Royal lies

Fotografía: Alodia navarro
Dirección creativa: Sergio G. del Amo
Texto e Imagen: Lauren Izquierdo 

Creo que nunca la vi llorar, y no porque no quisiera, seguro que quería, pero su orgullo nunca se lo permitió. El poder de las apariencias. Mentiras regias.

La seguridad se materializaba en su forma caminar. Su mirada era oscura, intensa y profunda. Seducía al mismo tiempo que imponía. Se hacía respetar. 

‘A veces, la única forma de hacerte respetar es que te tengan miedo’; me dijo una vez.

Resultaba imposible no centrar la atención en la pasión de sus labios; en cómo suspiraba cuando nadie la observaba, o en cómo cruzaba los brazos para intentar ocultar que en realidad era humana. 

Imponía. Tardé varios meses en reunir el valor necesario para poder acercarme a ella. Tardé varios meses en darme cuenta de lo que realmente pasaba. Tardé en entender que la vulnerabilidad de la fortaleza nos hace humanos. Equivocarse, tropezarse o darse de bruces contra el suelo. Ella no lo sabía. Intenté hacerle entrar en razón, pero era tozuda. Ella, su mansión, su poder, y su corazón prisionero de la melancolía y de un pasado desteñido por recuerdos marchitos convertidos en cenizas. Debieron de hacerle daño. Debieron de hacerle mucho daño.

Volví a verla durante una noche de bar. Estaba sola, como siempre. El descontrol, la ebriedad y el poco sentido común la arropaban. Ella parecía no estar presente. Mareaba su Martini con la mirada fija en Dios sabe dónde. Estaba ida, en su mundo, y todo lo demás no importaba. Destacaba entre la multitud, sobre todo por esos zapatos tan discretos, por esa devoción fashionista que, al parecer, ninguno de los presentes entendía. Llamaba la atención.

Me senté a dos taburetes de ella. Distinguí dos copas vacías con dos aceitunas encima de la barra. 

‘No me gustan las aceitunas’; espetó leyéndome el pensamiento. 

Yo le contesté que a mí tampoco, pero no volvió a dirigirme la palabra. Se fue pasados cuatro cócteles. Una hora más tarde me fui yo.

Quise regresar andando. La noche comenzaba a despedirse entre los edificios más altivos de la ciudad. Caminaba por uno de los barrios más lujosos de Madrid. Me sentía mareado y quizás algo confuso. De repente la vi. Resultaba imposible no diferenciarla con esos zapatos. Estaba sentada en unas escaleras. Se miraba las uñas y se tocaba los ojos todo el rato. Un par de pasos hacia delante me hicieron darme cuenta de que estaba llorando. Lloraba. Y lloraba porque llorar es de humanos. No pude evitar preguntarme cuántas veces lo haría al día. No somos los mismos rodeados de gente que acompañados por la soledad. Tenemos dos caras.  El poder de las apariencias. Mentiras regias. 

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