Los lunares de tu espalda: Capítulo IV

Volvemos a vernos las caras. Aunque hoy es domingo y la cuesta se hace más inclinada. Si es la primera vez que me ves… Será mejor que vuelvas hacia atrás. Puedes hacerlo aquí. Ahora sí, saca tus cascos, enciende tu reproductor de música. Es hora de adentrarnos en la vida de Julia Jones con Coffee and Cigarrettes de Michelle Feartherstone.

La soledad es peligrosa. Sobre todo si tenemos temas en los que pensar. La soledad es capaz de recordarnos de dónde venimos, quién somos y a quién echamos de menos. También es pésima consejera. Cuando no hay nadie, cuando estás solo, tu mente actúa por libre. No cuenta contigo, pero te encadena a ella. Y si no quieres, te aguantas; las decisiones las toma ella. Te conviertes en un sumiso. Es tu realidad.

– A ver, a ver, a ver… Tiempo muerto, ¿me estás dejando?- no comprendía nada. ¿Por qué? Se supone que estaban bien.

– Julia, tienes que entenderme.

– Oh, vete a la mierda, Hugo- se levantó de aquella silla nerviosa.

– No aguanto a tus padres, ¿vale? Y no te soporto cuando actúas como ellos quieren que lo hagas. No eres así. No permitas que nadie te diga cómo debes ser. Te dejas manipular por los intereses de Roberta, y lo siento, pero no estoy dispuesto a tragarme todo lo que tengo que aparentar cuando está cerca.

– No tienes por qué formar parte de sus vidas- espetó-. Es un tema que ya hemos hablado. Estás saliendo conmigo, no con ellos.

– Julia, sabes perfectamente que tengo que formar parte de todo esto- dejó caer.

– Es la vida que me ha tocado vivir, lo siento; es lo que hay.

– ¿Que es lo que hay? – le preguntó-. ¿De verdad te gusta vivir como vives, Julia?

– Claro que no.

– ¿Entonces? – Hugo comenzaba a exasperarse.

– No lo entiendes – optó por decir. Vamos, Julia. ¿Ese es el mejor argumento que tienes?

– Lo único que sé es que estoy saliendo con el Dr. Jecky y Mr. Hyde. No sé qué versión de Julia me voy a encontrar cuando decidimos vernos. Unos días me empotras contra la pared y nos ponemos ciegos a comida basura; pero al otro, le dices a India delante de todo el instituto que se está poniendo como una vaca. Tía, no sé de qué coño vas. Y necesito estabilidad. Mi salud mental también es importante y me vuelves loco, y no en el buen sentido.

– Sé que Valentina te habla por WhatsApp- confesó. Vaya giro de acontecimientos.

– ¿Y qué tiene que ver Valentina en todo esto?- preguntó desubicado.

– Que te has acostado con ella – Hugo se quedó de piedra. No sabía qué responder. Asintió cabizbaja.- Y por tu reacción veo que estaba en lo cierto.

– Joder…- dejó caer.- Soy de carne y hueso, llevaba una copa de más…

– Mira, a mí lo que me jode es que me sueltes todo este discurso de premio de la paz y de defensa de los hippies cuando tú eres peor que yo. Te has acostado con una de mis mejores amigas y tu mejor argumento es que eres de carne y hueso- la verdad es que ahí no has estado muy brillante, chaval-. Y estaba dispuesta a perdonarte, porque sí, ambos somos de carne y hueso y cometemos errores. ¿Pero sabes qué te digo? Que te vayas a la puta mierda.

– ¡Julia! – exclamó.

– Ni Julia ni hostias. ¿No decías que no podías más? ¡Estupendo! Porque yo tampoco- la rubia había sacado sus garras-. Estoy hasta las santísimas narices de esforzarme por ser la mejor en todo, por cubrir tus necesidades de persona de carne y hueso y que luego ni siquiera seas capaz de preguntarme por las noches si he sido capaz de soportar el infierno de vida en el que vivo. Porque tienes razón, mi vida es una mierda, pero ellos son mis padres, no los verdaderos, claro; porque los de verdad creyeron que no era lo bastante buena para permanecer en sus vidas. Así que serán controladores, pero todo lo que hacen, es porque me quieren.

