Los lunares de tu espalda: Capítulo III

Si te sientes perdido, lo más probable es que no hayas leído el capítulo anterior. Puedes hacerlo pinchando aquí.

Debo reconocer que me has sorprendido. Me alegra de que estés aquí. Después del batacazo de la semana pasada, nada es lo que parece. Si no te fías de mí, lo entenderé. Ahora bien, te prometo que esta es la verdadera historia. Deja que en tus oídos entre The Calling. Coge tus cascos, enciende tu reproductor. Entremos en la vida de Julia Jones con Stigmatized de The Calling.

No logro comprender qué es lo que buscas huyendo.

– No estoy huyendo, mamá.

– ¿Ah, no? – se hizo la sorprendida-. Entonces explícame por qué quieres marcharte a vivir a una ciudad que ha tratado de copiar en todo al lugar donde vives. ¡Madrid es una copia barata de París! – exclamó Roberta. A esta mujer un día le iba a dar algo.

– Mamá, ya lo hemos hablado. Necesito cambiar de aires- Julia no se doblegó-. No tienes por qué comprenderme.

– ¿Por qué tienes que cambiar de aires? – quiso saber-. ¿Todo esto es porque Hugo te dejó? Porque así no es como se arreglan los problemas. El mundo no funciona así.

– Roberta, cállate ya – espetó Christopher. Su intervención sorprendió a Julia.

– No, Christopher. No es así como la hemos educado. Tu hija huye de los problemas, es una cobarde – exacerbó-. Si te dejan te aguantas, te muerdes la lengua y sales con otro. Llevas el apellido Jones, por Dios; la gente estará haciendo cola para ver quién sale contigo. Ni siquiera tienes que esforzarte. Ya lo hace tu apellido por ti.

– Julia quiere marcharse. Los cambios son buenos. Ya hemos pagado la Universidad. Se va. Está hecho, Roberta. Así que, cállate – le pidió de nuevo.

– Muy bien – se levantó de la mesa-. A ver cómo te las apañas sin Gefri, Srta. Jones – y se fue dando aires.

– Se le pasará – comentó.

– Lo dudo – contestó.

– Yo era como tú cuando tenía tu edad – Julia volvió a sorprenderse. Su padre rara vez le dirigía la palabra-. Mis padres no me dejaron alejarme del apellido Jones. He estado condenado a ser ellos toda mi existencia. Comprendo que necesites espacio. Comprobemos tu fortaleza.

– Papá, yo…

– Gefri te espera. Llama al llegar – y desapareció del salón.

No hizo falta que dijera nada más. Tampoco tendría mucho más que añadir. O quizás sí. Julia no era capaz de recordar cuándo fue la última vez que mantuvo una conversación profunda con su padre. Necesitaba alejarse de todo aquello. Hugo, sus amigas… Todo aquello tenía que quedarse atrás, y la mejor solución eran todos esos kilómetros de por medio.

Gefri arrancó el coche y desapareció calzada abajo. Ni besos, ni buenos deseos. Sus ojos se encharcaron en lágrimas, todo de manera sutil. No era una chica de montar escenitas “si tienes que llorar, te aguantas y cuando estés sola, lloras. En silencio y sin ser vista por nadie. Así como es como se hace”. Pero aun no sabiendo muy bien por qué, tan solo con el hecho de contemplar por última vez la fachada de su mansión, algo se removió en sus entrañas ‘He vivido condenado a ser ellos toda mi existencia. Comprendo que necesites espacio’. Ahora tenía la oportunidad de ser otra persona completamente diferente. Y algo le decía que jamás volvería a ser la que era.

***

Marcos abrió los ojos. Estaba sudado. Tenso. Angustiado. Había vuelto a pasar. Otra vez. Respiró profundamente. Aquello tenía que terminar. Llevaba dos años así. No podía más. Era espantoso, odioso, molesto. Quizás debería haber ido a la fiesta en vez de haberse quedado estudiando. Se sentía culpable. Y la culpa mata.

Desde entonces, su vida cambió— y no poco. Sus padres se divorciaron. Todavía no estáis preparados para que os diga el por qué. No quiero que me dejéis antes de hora, no me lo merezco. Marcos ya no era el mismo. Se encerró en una cápsula. Su ternura y exceso de preocupación por el futuro se escondió bajo la falsa fachada de un ‘chico malo’ que guardaba luto por su novia. La nicotina trataba de obnubilar sus recuerdos, el alcohol mataba su culpa, pero no de forma permanente. Ese era el problema. Comenzó a tomar malas decisiones y establecer rutinas que no eran del todo convenientes.

