al 80% del mundo también. No nos conocemos y sé que piensas que soy un completo gilipollas, y puede que tengas razón, pero también tienes que saber que hay cosas que no sabes, al igual que hay un 90% de ti que tampoco sé porque eres una puta caja blindada- eso hizo que Julia sonriera-. Lo único que te pido es que me dejes demostrarte que las apariencias no son lo que parece, que comencemos por el principio y que ya luego vayamos viendo.

Marcos se había devanado los sesos pensando en qué le diría. Se había equivocado de precios, de tipos de café… Solo podía pensar en aquella rubia que misteriosa que lo esperaba en la planta de arriba. Su jefe le pidió que se marchara. Había sido testigo de todo. Y también joven.

La mirada de Julia no parecía desvelar nada de lo que estuviera pensando. Lo que puso al chico más nervioso. Entonces respiró.

– Por Dios, dime algo.

– Me han hecho daño- sonrió.

– Bienvenida al club. A mí también.

Continuará…

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