– Julia…

– No. Julia, no. Me conozco tus trucos y no me vas a pegar la candidiasis de Valentina. Hemos terminado. No quiero más personas tóxicas en mi vida, Hugo. Y tú y yo somos tóxicos. Discutimos y follamos. A veces con otras personas, pero esto no es lo que necesito ahora mismo.

– ¿De verdad quieres dejarlo?

– No, la verdad es que no quiero, pero sé que es lo que debo hacer.

– Estamos en medio de la liga de baloncesto. No quieres hacer esto.

– Yo no seré la perjudicada – alzó los hombros-, porque al final, vivimos en una sociedad retrógrada y machista en la que la mujer, haga lo que haga, siempre es la débil. Eso, o una zorra, y todo el mundo ya sabe lo que soy.

– No eres una zorra.

– Sí lo seré cuando ya has dado por sentado que yo sabía que era una zorra- espetó.

– No quiero que lo dejemos – le cogió la mano-. Podemos arreglarlo.

– Claro que podemos, pero estaremos viviendo una mentira, y ya vivo demasiadas. Quiero que esto sea un adiós. Definitivo. Ni encuentros casuales ni polvos post rupturas.

– Acabamos de hacerlo.

– Lo sé, por eso ahora mismo quiero que te vistas y salgas de mi casa y de mi vida. Para siempre.

– ¿En qué piensas?

Beca había entrado en la habitación. Era su compañera. Era la primera vez que compartía espacio. No estaba acostumbrada. Lo único que sabía de la convivencia era lo que había visto en las películas de universitarios. Por el momento no estaba del todo mal. Solo era una mamarracha anarquista con un ojo de cada color. Era pacífica. Estudiaba política. Siempre iba con un husky. Curioso, porque los animales estaban prohibidos. Era inofensiva. Podría haber sido peor.

– En nada- sacó una sonrisa de Óscar.- ¿Qué traes?- curiosidad la llaman.

– Es para manifestarme contra la tala de esos árboles indefensos.

– ¿Vas a rebelarte?- Julia sonrió.

– ¿Qué le voy a hacer? Soy una anarquista- bufó. La rubia soltó una carcajada.- O eso es lo que dice Marcos.

– ¿Quién es ese?

– Un imbécil rubito de la residencia.

– Bah, de esos hay en todos lados – alzó los hombros-. Yo mismo me encontré con un chuloplaya cuando fui a por un café el otro día a la cafetería de la esquina.

– ¿A la cafetería de la esquina? – le preguntó-. ¿Era alto con los ojos de color verdes?

– Sí – la miró desconcertada.

– Marcos.

– Sí – le dijo hipnotizada ante su desconcierto.

– El rubito de la residencia.

– No me digas – chasqueó la lengua-. Tanto gilipollas en el mundo y nos ha tenido que tocar el mismo – bufó.

– Mira a la rubia que saca las uñas – bromeó-. Lleva cuidado, algo me dice que eres de su tipo – le guiñó un ojo.

– ¡Sí, claro!

– Que sí, que le gustan más las chicas como tú, con pasado oscuro, que van de misteriosas y que están como un tren…- mofó.

– ¿Qué quieres decir?

– Oh, vamos. ¿Me vas a decir que esos ojos empañados son debido a que estudiar te agota?- sonrió-. Cuando me lo quieras contar, estás invitada a mis oídos. Entrada VIP- sonrió de nuevo. Julia también lo hizo.

– Gracias- asintió. Ahora no le apetecía hablar-. Eres una buena compañera- se levantó del escritorio.- Voy a dar una vuelta. ¡Arriba con los árboles!- levantó el brazo. Beca siguió su entusiasmo y levantó su pancarta.

– Y Julia- logró captar la atención de la rubia-, cuando quieras dejamos de ser compañeras y comenzamos a ser amigas.

Julia volvió a sonreír y cerró la puerta. Qué maja. Os spoleriaré. Sí, lo siento; me apetece: Julia y Beca terminarán siendo grandes amigas.

Lo de Hugo a Julia le dolió. Le dolió tener que asumir que, obligatoriamente, hay mentiras que dejan de ser sostenibles. Pero desprenderse de ellas siempre es duro. Había conseguido deshacerse de Hugo, de sus amigas, de sus padres… Era ambiciosa. Aquello fue el último empujón que necesitó para decidirse. Necesitaba encontrarse a sí misma, reconstruirse. Eso, y un trabajo. Los Gucci no se pagan solos.

