Los lunares de tu espalda: Capítulo I

Puedes encontrar el capítulo anterior pinchando aquí.

Ah, que sigues aquí. Con que esto va en serio y quieres saber realmente lo que pasó. Qué cotilla. Me encanta. Vale, recuerda que si quieres seguir adelante, vas a tener que hacerme caso. Sé que en el prólogo pasaste de mí hasta el culo. Yo también lo hubiera hecho, pero de verdad, HAZME CASO.

Saca tus auriculares, sumérgete en la historia con With or Without You, de U2.

Los ojos de Julia Jones se entreabrieron. La alarma estaba sonando. Las clases comenzaban de nuevo. El despertador saltó con una de las mejores canciones de U2, su grupo favorito. Miró al techo durante unos segundos. Estaba sola. Ahora vivía sola, pero eso no significaba que el obsesivo control que ejercía Roberta Jones sobre ella hubiera desaparecido. Recordó con cierto ardor la presión y el manejo con la que su madre la trataba en sus primeros días de clase:

La primera presión es lo que cuenta.’ ‘Ponte esto con las botas de Chanel’. ‘Píntate los labios de rojo’. ‘No seas simple’. ‘Ah, y cuando veas a India, dile que se está poniendo como una vaca. ¿No es tu mejor amiga? Las amigas están para eso’.

Todo aquello había desaparecido de su espacio vital, pero no de su vida. Su madre era la culpable de su ansiedad, de su bulimia y posiblemente de sus crisis nerviosas. Aunque no estuviera presente en cuerpo, se preocupaba por estar en sus pensamientos.

Roberta Jones conoció a su marido en España, durante una convención a finales de los ochenta. Acababa de licenciarse en filología francesa y Christopher viajaba a Madrid en representación de su padre. Los Jones siempre fueron una familia con mucho dinero. Tenían coches y multitud de propiedades alrededor de todo el mundo. Christopher Jones era un niño de papá que pasó su infancia y adolescencia en un internado situado en la costa sur de Francia. Entró sin ninguna dificultad en la universidad privada más prestigiosa de todo el territorio francés, siguiendo los pasos de su querido padre. Cuando terminó la carrera, un puesto de director en una de las oficinas de su antecesor lo estaba esperando. Una vida fácil. Un lugar privilegiado. Roberta fue agasajada y rechazada por la familia Jones en más de una ocasión, pero logró casarse con Christopher cinco veranos después. La ceremonia se celebró en la Torre Effiel y viajaron por todo Europa en su luna de miel. Julia Jones fue adoptada tres años después. No podían tener hijos. Roberta estaba tan seca por fuera como por dentro. Dejó de trabajar para dedicarse de lleno a su hija.

La pequeña Julia destacó tanto por sus notas como por su belleza. Comenzó primaria con cursos avanzados de matemáticas, idiomas y piano. Sus intereses se desviaron hacia actividades más creativas como la pintura, el deporte o el arte dramático con el paso del tiempo. Julia tuvo a los chicos más guapos de todos los colegios. Asistía a eventos y desfiles de moda. Había protagonizado varios anuncios y rechazado varias películas. Actualmente, estudiaba un doble grado de ADE y Derecho, persiguiendo los pasos de los Jones. No estaba de acuerdo, pero sabía que ese era su destino. Y con el destino no se juega. ‘Un Jones sabe lo que es mejor para otro Jones’.

– Srta. Jones, le traigo el desayuno – dijo María entrando a la habitación-. Gefri la espera dentro de una hora en el portal del edificio. Tendrán que salir antes, esta mañana el tráfico es espantoso.

Era hora de levantarse. Hoy sería el día en el que se enfrentaría a problemas mucho más serios.

Los ojos de Hugo se entreabrieron. La alarma estaba sonando. Las clases comenzaban de nuevo. El despertador saltó con una de las mejores canciones de U2, el grupo favorito de Julia. Lo apagó. La mañana se había levantado un tanto irónica. Se desperezó. Miró al techo durante unos segundos, después hacia la ventana. Su madre llegaba de correr. Lo saludó. Él le respondió con una sonrisa. Desde el divorcio la veía mucho mejor. Había rejuvenecido. Su padre era un cabrón.

Abrió el vestidor. No sabía qué ponerse. Se rascó la nuca. La imagen del espejo reflejaba su moreno tailandés. Había aprendido mucho durante ese viaje. Ahora sabía que la burbuja en la que vivía no era la vida real, que era el 10% de la población privilegiada, y que tenía que cambiar muchas cosas de su vida y de su manera de vivir.

– Buenos días, corazón – era su madre quien abría la puerta de su dormitorio-. ¿Has dormido bien?

– Sí- volvió a sonreír-. ¿Y tú?

– Divinamente – respondió.

– Ya te he visto cargada de energía de parte mañana.

– Me siento rejuvenecida- se sentó encima de la cama.

– Me alegro mucho por ti, mamá – sonaba sincero-, de verdad – y parece que lo estaba siendo.