Apenas mantenía contacto con su madre. Después del divorcio, Marcos escogió quedarse fuera de la ecuación. Se emancipó a los dieciocho, buscó un trabajo y después de un año, cuando sentó la cabeza, decidió inscribirse en la universidad. El tío no era tonto; un tonto no se mete a medicina así porque sí.

Y allí estaba, el macarra de turno, al que los empollones y pringados temían, sentado en la cama de aquella habitación funesta, solo, aunque no por mucho tiempo. Se pasó la mano por su cabellera rubia mientras sus ojos verdes se enrojecían sin querer. Necesitaba una ducha, pero primero saldría a fumar un cigarro. Llegaba tarde a trabajar, ¿pero qué más daba? Atasco en el metro, esa sería su excusa. Se puso una camiseta y unos joggers desgastados y salió dejando sus malos recuerdos atrás.

***

Virginia sabía que aquello que hacía estaba mal. Había leído mucho sobre el tema, aunque no lo suficiente. Por el momento creía tenerlo todo bajo control. Aquella página le daba miedo, pero era adictiva. Quería ponerle fin a toda esta historia. Lo superaría. Lo haría sin ayuda. No la necesitaba. Ella podía con eso y con mucho más. Por eso había decidido salir a correr, pero tal y como había leído, si no tienes costumbre, la fatiga llegaba enseguida. The Calling susurraba en su oído derecho una de sus muchas canciones perfectas sobre el mundo y la vida. Tenía claro que, quizás, esta sería la decisión más acertada que su madrastra había tomado en años. Si no se cruzaba con ella diariamente, quizás abandonaría sus complejos y podría callar su boca al verla en Navidad. Ese era su propósito y eso es lo que haría.

– ¡Vamos! Un, dos, un, dos. Así no se baja de peso- le dijo un chico apoyado en una de las verjas. ¿Quién se había creído que era?

– ¡Gilipollas!- exclamó.

– ¡Simpática! Las gordas deberíais de serlo – le gritó.

Callaría a su madre y callaría la boca de muchos más. Esperaba que la Universidad le cambiara la vida. El instituto terminado y quería dejar los pasillos y el patio de recreo atrás. Quizás a Virginia le sobraban un par de kilos, pero tenía muchas cosas que ofrecer. Más de lo que os podéis imaginar.

Casi había terminado de fumarse el cigarro. Aquella pesadilla ya estaba emboriada por el efecto de la nicotina. La sonrisa de su ex apareció en su memoria. No había droga, nicotina ni alcohol que fuera capaz de olvidarla. Negó con la cabeza dando la calada más larga de la mañana. Era la hora de la ducha, que falta le hacía. Comenzó a caminar cabizbajo cuando oyó unos gritos. Levantó la cabeza rápidamente, pero no lo suficiente como para evitar que un lobo se le tirase encima.

Un momento… ¿Un lobo? Se echó a reír cuando aquel husky empezó a lamerle la cara.

– ¡Benja!- exclamó una chica quitándoselo de encima.- Perdona, normalmente no se separa de mí. No sé qué ha podido pasar.

– Tranquila- la miró a los ojos. ¿Qué?

– ¿Estás bien?- preguntó al ver que no reaccionaba.

– Sí, sí, perdona… – dejó caer.- ¿Sabes que tienes un ojo de cada color?

– No, ¿cómo iba a saberlo? Habré mutado. Ya decía yo que me notaba rara esta mañana – ironizó. Marcos sonrió. No había sido un comentario muy inteligente.

– Y será verdad eso de que los perros se parecen a sus dueños.

– Esas bromas no me hacen gracia- se pone seria.

– Joder, ¡perdona! – le dijo. La chica curvó sus labios.

– ¡Era una broma! – Marcos se relajó. Había dejado de ser graciosa-. Joder, qué susceptible eres. Para haber llamado gorda a esa chica, no eres tan duro como pensaba – lo había visto. Claro, si lo había gritado a los cuatro vientos.

– Soy Marcos – optó por decir.

– Beca.

– ¿Y qué haces en la calle en el pijama, chico malo de pega? – quiso saber.

– He salido a fumar un cigarro antes de irme a currar.

– ¿Un cigarro?- preguntó mosqueada.- Por gente como tú la capa de ozono cada día es mayor. Os vais a cargar el mundo, so subnormales. Vámonos, Benja. Ya no merece la pena ni que lo tires al suelo – dio una vuelta sobre sus talones y regresó sobre sus pasos.