– ¿Alguna vez desconectas?- esa voz. Un escalofrío recorrió su espina dorsal e hizo que despertara de sus pensamientos.

– ¿Yo? ¿Y tú?

¿Quién dijo que los recuerdos se olvidan? Nada se olvida, ni siquiera las malas acciones, o los momentos más veteranos. Había llegado el día. Dieciocho de septiembre. El día negro, el día fúnebre. Caminaba cabizbajo hacia la tumba. Hay heridas que no cicatrizan. Ya lo dijo Melendi: a veces eres el cuchillo, otras veces la herida.

Le habían llevado flores. Elsa siempre fue muy querida. Y envidiada, porque donde habita el amor, la belleza, el talento y la bondad, Eris se encarga de acompañarla con la discordia de la mano. Dejó su ramo de veintiocho rosas rojas. Veintiocho, los meses que llevarían juntos si aún estuviera viva.

– Marcos, vente… No seas tonto…

– Que no, Elsa… Los finales están a la vuelta de la esquina y quiero esa matrícula de honor. Ya sabes lo importante que es para mí.

– ¿Por qué quieres ser tan perfecto en todo, cariño?- se sentó a su lado resoplando.

– No lo quiero, lo soy- sonrió.

– Oh, perdón, Einstein- bufó rodando los ojos. El chico sonrió.- No, en serio… Un poco de diversión no le hace daño a nadie.

– Elsa…

– Es que Bibiana y Héctor siempre van juntos y luego me quedo yo de sujeta velas…- dejó caer.- ¿No te doy pena?

– Los niños de África desnutridos me dan pena- contestó.

– Es que siempre tienes que tener respuesta para todo, ¿eh?- espetó.- Bueno, voy a arreglarme.

– No lo hagas mucho, siempre estás guapa- ella le dio un beso en los labios y cogió su bolso.

– Te veo mañana. Hasta pronto, súper médico.

– Adiós…- entonces cogió su móvil y tecleó algo en la pantalla.

– ¿Quién?

– Te súper quiero.

– Dios, Marcos. Eres el hombre más perfecto del mundo.

– ¿Aunque no vaya a la fiesta?

– Aunque no vayas a la fiesta- sonrió.- Te quiero, ¿vale?

– Yo también- colgó.

Ojalá sus últimas palabras hubieran sido te quiero y no yo también. Porque decir yo también no es lo mismo que decir te quiero. Tenían sueños y esperanzas juntos. Fueron tantos los te quiero sin ser dichos, tantos besos sin ser robados… Tantos años arrebatados por la culpa de aquello

– Sabía que tenías corazón.- Marcos levantó la cabeza lo más rápido que pudo. Ese acento…

– ¿Qué haces aquí?

– Estaba en mi cafetería favorita y te he visto salir de la floristería con esas dos docenas de rosas rojas y me ha entrado la curiosidad. Eres un idiota, no me encajaba que estuvieras enamorado.

– Ya ves- suspiró y se metió las manos en el bolsillo admirando de nuevo aquella foto de la lápida-, lo estuve.

– Sabía que no podías ser tan insoportable- se sentó a su lado.- ¿Quién era?

– Mi novia.

– ¿La mataste con tu motocicleta?- preguntó. El chico la miró desolado y tras el desconcierto de la chica, negó con la cabeza. Bonita, la has cagado.

– No. La atropellaron en una fiesta cuando quería volver a casa mientras yo estudiaba en la mía para los finales.

– ¿Tú estudiando?- sigues cagándola.

– No es tan raro, ¿eh?- enarcó una ceja.- Oh, bueno. No lo era- suspiró.- Cuando ella murió perdí la ilusión por todo… Me descarrilé completamente.

– Joder, Marcos. Lo siento. Te dije lo de la motocicleta porque eso es lo que suele suceder en las películas- sí; maja, ahora intenta arreglarlo.

– Tranquila, Raquel- se levantó.- Estas cosas pasan. Además, yo también tendría que haberlo superado, pero no lo he hecho. Me he metido a medicina porque eso es lo que siempre he querido hacer y lo que ella hubiera querido que hiciera.

– ¿Y es realmente lo que querés?

– No lo sé – fue sincero. No sabiendo muy bien por qué. Con aquella chica, ser sincero era algo que salía de forma instantánea.

– Al menos vistes bien- aquello sacó una sonrisa al chico.