– Lo sé. ¿Qué? ¿No sabes qué ponerte en tu primer día de uni? – se hizo la graciosa-. Puedes ponerte esos harapos que te trajiste de Tailandia.

– Son chilabas y pantalones de lino – le recriminó con la mirada.

– Ya. ¿Estás nervioso?

– ¿Yo? ¿Por qué iba a estarlo? – frunció el ceño.

– Porque está sonando la canción favorita del grupo favorito de Julia y ni siquiera te has dado cuenta.

***

Julia se despidió de Gefri antes de lo que pensaba. El tráfico no había resultado ser tan escandaloso, pero en Madrid nunca se sabe. Llegar a punto y hora es llegar tarde. Dos chicos de su clase de debate la saludaron. Ella respondió con una sonrisa forzada. No era una universidad muy grande. Más bien parecía un colegio, y en el patio del colegio todo se cuenta y todo se sabe. Todo el mundo sabía lo que había pasado y aunque ya no hablaran de ello, todavía lo pensaban.

No podía dejar que el miedo al qué dirán dominara su vida. Llenó sus pulmones de aire y comenzó a caminar con aire decidido hacia la entrada.

– Hola, Julia- la saludaron-. He visto que estás en mi clase de derecho mercantil. ¿Nos ponemos juntas para los casos prácticos?

– Genial, claro. Somos un buen equipo – le sonrió.

Julia seguía siendo popular. Lo fue en el colegio, en el instituto y en la universidad. Se había ganado a pulso la amistad y la confianza de todos los de su alrededor. O eso pensaba ella. La gente puede llegar a ser muy capulla, por no decir otra cosa. Aunque, al fin y al cabo, ¿quién no querría ser amigo de la hija de los Jones? Sus fiestas eran las mejores. Merecía la pena.

– ¡Pero ahí esta!- Julia sonrió al escuchar esa voz. Sus amigas por fin habían llegado.

– ¡Chicas!- exclamó y las abrazó una a una.

– Te estábamos buscando. ¿No habíamos quedado en la puerta?

– ¿Habíamos quedado en la puerta? – preguntó extrañada.

– ¿No has leído mi mensaje?

– Tengo el móvil en modo avión para que la zorra de Roberta no me acose – espetó. Sus amigas sonrieron.

– Te escapas por esta vez – claudicó Valentina.

– Pero miradla, cómo ha sufrido este verano- comentó con ironía.- ¡Qué morena está!

– No creo que lo hayas pasado muy mal en los Hamptons, Adrianna- contraatacó India.

– Qué va- respondió.- ¿Es que no has visto mi Instagram? ¡Si comimos con las Kardashian!

Aquel comentario hizo que las cinco estallaran a carcajadas. Todos en aquella universidad las conocían. Eran un grupo cerrado. Pedante. Muy impertinente. Pero ya sabéis lo que dicen: Dios los cría y ellos solos se juntan. Más bien los padres. Los padres y los clubs de campo. ¿Habéis ido alguna vez a uno? No vayáis. Pretty Woman es un idilio que se escapa de la realidad. Corromperá vuestra alma. El salvajismo no viene de los caballos precisamente.

– Tenía muchísimas ganas de veros, chicas- confesó India.

– ¿Sigues con el periódico bajo tu control? – le preguntó Julia con una sonrisa en los labios.

– Claro – respondió con indiferencia.- ¿Quién mejor para hacerlo?

– Baja Modesto, que sube India a quitarte el puesto- otra vez fue Adrianna y sus comentarios la que hizo que las cinco mostraran sus blancas dentaduras, como no podía ser de otra forma.

– Eso sí, voy a abrir un anuncio en InfoJobs, necesito un ayudante. ¡Me han cogido en Cosmopolitan! – anunció.

– ¡Tía! – exclamaron todas a la vez-. ¡Enhorabuena!

– ¡Gracias! – sonrió llena de emoción. Era algo que quería desde hace mucho tiempo-. Por eso necesito un ayudante. No voy a poder con todo. Es una locura.

– Podrás, eres la chica más organizada que conocemos – comentó Valentina.

– Tienes razón y seguro que tendrás más de 1000 candidaturas. Eres una eminencia en tu campus.

– Si a eso se le puede llamar campus – espetó-. Sigo sin entender por qué nuestros padres querían que estudiáramos aquí. Esto es enano. Me sé hasta el número de árboles que hay plantados.

– Pues porque tienen a la mejor capitana de baloncesto femenino – volvió a intervenir Valentina. El resto sonrió. Para quien no le haya quedado muy claro, la capitana es ella. Aquí todo el mundo es muy modesto, ya lo habéis visto-. Qué ganas tengo de jugar. En Nueva Zelanda no he encontrado a nadie con el que mereciera la pena perder el tiempo-. Qué ganas tengo de pillar a Miller.

– Pensaba que Marcos no vendría este año.

– ¿No se había ido de voluntariado a Nueva Zelanda?

– ¿No era Tailandia?

– Pues yo escuché Nigeria.

– Hablando del rey de Roma- dejó caer la rubia más popular.

