1 de septiembre del 2017. 

Sé que estáis deseando un post con fotos de las mías, de hecho será un poco más difícil ahora, dado que me he mudado a Madrid, pero el lunes lo tendréis, I promise. Y cuando Lauren dice I promise, sabéis que es I promise de verdad.

Dicho una vez esto, también sabéis (uh, cuántas cosas sabéis ya) que hace mucho que no escribo un post de mi sección “Bajo la ducha“, y aunque este se debería llamar “en el vagón del tren” he decidido compartir cómo me siento en este instante que está marcando un antes y un después en mi vida. 

Me estoy yendo a Madrid, exacto. De hecho, son apenas las seis y media de la mañana y no me he dado cuenta de que el tren se estaba moviendo, fuera todavía reina la oscura noche, amenazada por las farolas de una ciudad que todavía duerme. 

Supongo que ha llegado el día. Llevo desde tercero de la ESO, y eso más o menos serían  4 años, desde los 14, queriendo ir a Madrid a estudiar y convertirme en periodista, en una buena periodista; no me conformo con ser una del montón o ser simplemente periodista, yo quiero ser buena, y en la universidad que voy a pisar el próximo seis de septiembre. Todo el mundo diréis que mi sueño se ha hecho realidad, y de hecho sí, por muy a cliché que suene, sí, mi sueño se está haciendo realidad. 

Me pasé el año soñando en el día en el que estoy hoy, en cómo sería, en qué aspecto tendría y en cómo me sentiría. Entré a segundo de bachillerato, y asistí a mis eventos, mi blog creció a lo bestia, hice selectividad, me gradué con un vestido, el cual terminé yo su diseño, e incluso comencé a dudar sobre qué carrera hacer tras aceptarme 20 universidades y grados distintos. Mi instinto me guió, siempre lo ha hecho y siempre me ha ido de maravilla, Carlos III, mi primera opción.

Comencé a trabajar en verano, me fui de viaje, terminé de trabajar… Todo sin ser realmente consciente de lo que tarde o temprano llegaría, la maldita semana en la que mi dormitorio se quedó desnudo y que mi personalidad dio un portazo de despedida en los espacios en los que hasta hoy conocía como mi hogar. Todos mis objetos personales en maletas y cajas de cartón, mis armarios saqueados, las perchas temblando y mi perra suspirando al ver que el tiempo que le quedaba para dormir conmigo era apenas apreciable. El tiempo pasa demasiado deprisa y por mucho que trates de saber apreciarlo y te esfuerces por hacerlo, el tiempo no deja de ser segundos que jamás regresan. 

En esta última semana me han dicho que me coma el mundo, que persiga mis sueños, que me merezco lo que me está pasando, que me lo he ganado. Me han abrazado, llorado, besado, adulado, aconsejado, guiado… Me han dicho que me quieren con lágrimas en los ojos. En esta semana toda persona a la que le importo se ha hecho presente en mi vida de una manera increíble. 

Lo más difícil ha venido hoy. Lo más difícil sin duda alguna ha sido despedirme de mi familia, verla emocionarse, estar orgullosa de mí, de lo que he logrado, de lo mayor que me he hecho, de cómo este 2017 ha sido una bomba para mí, de verlos llorar, de tener la sensación de decir papá, da media vuelta, yo no me voy… 

Lo peor es tener la sensación de incertidumbre, de no saber qué narices va a pasar a partir de hoy, a partir de ahora, porque lo cierto es que para bien o para mal, otra etapa comienza hoy en mi vida. Comienzo de cero. Y es que hoy, 1 de septiembre, me he ido de casa, y lo que es más importante, me he atrevido a dar el paso que muy pocos dan por miedo, me he independizado. 

L.I. 

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