467 kilómetros

Hay una cosa en la que no creo, y es en la eternidad. Nada dura para siempre. Ni siquiera la vida. Ni siquiera el aire.

Sin embargo, desde el primer decibelio proveniente de mi llanto al nacer, tengo serias dudas. No creo en la eternidad, pero sí en que un sentimiento sea eterno.

Muchas veces hemos hablado de que el amor eterno no existe. Básicamente es un concepto arraigado a la religión católica, que hace que jures ante los ojos de Dios algo que tiene fecha de caducidad. Si la vida se acaba, el amor también.

Ahora sé que es posible amar a una persona para siempre, pero no es ese amor de películas ñoñas, ni el de los actores de Hollywood; las historias de amor terminan, el amor a una madre dura para siempre.

No voy a decir los años que cumples, aunque no los aparentes; pero este es el primer cumpleaños que no estamos juntas, que no voy corriendo a tu cama desafinando el cumpleañosfeliz como cuando era una niña, que no te invito a desayunar, te compro algún detalle que te haga pensar más en mí de lo normal, y me meto contigo porque te estás haciendo mayor.

Este es el primer año que estamos a 467 km exactamente. 467 kilómetros. Se dice pronto. Tengo que aprender a conformarme con escribir estas palabras y confiar en que las leas todas. Escuchar el sonido de tu voz, distorsionada por la mala cobertura, o tu imagen tras la pantalla no es lo mismo. Tu voz no suena igual. Tú no estás igual.

Sabíamos que sería duro. Lloramos. Y seguimos llorando cuando nos vemos. No sé cuál es el abrazo que detesto más: si el primero porque me doy cuenta de que te he echado muchísimo de menos, o el último en el que me paso todo el trayecto del tren pensando cuándo será la próxima vez que vuelva a verte.

Lo vivimos con Las Chicas Gilmore, cuando Rory se va a la universidad y Lorelai la echa de menos. Lo hemos vivido con todas las películas en la que los hijos se van a la universidad y sus madres lloran. Nuestros domingos de cine del malo, en los que sólo pedíamos finales felices y actores guapos. Siempre supimos que el momento llegaría, pero que me contemples desde el umbral de la puerta de mi antiguo dormitorio hacer y deshacer las maletas es duro. Siempre lo es.

Ahora mismo estoy llorando. Soy sensible. Tú dices que soy intensa, pero siempre he sido muy llorona, aunque, ahora que lo pienso, pasional suena más elegante. Así que, sí, mamá, tú hija mayor es muy intensa y muy pasional. Y una dramas, para qué nos vamos a engañar.

Qué dramática eres, por Dios.

No me digas.

¿Me invitas a un café?

No hay nada en la tele.

Te quiero mazo.

467 kilómetros y sigo repitiendo cada una de estas frases con el sonido vívido de tu voz.

Uno de los motivos por los cuales te quiero tanto es porque siempre me has dejado equivocarme si era necesario.

El ser humano madura con los daños, no con los años. Si no te caes, no sabrás levantarte nunca, hija mía.

Me has dado confianza, valentía, valor; y esos cojones que siempre dices que tengo bien puestos. Me has dado seguridad en mí misma, dignidad, una educación, estabilidad, ganas de vivir, de luchar y de conseguir mis objetivos, que sabes que siempre han sido aparentemente altos. Me has dejado hacer teatro, deporte, danza, canto, literatura… Me has dado amor cuando no lo quería, abrazos entre lágrimas, charlas a oscuras y miradas cómplices. Has estado orgullosa de mí tanto cuando estaba en el lodo como cuando estaba en la cima. Has creído, apostado y apoyado mis disparates. Has presumido de mí en tu trabajo y has estado la primera en aplaudir todo lo que he conseguido.

Que sepas que hoy, en tu graduación, he salido gorda de felicidad. La gente no para de decirme lo maravillosa que eres. Yo ya lo sabía, pero madre mía, qué locura.

Y sobre todo, mamá, has configurando mi personalidad. Has construido lo que soy. Lauren. Laura. Tu hija.

No sé si en algún momento de mi vida “seré alguien”. Tú dices que sí, yo digo que veremos a ver los planes que tiene la vida para mí. Sea como fuere, gracias.

Hoy, 11 de abril del 2018, a 467 kilómetros, quiero decirte tantas cosas que jamás podría escribirlas todas.

Lo resumiré: gracias, por ser cómo y quién eres, por quererme, tenerme y cuidarme tanto como lo estás haciendo. Por ser tan maravillosa, por ser tan especial, por ser tan tú.

No es la primera vez que te lo digo: la mamá siempre va a estar ahí, aunque sea al otro lado del teléfono. Si me necesitas, llámame. No importa que hora sea. No me voy a ir a ningún lado, siempre voy a estar ahí.

Siempre me has dicho que has tenido suerte en tener una hija como yo, pero lo que no sabes es que la verdadera afortunada soy yo. Me ha tocado la lotería contigo.

Feliz cumpleaños, mamá.

Te quiero a 467 kilómetros, y te querré hasta la eternidad.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. liza83042654 dice:

    Hola Lauren, soy nueva por aquí. Tienes toda la razón del mundo hay cosas eternas mientras exista vida en nosotras, tu amor a mamá es ejemplo, no la conozco y creo que nunca es tarde para que reciba también mis felicitaciones.
    Desde el corazón ♥Lizet♥

    Me gusta

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