Estaba ahí, a varios metros de distancia. Hablaba animadamente con unos chicos que Julia no había visto nunca (jamás). ¿Qué hacía ahí? Dijo que no volvería y luego escuchó que estudiaría en casa. Sería algo miope (solo en secreto) pero sus rasgos marcados lo delataron y erraron cualquier disparatada idea de que fuera un fantasma. Fantasmas en la universidad, un clásico de novatadas. Qué fantasía.

Hugo había sido modelo durante un corto periodo de tiempo. A ello lo ayudó su físico impecable: alto, cabello rubio, ojos verdosos con mirada interesante, sonrisa seductora y piel ligeramente bronceada. Ya sabéis, el típico crush mojabragas. Aunque su carrera se acabó pronto. Sus padres lo vetaron y tras sobrepasar la barrera de libertad, el mundo de los focos dejó de llamarle la atención.

– Julia, que viene hacia aquí – le dijo India.

– ¿Pero qué cojo…?

– Hola, chicas – sonrió.

– Hola- saludaron a la vez con sonrisas forzadas intentando mantener la calma.

– Solo venía a invitaros a mi fiesta de esta noche- se metió las manos en los bolsillos y repartió unos flyers.

– ¿Fiesta?- alzó las cejas India.- Si es jueves…

– El primer juernes del año – suspiró Valentina-. Cómo te había echado de menos, Miller.

– A ver si dices lo mismo cuando estemos en el campo – le guiñó el ojo.

– Claro, iremos- captó Adrianna de nuevo su atención.

– Genial- espetó y miró a India. Ésta claudicó.

– Iré- cedió.

– ¡Bien, India, bien! – su comentario la hizo reír-. ¿Vendrás? – miró a Julia.

– Tengo que pensármelo.

– Claro. Me lo imaginaba. Bueno, si cambias de opinión, que sepas que estás invitada – le dijo.

– Gracias.

– Os veo esta noche. India, no falles a tu palabra – echó un último vistazo a su ex y se fue.

Y Julia también lo miró, cayendo en la trampa. Sus pasos lo alejaban de ella, como los pasos retraídos y desganados que los separaron la última vez que se vieron. Ahora todo había cambiado. El Hugo de siempre había regresado más moreno y quizás más maduro. Sonreía, reía y aquel sonido resultó ser como un navajazo hiriente en el estómago.

– Julia, ¿estás bien?

– Está muy guapo- optó por comentar.

– Le ha sentado bien el verano, como a todos. Anda, vamos- la arrastraron para continuar su marcha.

***

Eran las seis. Ya había hablado con su madre. Una charla que nunca creyó que terminaría. Plasta. Miró el reloj. La fiesta de Hugo comenzaría en un par de horas. Le apetecía ir. Claro que le apetecía ir. Todo el mundo estaría allí. Sus amigas. Sus amigos. Los nuevos. Los veteranos. Nicolás. Pero sabía que era una mala idea. Después de una ruptura, todo lo que tenga que ver con un ex es mala idea (tomad nota). Sobre todo si no lo has superado porque, aunque no sea una sorpresa para nadie, Julia no lo había superado.

El timbre sonó despertándola de su trance. María fue a abrir la puerta.

– ¿Qué haces todavía así? – esa voz.

– ¿Y tú qué haces aquí? – su sorpresa fue más que evidente.

– Menudo entusiasmo – espetó con ironía-. Me esperaba más emoción.

Julia se levantó a abrazarlo.

– ¿Pero no se supone que venías mañana?

– El primer juernes del año es como un ritual barra amuleto. Lo necesitamos para empezar el cuatri con fuerza, suerte, buena fortuna, nuevos contactos y un chute de energía.

– El primer polvo.

– ¡Exacto! – exclamó-. Pero dejemos a un lado mis exitosos motivos egoístas, individuales y personales – ironizó-. ¿Por qué son las seis y diez y no te has puesto algo más arrebatador todavía?

– Porque no tenía pensado ir.

– ¿Cómo que no? – alzó las cejas-. Mis fuentes más cercanas me han informado de que ha sido el mismísimo anfitrión el que te ha invitado.

– Mira, de verdad; por este tipo de cosas odio que India y tú seáis pareja – resopló-. No quiero forzar las cosas, Nico. No me voy a sentir cómoda.

– Julia, habrán como 200 personas. Es el primer juernes del año. No te lo puedes perder – insistió-. He adelantado mi llegada por ti.

– Querrás decir por India.

– ¡El sexo telefónico es un inventazo!

– Eres un maldito chantajista.

– ¿Pero funciona?

Chasqueó la lengua.

– Sí.

– ¡Genial! – aplaudió-. Pues venga, date prisa; que llegamos tarde.

– Somos los hermanos más esperados, Nicolás; todo el mundo espera que lleguemos tarde.

– O que no lleguemos – abrió la nevera-. El rojo.

– ¿Para llamar todavía más la atención?

– Eres Julia Jones en casa de su ex. Llamarás la atención te pongas lo que te pongas.

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