Los lunares de tu espalda: Capítulo V

Sábado. Bostezos. El día ha comenzado y tú y yo volvemos a vernos. Si esta es la primera vez que me ves, será mejor que vuelvas hacia atrás. Es demasiado pronto. Puedes hacerlo aquí. Para los de siempre, hola. También es muy pronto para que sepáis quién soy. Sé que muchos lo estáis deseando. Pero es hora de adentrarnos en la vida de los Jones. Enciende tu reproductor, colócate los cascos y busca Home Sweet Home de Motley Crüe.

¿Nunca habéis tenido una crisis existencialista? ¿Nunca os habéis agobiado porque no sabéis de dónde venís, hacia dónde vais o hacia dónde iréis? No sabemos nada. Es muy complicado. La forma de vivir que tenemos es complicada. Nacemos, y desde que somos bebés sabemos que un día será nuestro fin, que nos moriremos. No sabemos cuándo, cómo, dónde ni por qué; pero quizás sea esa la razón por la cual parece ser que el ser humano siempre esté algo triste. Porque nos han enseñado que nacemos para vivir y morir. Las oportunidades se acaban, se disipan, desaparecen, se marchan y ya no regresan. A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. La culpa no es de nadie. Nuestro destino está marcado. Es un boli que escribe sobre las páginas de un libro en blanco.

– Sergio, ¿puedes quedarte un momento? Tengo que hablar contigo — le dijo la profesora.

– Claro… — dejó caer.

– Nos vemos luego, chaval.

– Suerte, Maxi.

Los alumnos fueron saliendo de la clase. A Maxi le temblaban las piernas. No llevaba nada bien que alguien tuviera que hablar con él. No había hecho nada malo. Estaba acostumbrado a pasar desapercibido. No esperaba que la profesora supiera su nombre.

– ¿Cómo estás? — sonrió, lo que desconcertó más al chico.

– Bien, bien — contestó algo nervioso-. ¿Y usted?

– También bien- volvió a sonreír- Verás, te he pedido que te quedaras porque quería que habláramos de la prueba del otro día.

– ¿Del examen? — la profesora asintió- ¿Ha salido mal? — enarcó las cejas.

– Tienes la máxima puntuación, Maxi — espetó sorprendida.

– Ah bueno… — le restó importancia. No era algo que le sorprendiera.

– ¿Te lo esperabas? — preguntó todavía más atónita.

– Siempre se me han dado mejor los números a las personas — levantó los hombros en señal de indiferencia.

– ¿Eres consciente que muy pocas personas tienen la capacidad que tú tienes? Podrías ser ingeniero, programador, o incluso matemático…

– Ya, pero son carreras que no me motivan nada — fue sincero-. Prefiero ser torpe en asignaturas como lengua o cualquier chorrada… Ser el mejor en algo nunca ha estado dentro de mis prioridades.

– ¿Y qué está dentro de tus prioridades?

El chico se quedó sin saber qué decir. El silencio reinaba en la sala. ¿ Acaso sabe alguien qué está y qué no dentro de sus prioridades?

– Sinceramente, no lo sé — fue franco.

– No te preocupes, estás en edad de descubrirlo — recogió sus informes-. Hasta entonces, estaré encantada de tenerte en mi clase. Y no te preocupes, tu secreto estará a salvo conmigo.

***

Julia llegó cinco minutos antes de que su turno comenzara. Si algo bueno le había enseñado Roberta era la importancia de la puntualidad. Gracias a Beca y a su larga e interminable lista de contactos había conseguido trabajo en uno de los garitos más famosos de todo Moncloa. No era algo que le apasionara, pero le permitiría ahorrar. Se había dado cuenta de que su padre le transfería semanalmente una cantidad de dinero que le permitiría vivir sola en un ático de Gran Vía, pero quería independizarse económicamente. Era la única manera de poder hacer lo que quisiera con su vida en un futuro.

La noche cayó de repente. El local comenzó a llenarse de estudiantes que solo querían cerveza, pasarlo bien y a C. Tangana.

– No me lo puedo creer — anunció una voz masculina.

– Pero, ¿qué haces tú aquí? — le preguntó la chica algo saturada.

– Hi, Paula! Tonight, you`re more beautiful! -exclamó Charlie. El chico iba a un par de clases con Julia, aunque no hablaba muy bien español. Apenas lo hacía. Beca le contó que era el compañero de Marcos-. Two beers, please!

– Aquí tienes, Charlie — sonrió. Aquel chico la divertía. Notó la atenta mirada de Marcos clavada en la nuca.