– Anda, vámonos. Y de esto ni una palabra a nadie- se dio la vuelta y comenzó a caminar.

– Marcos- él se dio la vuelta y ella lo abrazó. El chico apretó aquel abrazo como si fuera el último de su vida.- Hay cosas que cuestan más que otras, pero se superan poco a poco. Sin pausa, pero sin prisa. Superarás lo de Elsa, solo necesitas tu tiempo. Y lo tendrás, te lo aseguro.

Pero cómo puede una persona estar tan segura de algo? ¿Cómo y por qué?

– Tú, chuloplaya. ¡Eh!- aplaudió. Marcos se había quedado como en shock. Qué chico más raro.

– Eres graciosa, rubita; además utilizas los mismos trucos que los tíos para ligar – le guiñó un ojo.

– No sé por qué te molestas en vivir una mentira constante. Así solo te haces daño a ti mismo – suspiró-. Si querías mi número, habérmelo pedido, aunque lo siento, porque no te lo hubiera dado.

– No lo necesito – anunció.

– Porque tienes una larga e interminable lista de presas… – dejó caer.

– No, porque ya lo tengo – la chica se quedó a cuadros. Desconcertada, desorientada. ¿Qué cojones?- El grupo de WhatsApp de la resi.

– Dios, qué susto me habías dado – suspiró.

– No soy un psicópata. No me interesas tanto – le dijo.

– Mejor para ti.

– ¿Siempre estás así?- enarcó una ceja divertido.

– ¿Así, cómo?

– A la defensiva.

– Con gente como tú, sí- giró de nuevo la cara. ¿Este quién se había creído que era?

– Vaya, qué honor- sonrió.

– No es algo de lo que estar orgulloso- le dijo.

– ¿Ah, no?

– No.

– Pero vamos a ver, ¿yo qué te he hecho?

– Me conozco de sobra a los tíos como tú, Marcos, y no es que encabecéis mi lista de favoritos.

– ¿Y cómo somos?- aquello parecía divertirle. A ella, sin embargo, le cabreaba.

– Déjame en paz- espetó con vehemencia.- Vete a darle la tabarra a otra que le interese, o al menos finja hacerlo.

– ¿Cómo por ejemplo? – enarcó una ceja.

– ¡Raquel!

– ¿Raquel? ¿Cómo sabes quién es Raquel?

– Una se pone al día enseguida – le respondió.

– Ah, ¿que estás celosa?- volvió a enarcar la ceja.

Mira, se está rifando una hostia y tu tienes todas las papeletas.

– ¡Auch! ¡Las garras de la rubia!

– ¿Alguna vez dejarás de ser tan ególatra?- respondió. No estaba celosa… Ya lo creo que lo estaba. A las chicas como Julia les encantaba ser el centro de atención. No compartían pódium.

– No me conoces. No puedes decir que sea un ególatra si no me conoces. Prejuzgar no está bien, Srta. Jones.

– ¿Cómo sabes eso?- esto sí que era una sorpresa. Hasta para mí.

– Instagram da mucho de sí.

– ¿Me has encontrado en Instagram?

– ¿Dudas de mis habilidades?

– ¡Estoy flipando! Esto es acoso.

– Si no quieres que la gente te siga, ¿por qué no te has puesto la cuenta cerrada?- ahí te ha pillado rubia.

– Porque no me da la gana.

– Claro, quieres que la gente vea cómo vives: tus viajes por Europa, los desfiles, tus macrofiestas, tus ligues, tus bikinis… Con que una Jones. Manejas. Ha sido una sorpresa, Srta. Jones. A partir de ahora te saludaré con una reverencia – bufó.

– Eres un gilipollas.

– Ya. Bueno, te he seguido. Así que espero mi follow back.

– Vete.

– Espero que algún día podamos ser amigos.

– Eso ya lo vamos viendo- sentenció-. No soporto a los tíos como tú- exacerbó. Marcos, por el contrario, sonrió. Julia parecía haber olvidado que a los tíos nos encanta que nos den largas. Error de novata. Aunque quizás no tanto.

– Está bien. Te dejo sola- esta situación le encantaba. Se notaba.- Solo una cosa más.

– ¿Qué?- será pesado.

– Que sepas que me gustan más las chicas como tú- guiñó un ojo y se fue.

Julia sonrió. Sí; era una novata. Aunque después de aquello solo podía pensar en una cosa:

España uno, Venezuela cero

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