Los lunares de tu espalda: Capítulo VI

Estáis aquí… ¡Qué alegría! Otro sábado más… Si eres novato, será mejor que vuelvas al principio, o al capítulo 5, puedes encontrarlo aquí. Para mis veteranos, coged vuestros cascos y encended vuestro reproductor. Nos vamos con Bastaba de Laura Pausini.

Las lágrimas son escurridizas, problemáticas. No se esconden fácilmente. Y la vida nos ha preparado para tratar de disimularlas. Todo ello gracias al colirio, al teatro, a la mentira y al maquillaje. Parece que llorar en público es señal de debilidad. ¿Desde cuándo lnos hemos vuelto tan gilipollas?

Raquel se miraba al espejo. Sabía que era guapa, que tenía buen cuerpo y que vestía bien. Era simpática, inteligente y sabía defenderse. Sin embargo, su problema era algo que se escapaba del alcance de sus manos. Su problema era su color de su piel. La gente en el s. XIX era racista. No lo comprendía, pero no había duda. Día tras día tenía que soportar los insultos y las amenazas de muchos universitarios. Y lo peor era que no se sentía capaz de denunciarlo. Tenía miedo, y al miedo nadie le gana.

Cuando consiguió calmarse, se dio cuenta de que no estaba sola, y de que no era la única que lloraba en aquel baño.

– ¿Hola?- el llanto paró- ¿Estás bien?- pero el silencio seguía reinando en el espacio- ¿No tienes ganas de hablar?

– Es… Estoy bien. Quiero estar sola.

– ¿Sabes?- al parecer ella sí. Raquel se sentó en el suelo, apoyada en una de las paredes- Siempre digo eso, pero nunca es verdad. Hasta hace nada yo también estaba llorando.

– Te he oído- espetó.

– ¿Quieres contarme qué te pasa?- esperaba no ser demasiado entrometida- ¿Es por un chico?

– Ojalá- su voz parecía haber cobrado vida. Aquel comentario le había hecho gracia-, no necesitamos precisamente a ningún tío para llorar.

– Estoy completamente de acuerdo- suspiró.

– ¿Y tú por qué llorabas?

– Impotencia- contestó la venezolana.

– Se llora mucho por eso – le dijo.

– Ya.

– Yo muchas veces no sé por qué lloro.

– Te comprendo – le fue sincera.

– ¿Ah, sí? – lo dudaba.

– Sí. Sobre todo, lloro mucho por mí.

– Últimamente yo también lloro mucho por mí.

– Pues apañaítas estamos – aquel comentario hizo que las dos rieran.

– Pues sí… – suspiró.

-Oye, tengo que irme.

– Vale.

– No llores- le pidió mientras se levantaba- Sea lo que sea, seguro que no merece la pena.

El repiqueteo de los zapatos de Raquel contra los azulejos sonaba cada vez más lejanos. Virginia esperó unos segundos. No se oía nada. Se había ido. Abrió la puerta del baño y contempló su reflejo en el espejo.

– Es fácil decir eso cuando no estás gorda.

***

– Beca, ¿a dónde vas?

– Ah, ¡hola Maxi!- exclamó emocionada- A una manifestación del PACMA, ¿quieres venir?

– ¿El PACMA es el partido ese de los animales?- preguntó.

– Tiene otras cosas, pero sí, es defensor lícito de los animales. La mani es a favor de los pingüinos del Ártico, para que destinen dinero para encontrarles un lugar. Miles de ellos están muriendo por los deshielos.

– Pobrecitos…

– Ya… ¿Te vienes? He hecho pancartas de más.

– No sé yo- la verdad es que no le apetecía nada.

– ¿Quieres que te enseñe a mis sobrinos?- Beca insistió-. Tengo apadrinados dos. Se llaman Alberto y Alberta.

– Te has pensado mucho los nombres, eh…

– Lo que cuenta en la intención… ¿Entonces te vienes o no?

El chico la miró algo desconcertado. Le llamaba la atención. Era algo rarita, pero todo el mundo conocía a Rebeca. La anarquista del husky. Siempre era muy amable y creía mucho en aquello que hacía. Eso le gustaba. Si no puedes con tu enemigo, únete a él.