– ¿Trabajas aquí? — le preguntó.

– No, estoy ensayando para una película que haré pronto — ironizó.

– Con ese carácter, no esperes que te dejen muchas propinas — contestó.

– Mira, Marcos; no sé si te has dado cuenta de que esto está a reventar. No tengo tiempo para perderlo con alguien como tú. Así que consume, bebe, y no te marques el listón muy alto. Cuando antes te pierda de vista, mejor.

Pero no consiguió que Marcos se marchara. Charlie conoció a una danesa muy divertida y se largó dos horas después de llegar. Al final, todos los tontos tienen suerte. Marcos, sin embargo, no quería ser partícipe de la rutina. Su chip había cambiado al ver a la chica detrás de la barra.

La gente ya no tenía las mismas ganas que al principio. El reloj avanzaba y el local comenzó a quedarse vacío, aunque no lo suficiente.

– Te dije que no te pusieras el listón muy alto — le quitó el vaso- Lo siento, otra vez será. Ahora tienes que irte, vamos a cerrar.

– ¿De verdad que trabajas aquí? — seguía sorprendido.

– Joder, Marcos, pensaba que eso había quedado claro — escrutó chasqueando la lengua. Dios, qué cortito el chaval-. Sí, trabajo aquí.

– ¿Cierras tú? Es que me están esperando — le dijo una de las camareras.

– Sí, tranquila — sonrió la rubia- Pásatelo bien.

– Ya te contaré — le guiñó el ojo.

– Y por lo que veo, no eres nueva… — dejó caer.

– No — empezó a limpiar. Quería marcharse a casa.

– ¿Por qué?

– Los anillos de diamantes son caros, ¿sabes? — volvió a ironizar-. Veta a casa, Marcos- le pidió. Otra vez.

– ¿Y que vuelvas sola a estas horas de la noche? Ni hablar.

– ¿Ahora eres un caballero?- se apoyó en la escoba.

– Todo lo que me haga quedar bien delante de una damisela en apuros, bienvenido sea.

– ¿Y quién te ha dicho que soy una damisela en apuros o que quiero que me salves? — le preguntó.

– Te pone irresistible cuando te haces la dura – bufó.

– Eres un gilipollas.

– Hagamos una cosa: voy a lanzar una moneda — sacó un euro del bolsillo-, si saco cara, te tomas una copa conmigo. Si saco cruz, te dejo tranquila y me voy a casa sin rechistar.

– Y así, señoras y señores, es como se toman las decisiones importantes en España.

– No hables así del país que te ha dado un trabajo, francesita — sonrió.

– Está bien, pero no vale echarse a llorar si tienes que marcharte a casa, ¿eh? – anunció.

– Lidiaré con ello — tiró la moneda al aire.

– ¿Y bien? — pregunto con los brazos en jarra.

– Bueno, al parecer, sí que ha sido mi noche. Será mejor que dejes la escoba, tu turno ha acabado; ha salido cara.

Eran las cuatro de la mañana. El tiempo siempre transciende a la misma velocidad, pero la percepción del ser humano, quien vive bajo su condena, cambia según las circunstancias. Las calles de Madrid estaban desiertas. Solo se escuchaba un leve murmullo por las calles. Llegaban a sus oídos un par de risas distorsionadas, provenientes de un bar taciturno, que llenaban las aceras cercanas de vitalidad.

– Bueno, va siendo hora de marcharse — fue la chica la que volvió a tomar la iniciativa-. No sé si eres consciente de que por esto podrían echarme.

– Todavía no me has contado cómo cojones has acabado aquí —le preguntó.

– ¿Qué quieres decir?

– Eres una marquesita. Tu estilo es el de ‘dependienta de marcas luxury’.

– De las de mírame y no me toques.

– Sí, sí — le siguió la corriente-, de las que te miran con superioridad y sonríen al cobrarte mil euros por unos zapatos — la forma de decirlo hizo que la chica estallara a carcajadas. Su risa era contagiosa.

– Supongo que la gente te sorprende — alzó los hombros-. Cuando era pequeña y venían los amigos de mis padres a casa, me encantaba servirles sus bebidas. Siempre pedían whiskys y vodkas solos. Las mujeres eran más complicadas — recuerdó con una sonrisa en el rostro-. Mi padre siempre me ha dicho que una buena anfitriona es la que sabe servirles lo que sea a sus invitados. Así que, pídeme el cóctel que quieras, que te lo sabré preparar.

– Una caja de sorpresas. Sí, señor — asintió convencido.