La mañana pintaba bien. Cinco minutos en la calle y ya le habían tachado de gilipollas y de so subnormal. Sería un curso interesante. Eso sí, tenía una cosa clara… Llegaba muy tarde a trabajar.

***

El vuelo no se había hecho tan largo como pensaba. Los mozos estaban descargando las maletas en su nuevo apartamento. Pensó en mudarse a una residencia, pero el hecho de compartir su espacio vital no la entusiasmaba demasiado. Era la primera vez que viviría sola. Sola de verdad. Tendría que coger el metro. Quería dejar de ser una Jones. Aprendería a limpiar y lo que es más importante, a cocinar. No sabía ni hacer un huevo frito.

Por el momento, había decidido salir a tomar un café mientras la decoradora terminaba de colocar sus últimos objetos personales. ¿Qué? Las cosas de palacio van despacio.

Madrid siempre la había enamorado. Tenía algo especial: sus calles, su gente, su diversidad… Madrid era un caos disfrazado de urbanismo chic; más o menos como ella.

Entró a una cafetería. Nadie la miró. Era una sensación extraña, pero a la vez reconfortante. Hizo cola. ¡Cola! Quería un café.

– Hola, ¿me puedes poner un café doble con leche de soja sin espuma ni azúcar? – le preguntó con su español fluido.

– ¿Nombre?

Julia dejó de mirar el Instagram de sus amigas y prestó atención al chico que la estaba atendiendo. Se sintió desconcertada. Le sonaba. ¿Pero de qué? Y sobre todo, ¿por qué?

– ¡Lo siento rubia!

– ¡Gracias, Marcos!

No podía ser. Su sueño. Pero no podía ser él.

– Rubia, ¡rubia! – captó su atención. Julia volvió a la vida real.

– Lo siento. Julia – respondió.

– ¿Estás bien, Julia? ¿Quieres que llame a alguien? – le preguntó.

– Sí, estoy bien; no hace falta que llames a nadie – le dio la tarjeta de crédito-. Por algún casual tú no te llamarás Marcos, ¿no? – le preguntó de sopetón.

– Eh, sí – el desconcertado ahora era él.

– Claro – asintió incrédula.

– ¿Por? – sintió curiosidad.

– Te va a sonar muy raro, pero esta noche he soñado contigo. Me tirabas a la piscina de mi ex y él te daba las gracias – le contó-. Dios, debes pensar que estoy loca – muy hábil Julia.

– Pues un poco, pero admiro tu esfuerzo, Julia.

– ¿Mi esfuerzo? – frunció el ceño.

– Es la excusa más mala que he oído para ligar. Si querías mi número o mi Instagram solo tenías que habérmelo pedido. Te lo hubiera dado, estás muy buena.

– ¿Qué? ¡No! – su voz se volvió más aguda. Algunas personas se dieron la vuelta y la miraron. Ella se encogió de hombros. Es que a quién se le ocurre-. No quiero tu teléfono.

– Ya.

– Julia, su café.

– En fin, hasta luego.

– ¿Entonces seguro que no quieres mi número? – le preguntó.

– ¿Tengo pinta de quererlo? – alzó las cejas.

– Yo diría que sí.

– Pues sigue soñando – cogió su café y se dirigió hacia la puerta.

– Ese es más tu estilo – se lo había puesto a huevo.

– Adiós, Marcos.

– Adiós, Julia,

Había montado una escenita. Había hecho el ridículo. Había sido raro. Un momento, ¿estaba sonriendo? Ja, ja… Ay, Julia. Julia, Julia, Julia… Dios, Julia. Tenías que haber cogido su teléfono.

Al llegar a su nueva casa, Gefri la esperaba en el portal.

– ¿Qué pasa? – le preguntó.

– Esto – le dio una nota-. Estaba en la puerta.

¿No quieres ser una universitaria normal? ¿No quieres alejarte de nosotros? Pues una NO Jones no vive en un ático en plena Gran Vía. Tu habitación es la 732. Pásalo bien.

Roberta

– Será…

– Zorra – claudicó Gefri. Julia lo miró escandalizada. Después se echó a reír. Gefri no quería, pero al final, sus labios terminaron curvándose otra vez.

– Sí, es una zorra – suspiró-. En fin, vayamos a la universidad.

Lee el capítulo 4… Aquí.https://laurenizquierdo.com/2019/03/10/los-lunares-de-tu-espalda-capitulo-iv/

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