– Venga, me has convencido- dijo-. Eso sí, luego nos vamos de cañas.

***

– Creo que buscas un prototipo de chica que ya no existe.

– ¿Cómo?- levantó la vista.

– Son las tres menos cuarto de la mañana y sigues solo…- comenzó a recoger vasos vacíos.

– Charlie se las lleva a todas- bufó.

– Es cierto- le dio la razón. Era verdad. El chaval era un crack.

– Y eso que no habla ni español.

– ¿Sabes? Creo que deberías enseñarle- dijo.

– ¿Yo? ¿Por qué?

– Porque sois amigos- se limitó a contestar-. Es lo que se supone que hacen los amigos.

Marcos no replicó. No tendría nada que decir. Pero Julia odiaba que se quedaran en silencio

– ¿No ha habido suerte esta noche?- le preguntó para enterrar al silencio.

– ¿Qué te dice a ti que cada vez que salgo es para ligar?- espetó. Me encanta verte fregar los vasos.

– ¡Sí, claro!- no pudo evitar soltar una carcajada. Marcos sonrió.

– ¿No sales esta noche?

– La verdad es que no soy mucho de salir- fue sincera.

– ¿No te gusta salir de fiesta y trabajas en un pub? Creo que hay algo que no me cuadra- volvió a sonreír.

– Para que veas lo caros que son los zapatos- bromeó.

– Julia, eres una Jones, no trabajas aquí para comprarte unos zapatos- se puso serio-. Todavía no tengo ni idea de por qué coño lo haces, pero un día lo averiguaré.

– ¿Tú por qué crees que trabajo?- le preguntó. Si iba de listo, que le demostrara hasta dónde podía llegar.

– No sé, dímelo tú…- ¿por qué la miraba tan fijamente?

– Julia, ya puedes irte- me dice Juan- Esta noche cierro yo.

– Vamos.

Salvada por la campana. La rubia cogió su abrigo, su bolso y salió de detrás de la barra. Marcos la esperaba de pie y con las manos metidas en los bolsillos. El camino de regreso se hizo eterno. Apenas cruzaron dos frases seguidas. El frío y el silencio entrecortaban su conversación. La luna brillaba en lo alto del firmamento, como cada noche. Miles de estrellas diminutas danzaban a su alrededor. Al llegar a la puerta de la habitación de la chica, vieron una hoja pegada en la puerta.

Esta noche es mi noche. Estás sola. Cuidado con lo que haces.

Beca.

– Parece que esta noche estoy sola- comentó despegando el cartel mientras buscaba sus llaves.

– Ya somos dos. También es la noche de Charlie- anunció- Podrían hacer un dúo con Rafael- bufó.

– ¿Eso era un chiste?- espero que no. Ella lo miró durante un segundo- Qué extraño.

– ¿Qué pasa?

– No encuentro mis llaves- comentó rebuscando en su bolso- Aguanta- le dio su móvil, la cartera y tres pintalabios.

– ¿Pero cuántas cosas llevas en el bolso?

– ¡Nada!- chasqueó la lengua- No las llevo. ¡Mierda!- escrutó- ¿Y ahora qué hago?

– Charlie no está- le volvió a decir mientras le devolvía mis pertenencias- Si quieres, puedes dormir en su cama.

– No voy a ir a tu habitación- le dijo. Casi Marcos. Casi.

– ¿Por qué?

– Porque no- gran respuesta-. Voy a reservar habitación en un hotel.

– La Jones.

– Es solo para emergencias- se defendió-. Además, a ti no tengo que darte explicaciones de nada de lo que hago.

– Claro… – levantó las manos-. Tú misma- se fue alejando de ella-. Buenas noches.

– Eso es chantaje emocional- le recriminó.

– ¡Lo que tu digas, Julia Jones!

La voz de Marcos se había transformado en un susurro. Se había ido. ¿Se había enfadado? ¿Pero con qué derecho? Julia se sentía absurda. Eran casi las cuatro y media de la mañana. Estaba cansada. No tenía tiempo para andarse con tontería. Reservó en el Gran Meliá de Princesa y pidió un Cabify. Que se enfadara si quería. No le importaba.

Pero todos nosotros sabemos que sí lo hacía.

No me gustan los picaos.

Ni a mí las princesitas.

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