Diciembre

Parece ser que a todos nos entusiasma la idea de diciembre. La Navidad se sitúa a la vuelta de la esquina, las calles se adornan de luces de colores, y el frío, genuino y mortificador, hace acto de presencia cada vez que abrimos la boca.

Querido diciembre:

No me caes bien. En primer lugar, bienvenido, pero no me caes bien. Márchate ya. Márchate, te vas a ir de todos modos.

Eres un alegato hacia la despedida. “La gente siempre se marcha. Permanecen unos días, pero la gente siempre se acaba marchando”. También lo hacen los años. También lo hacen las experiencias. También lo hacen los recuerdos.

Los días están protagonizados por una oscuridad intrínseca, veloz, inmediata y mortificadora. Es desconcertante, es triste, es depresiva. El ser humano necesita luz para sentirse seguro. Por esa misma razón las rupturas siempre tienen lugar de noche, porque uno nunca sabe a ciencia cierta si terminar con alguien es lo más acertado; por esa misma razón la gente confiesa secretos o pensamientos cuando el sol cae; por esa misma razón la gente roba, viola, mata o se declara de noche, porque no está segura. La oscuridad es sinónimo de inseguridad. A las cuatro de la tarde el ocaso tiene lugar entre los edificios más altivos de la ciudad. La noche recae sobre nuestros hombros y uno ya no sabe si cenar o acostarse. La noche no debería durar más de diez horas.

El frío guarda sinonimia con la soledad. Una siempre siente mayor frío cuando está sola. El calor se encuentra en el hogar y la mayoría de los humanos han abandonado el nido para independizarse. La voz entrecortada, artificiosa y sintetizada de nuestros seres queridos es el único consuelo que nos arropa. Consuelo de tontos. Las calles están desiertas. No hay nadie. La piel se eriza, el vello se encoge, y también lo hace el alma. Diciembre se nos ha echado encima con sus ausencias y su oscuridad paliada por una insuficiencia de luces de colores y adornos brillantes. Diciembre viene disfrazado de una parafernalia fingida de amor del malo y olor a mazapán. El tiempo se acaba. La cuenta atrás ha empezado, 30 días para despedirnos, 30 días para cumplir propósitos, para pedir perdón, para perdonar, para sellar heridas y para demostrar que quizás no éramos tan débiles como pensábamos.

En tierra de nadie, alguien me confesó una vez que un disparo de muerte no es equiparable a uno de amor, que las heridas sangran del mismo modo, pero que la verdad, austera y sobrevalorada, en realidad no gana ninguna batalla. Entonces me dijeron que contigo la vida era una fiesta, y yo quería bailar; pero quería que bailáramos de verdad. Diciembre, date prisa; enciende el tocadiscos, canta tus canciones favoritas, deja que penetre en nuestros oídos la tradición, deja que suenen los villancicos, deja que nos inunde la melancolía. Déjanos.

Bienvenida Mariah Carey, José Feliciano, Michael Bublé, Enanitos Maquineros, Miliki, Gregory Porter y Wham! Bienvenido, ‘Era Rodolfo un Reno’, ‘Jingle Bell Rock’, ‘Let it Snow’ y ‘Noche de Paz’. Bienvenidos kilos de más, bienvenidas sobremesas interminables, risas cargadas de recuerdos, lágrimas por los que ya no volverán, bienvenidos quebraderos de cabeza.

Bienvenidos treinta días de despedida. Aprovechémoslos. Año nuevo significa cierres y aperturas hacia nuevas historias. No me falles, treinta días; todavía nos queda dar mucha guerra. Queremos dar mucha guerra. Treinta días.

Odio los ultimátum. Por eso te odio, diciembre. No es personal.

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