– ¿Te parezco interesante? — cogió su abrigo.

– Desde luego, pero ya lo sabía.

– ¿Ah, sí? — enarcó las cejas.

– Sí. Se te nota en los ojos. Los tienes profundos. Y quieren gritar, pero no saben cómo — le dijo.

– ¿Seguro que no estás describiendo los tuyos? — contraatacó. (Eh, yo no sé dónde va a acabar esto. Pero eso no me lo esperaba).

– Demasiado intensidad para las cinco de la mañana, capto el mensaje — le guiñó un ojo-. Y sé que te lo has pasado bien.

– Una cosa no quita la otra — lo miró durante un instante, pero fue incapaz de mantener su mirada por más tiempo-. Pero sí, ha estado bien saber que tienes algo más en la sesera.

– Me halagas — sonrió con ironía- Pero cómo ya te he dicho, sabía que eras de esas.

– ¿De esas?

– Sí, de las misteriosas.

– No me considero una chica misteriosa.

– Ya, claro — espetó.

– Tú también lo eres, rubito.

– Todo el mundo tiene secretos.

– Sí — suspiró- Todo el mundo los tiene.

Marcos cumple con su palabra y la acompaña hasta la habitación. En el camino hablaron sobre muchos temas, aunque no volvieron a mencionar a la sorpresa, ni la profundidad, los secretos o los misterios. Ambos tenían muchas cosas que ocultar. Historias que los unirían (o separarían). Por el momento, ninguno tenía la intención de abrir la caja de Pandora. Sin embargo, lo que muy pocos saben es que todo ser humano necesita deshacerse de los lacras del pasado para poder avanzar. Pero eso significa olvidar y perdonar. Y no todo el mundo es capaz. El pasado no se entierra tan fácilmente. Hay recuerdos duros. Y si poca gente perdona, mucha menos olvida.

– Aunque me cueste mucho reconocerlo, me lo he pasado muy bien — yo estoy sorprendido, pero lo mismo podría decir Marcos. No podía creerse que estuviera diciendo aquello.

– Yo también — para qué negarlo. Ya lo sabemos. Ella le intrigaba, y eso engancha-. Me he ganado que me sigas en Instagram, ¿no?

– Seguro que está lleno de fotos postu tuyas, y te llamarás algo así como hdeheroe — bufó.

– Tenme paciencia.

– Lo mismo podría decir yo. No soy fácil de conocer.

– Me he dado cuenta — sonrió. El silencio. Incordio. Incómodo. Si esto fuera una película, se besarían. Pero…

– Bueno — suspiró-, gracias por acompañarme a mi habitación.

– Confiaba en que me dejaras pasar — comentó con una sonrisa pícara entredientes.

– Quizás en tus sueños tengas algo más suerte.

– Tenaz — volvió a sonreír-. Buenas noches, Julia.

– Buenas noches, Marcos.

Julia cerró la puerta del dormitorio. Marcos era capaz de cualquier cosa. Una extraña sensación recorrió cada centímetro de su cuerpo. Se sentía extraña. No sabía muy bien qué era lo que le estaba pasando. Quizás lo hubiera prejuzgado antes de hora. Quizás se había dejado por las apariencias, como hacía el resto con ella. ¿Pensaría Marcos de la misma manera? ¿Se sentiría igual?

Se lo había pasado muy bien. Era divertido. Tenía chispa y ocurrencias que a ella no se le ocurrirían jamás. Además de secretos. Él ya sabía que Julia los tenía, y ella estaba segura de que Marcos también tenía una historia.

– ¿Qué tal el curro?- Beca la sorprendió levantada.

– ¿Todavía estás despierta?

– Sí, mañana — chasqueó la lengua-, que digo mañana, ¡si ya son las seis de la mañana! —remarcó-. ¿Dónde se supone que has estado, marquesita?

– Noche de mojitos — levantó los hombros en señal de incomprensión.

– Este sistema capitalista nos está explotando…

– ¡Y qué lo digas! — le siguió la corriente-. ¿Y tú?

– Hay una concentración del PACMA en la puerta del Sol. Estoy terminando unas pancartas — en ese momento, el teléfono de Julia sonó.

Hdeheroe te ha seguido — leyó para sí misma. Sonrió-. Qué tío — pensó.

– ¿Quién es a estas horas? Si es tu jefe, es acoso — espetó.

– No. No es nada, un tal hdeheroe me acaba de seguir en Instagram.

– De verdad, qué de gente rara hay en el mundo — rió.

– Sí — sonrío-. Tiene que haber de todo en este mundo.

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